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Esferas fantásticas del cerro Piedras Bola en Jalisco

Entre las luces y sombras que forma el sol al pasar por las ramas de los árboles se asoman los perfiles curvos de las rocas semienterradas, de las completamente descubiertas y de las que sólo dejan ver una pequeña porción de su voluminoso cuerpo.

Foto:
México Desconocido

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Voluminosas y pesadas, muy pesadas, de lento andar y de poco hablar, así eran las mujeres de los gigantes que hicieron de esta montaña su hogar hace mucho tiempo. ¿Nueve, veinte, cuántos metros medían? ¿cómo, dónde y cuándo vivieron? Casi ningún vestigio de estos enormes seres sobrevivió a los siglos, sólo el que parecería más trivial: sus juguetes, “pelotas” de piedra, gigantes como ellos y esféricas como cualquiera. Así narraban algunos lugareños el origen de estas rocas sorprendentes. Pero sólo algunos, porque otros afirman que las esculpieron los extraterrestres en uno de tantos viajes que han realizado a la zona, y también hay quienes sugieren que fueron trabajadas por indígenas prehispánicos.

Aunque muchas son las teorías sobre el origen de estas inusuales rocas esféricas descubiertas en las laderas de la Sierra de Ameca. La explicación aceptada por la ciencia es que fueron formadas por la cristalización de lava y ceniza volcánica, ocurrida durante una gran erupción hace más de 40 millones de años. Aquí un poco más de su historia. 

Naturaleza, maestra escultórica

Si cualquier esfera tiene, de hecho, algo de enigmática, cuanto más lo tiene esta colección pétrea en la que uno se vuelve diminuto, como hormiga que se moviera en un juego de canicas.

Las preguntas quién, cómo, cuándo y por qué fueron creadas estas rocas surgen de forma instantánea al conocerlas. Aunque la explicación de la ciencia es clara, el cerro Piedras Bola, se encuentra en una región de importante actividad volcánica, a dos horas a pie de Ahualulco de Mercado, la población más cercana.

Entre las primeras esferas pétreas que se conocieron fue célebre la que adornaba la entrada de una de las varias minas de la zona, llamada Piedra Bola. Con el tiempo, Piedras Bola –en plural– se nombró al cerro en cuyas laderas arboladas, y sólo en ellas, descansan decenas de piedras esféricas de tamaño variable: en promedio, entre uno y dos metros de diámetro, aunque algunas se acercan a los tres metros.

Fue en 1968 cuando geólogos estadounidenses, después de conocer las esferas de Piedras Bola, determinaron su origen y antigüedad. De acuerdo con los análisis y con base en estudios de otras esferas naturales –las encontradas en Nuevo México, EUA, con origen similar pero de unos 60 cm de diámetro las más grandes–, determinaron que su formación ocurrió hace alrededor de 40 millones de años, durante el periodo terciario, por caprichosa cristalización de ceniza volcánica (algunos la atribuyen al volcán de Tequila, distante sólo 30 km). Este material todavía candente, con temperaturas estimadas entre 500 y 800oC, inundó cañadas y, al estancarse y enfriarse, dio paso a la cristalización en capas concéntricas alrededor de las partículas de vidrio que contiene. Dichos procesos se detuvieron por enfriamiento en diferentes épocas, de acuerdo con su localización en el depósito de ceniza, de tal forma que las “bolas” así creadas resultaron ser de distintos tamaños y quedaron constituidas por sucesiones de capas, como una cebolla.

Después de siglos el viento y el agua han descubierto muchas de las esferas pétreas sumergidas en la tierra y en la ceniza que no cristalizó.

Adornos preciados y depreciados 

En la plaza de San Fernando, en la estación Hidalgo del Metro, en la calle de Motolinía, en el Centro Médico Siglo XXI, así como en varios lugares de la ciudad de México y de otras ciudades se puede ver esferas de piedra construidas y colocadas expresamente como adorno. Muchos años antes otros hombres esculpieron estos objetos quizá también con fines ornamentales o rituales: esferas olmecas talladas en basalto –material nunca encontrado en la naturaleza con formas esféricas– han sido halladas en el sur de Veracruz; en Honduras, Belice y Costa Rica las rocas esféricas también han sorprendido a sus descubridores.

Por sólo menos de 1.5 cm algunas esferas de El Palmar, al sureste de Costa Rica, no son esferas perfectas. Desde que en los años treinta del siglo pasado salieron a la luz cuando una compañía frutícola decidió crear platanares en estas planicies inundadas, los arqueólogos han encontrado más de 70 de ellas, algunas más altas que una persona –poco más de dos metros– y de hasta 16 toneladas. Pero los arqueólogos han concluido que se trata de “bolas” talladas por los indígenas prehispánicos. Varias de ellas permanecen semienterradas en El Palmar, pero otras han sido llevadas con grúas a San José, capital de Costa Rica, para adornar jardines.

En México, las piedras bolas jaliscienses tampoco se han salvado de la perturbación que siempre provoca el hombre a los tesoros naturales que encuentra. A pesar de ser poco conocidas, aun en la región, varias de ellas muestran hoy pintas de los visitantes, y de otras muchas sólo quedan fragmentos por haber sido dinamitadas al extenderse el falso rumor de que su centro era de oro. Los lugareños hablan de una “piedra madre” que fue puesta a rodar y destruida. Pesaba 30 toneladas.

En una parte del cerro, llamada Las Torrecillas, la erosión del suelo dejó a las esferas montadas sobre columnas de tierra, formidables esculturas talladas durante muchos años que día a día viven la amenaza de ser derribadas por la tentación de los ociosos. En vez de vigilancia y difusión hasta ahora sólo se puede encontrar en Piedras Bola algo de basura y desconocimiento del lugar.

Las esferas de Piedras Bola, obra maestra de la naturaleza, son otra maravilla ignorada del México fantástico.

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