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El Palacio de San Agustín. Un hotel-museo para viajar en el tiempo

Acompáñenos a descubrir este novedoso concepto de hospedaje, que combina el arte y la historia con elegancia y comodidad. Un nuevo patrimonio arquitectónico de San Luis Potosí, ubicado en pleno centro histórico.

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Apenas cruzamos el umbral de la mansión y sentimos que el siglo XIX se nos vino encima. Dejamos atrás el bullicio de la calle y escuchábamos suavemente la melodía Estrellita de Manuel M. Ponce. Contemplamos frente a nosotros una elegante estancia, que adivinamos, fue el antiguo patio central de la casona. El lujo y armonía del mobiliario era más que evidente y cada detalle parecía haber sido cuidado con minucioso esmero. Nuestra mirada recorrió el pozo barroco de cantera, el piano de cola, el vistoso tapiz del muro y fue a rematar en el domo de cristal tipo Murano, que cubre el techo. Conforme avanzábamos hacia el salón, descubrimos en cada rincón y sobre los muebles, obras de arte, que sin ser especialistas, nos atrevimos a pensar que cada pieza era genuina. Entonces creímos estar en un museo, pero en realidad nos encontrábamos en el lobby del hotel-museo Palacio de San Agustín.

Un origen divino
Cuenta la historia que en el siglo XVIII, los monjes agustinos levantaron este palacio sobre una antigua mansión ubicada frente a la “ruta procesional”, el camino que llevaba a través de las principales plazas y edificios religiosos de la ciudad de San Luis Potosí. La casona fue construida en el siglo XVII en la esquina que formaba el portillo de San Agustín (hoy calle Galeana)  y la calle de la Cruz (hoy calle 5 de Mayo), justo entre la iglesia de San Agustín y el templo y convento de San Francisco. Después de pasar por varios dueños, la propiedad fue donada a los monjes agustinos, quienes haciendo gala de su fama de levantar las edificaciones más suntuosas de la Nueva España, concibieron este palacio entre lujos y comodidades para su reposo y el de sus distinguidos invitados. Y la misma historia refiere, que entre las maravillas arquitectónicas que poseía el palacio, se encontraba una escalera circular por la cual ascendían a orar los monjes al último nivel de la mansión y contemplaban durante el trayecto, la fachada de la iglesia y convento de San Agustín. Pero todo este lujo llegó a su fin y después de pasar por varios propietarios, la mansión fue deteriorándose con el tiempo hasta que en 2004, la Compañía Hotelera Caletto adquirió el inmueble y nuevamente concibió un palacio.

Más que construir un hotel boutique, la intención fue recuperar la atmósfera que vivía la ciudad de San Luis Potosí durante la Colonia y en el siglo XIX, crear un hotel museo. Para ello se elaboró un magno proyecto en el que participaron –entre otros especialistas– un historiador, un arquitecto y un anticuario. Al primero le correspondió investigar en los archivos los datos históricos referentes a la casa. La recuperación arquitectónica apegada lo más posible al diseño original y la adaptación de nuevos espacios, fue tarea del segundo. Y al anticuario se le encomendó la titánica labor de buscar en los pueblos de Francia, el mobiliario idóneo para el hotel. Un total de cuatro contenedores cargados con aproximadamente 700 piezas –entre muebles y obras de arte catalogadas y certificadas con más de 120 años de antigüedad– arribaron a México desde Francia. Y después de cuatro años de intensa labor, teníamos el privilegio  de estar aquí para disfrutar este palacio.

Una puerta al pasado
Al abrir la puerta de mi habitación sentí la sensación de que el tiempo me envolvía y me transportaba inmediatamente a la “Bella Época” (fin del siglo XIX hasta la Primera Guerra Mundial). El mobiliario, la iluminación, la tonalidad pastel de las paredes, pero sobre todo la ambientación, no podían sugerirme otra cosa. Cada una de las 20 suites del hotel está decorada de manera particular, tanto en el color de los muros como en el mobiliario, en el que se pueden encontrar los estilos Luis XV, Luis XVI, Napoleón III, Henry II y Victoriano.

La alfombra de la habitación, al igual que las de todo el hotel, es persa. Las cortinas y cobertores de las camas, son semejanza de las de antaño y fabricadas con telas europeas. Y para no escatimar lujos, los baños fueron construidos en mármol de una sola pieza. Pero el detalle que más me sorprendió fue el teléfono, el cual también es antiguo, pero fue digitalizado para estar acorde a las necesidades actuales. No recuerdo con certeza cuánto tiempo pasé descubriendo cada detalle de la habitación, hasta que el sonido de alguien tocando a mi puerta me sacó del embeleso. Y si alguna duda tenía de haberme remontado en el tiempo, quedó disipada al abrir la puerta. Una joven sonriente que vestía un traje de época (todo el personal del hotel viste a la usanza), como sólo lo había visto en las películas, me preguntó qué quería desayunar al día siguiente.

De paseo por la historia
De sorpresa en sorpresa, fui recorriendo el hotel: los pasillos, los distintos salones, la terraza y la biblioteca, en la que se encuentran ejemplares del siglo XVIII. La pintura de los muros es otra proeza, pues fue realizada a mano por artesanos potosinos, basándose en los diseños originales encontrados en sótanos de la mansión. Pero quizás lo más alucinante es la escalera helicoidal (en forma de hélice) que conduce hasta el último nivel, en donde está la capilla. Como ya no es posible observar desde ella la fachada del templo y el convento de San Agustín, se construyó sobre el muro una réplica en cantera de la fachada del templo. Y entonces, como los monjes agustinos, subí y fui observando durante el trayecto, la fachada del templo de San Agustín. Poco antes de llegar al final, comencé a percibir suavemente el aroma del incienso y el sonido de los cantos gregorianos. Esto fue sólo el preámbulo para un nuevo prodigio; al final de la escalera, sobre un punto marcado con una inscripción en latín, se puede ver a través de una ventana de vitral en óvalo, la torre de la iglesia de San Agustín, formando un impresionante cuadro natural. En el sentido opuesto y a través de otra ventana, se aprecian las cúpulas de la iglesia de San Francisco. Todo este derroche visual es la antesala para ingresar a la capilla, otra de las joyas invaluables del hotel. Y no es para menos, pues fue traída en su totalidad desde un pueblo de la provincia francesa. El lambrin medieval de estilo gótico  y las columnas salomónicas bañadas en oro del altar son los mayores tesoros.

Después de la cena, fuimos invitados a abordar,  al frente del hotel, un carruaje del siglo XIX. Fue como cerrar con broche de oro el día, pues recorrimos la ciudad de noche, gozando de la iluminación nocturna. Así visitamos la iglesia de San Agustín, el Teatro de la Paz, la iglesia del Carmen, Aranzazu y la plaza de San Francisco, entre otros monumentos históricos. El golpeteo de los cascos del caballo sobre el adoquín, llenaba de nostalgia las estrechas calles del centro de la ciudad y el paso del carruaje parecía una imagen que le había sido arrancada a la historia. Al retornar al hotel, llegó el momento de disfrutar nuevamente la habitación. Dispuesto a dormir, recorrí las gruesas cortinas y apagué la luz, entonces el tiempo se desvaneció y el silencio se hizo presente. Sobra decir que dormí como pocas veces.

A la mañana siguiente, el periódico local y el desayuno en mi habitación fue puntual. Entonces agradecí enormemente a quienes hicieron realidad este palacio consagrado al arte, la historia y la comodidad. Un sueño en el tiempo hecho realidad.

Palacio de San Agustín
Galeana esquina 5 de Mayo
Centro Histórico
Tel. 52 44 41 44 19 00

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