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Escenarios sorprendentes en Pichilinguillo

La majestuosa entrada de la Sierra Madre del Sur al océano Pacífico crea en Michoacán un juego inigualable de encantadoras playas, arcos rocosos y un rítmico vaivén de cascadas de agua salada.

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Conforme uno se mueve al poniente por la costa michoacana desde puerto Lázaro Cárdenas, descubre que el paisaje mejora poco a poco. Primero están las agradables playas extendidas y flanqueadas por sembradíos de palmeras de cocos o exuberantes esteros, como las de Playa Azul. Luego surgen las colinas que se acercan al mar y lo encierran en hermosas medias lunas como la ensenada de Caleta de Campos. Más tarde, las montañas de la Sierra Madre del Sur se acercan al océano Pacífico hasta casi surgir de él. Y es ahí donde aparece un punto fantástico que ningún amante de la naturaleza puede perderse: Pichilinguillo.

Arenas Blancas… y doradas

En nuestro recorrido en automóvil llegamos primero, por error, a las playas previas: Carricitos y Arenas Blancas, cuyo ramal de entrada está a sólo unos pasos de la brecha que lleva a Pichilinguillo. Fue uno de esos extravíos que uno celebra. Ambas son playas hermosas y solitarias, con arenas doradas y aguas transparentes. En Arenas Blancas hay un campamento tortuguero y un gran peñasco llamado por los lugareños El Perrito, que sugiere ya el escenario posterior.

Pichilinguillo es un caserío de pescadores dividido en dos pequeños tramos. Al oriente hay una playa estrecha que normalmente sólo disfrutan los viajeros que se alojan en las cabañas del lugar y al poniente están las casas de los pescadores, sus lanchas y una enramada donde nos detuvimos a almorzar. Hay varios platillos deliciosos que ahí preparan: pescado, langosta, tiritas de pescado… el nuestro fue un espléndido ceviche.
Las ensenadas del lugar y el paisaje de mar y montaña habrían sido recompensa suficiente para nuestra parada ese medio día. Pero Pichilinguillo nos reservaba todavía algo más.

Excursiones marinas

Hace unos meses, los pescadores locales formaron una cooperativa turística que ahora ofrece paseos en lancha por la zona. No esperábamos algo distinto a lo que uno puede hallar en toda la costa mexicana del Pacífico, pero el paseo resultó extraordinario. El contacto de montaña y mar forma infinidad de farallones que como El Perrito están horadados por el embate eterno de las olas. Recuerdo haber visto una media docena de arcos. Aparte, sobre los muros rocosos de tierra firme, la erosión crea también numerosas grutas que con marea baja se pueden visitar tranquilamente en lancha.

El mar, sin embargo, estaba un poco picado… para nuestra fortuna, porque entonces se da un espectáculo sorprendente. Las gruesas olas golpean los muros escalonados de la costa y llevan un enorme volumen de agua a los niveles altos. Cuando se retiran, dejan atrás una amplia estela blanca de espuma que desciende apuradamente. Son efímeras cascadas que pintan grandes rayas —a veces de más de un metro de alto— sobre el oscuro basalto.

Don Lupe Cisneros, conductor de nuestra lancha, comentó que además el sitio es un paraíso para los amantes del buceo tanto libre como scuba.
Fácilmente se avista ejemplares como la estrella de mar, el pulpo, el coral, el pez payaso, el pez loro y la langosta (el tercer viernes de diciembre se celebra aquí, de hecho, un torneo de captura de langosta). Y no es extraordinario toparse también con tortugas negras y de carey. Todo esto, junto con arcos y farallones, a menos de 2 kilómetros a uno y otro lado de Pichilinguillo.

Ruta escénica

Nuestro viaje continuó hacia el poniente y lo que siguió fue un digno colofón a las cascadas de mar de Pichilinguillo. La carretera costera va y viene frente al mar ofreciendo aquí y allá perspectivas de ensueño. En ese entonces, las lluvias no habían llegado aún, de modo que lo que vimos fue un escenario montañoso de tono pardo… imaginé lo que es esto a lo largo del segundo semestre del año: un juego de verdes y azules que no piden nada al que ofrecen las carreteras costeras de la Alta California, afamadas por su valor escénico.

Y todo ello culmina, 52 kilómetros después, en Maruata y el grandioso rosario de playas vírgenes de Michoacán —Colola, La Llorona, Faro de Bucerías, La Manzanillera, Palma Sola, Ixtapilla—, donde las tortugas tienen sus rincones planetarios favoritos. Playas y tortugas en combinación con los escenarios de Pichilinguillo… ¿hace falta algo más para una receta perfecta de vacaciones marinas?

Quizá no hay en toda la costa mexicana un tramo con tal densidad de peñascos y arcos naturales

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