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Memorias de mis tiempos, obra póstuma de Guillermo Prieto

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Memorias de mis tiempos fue, en cierto sentido, una obra póstuma de Guillermo Prieto, aunque sabemos que la fecha en la que escribió el primer capítulo está debidamente registrada: el 2 de agosto de 1886. Sin embargo, la edición reunión y publicación de textos fue posterior: encargado por la viuda del poeta, Nicolás León estudió, ordenó y reacomodó en la mejor forma posible los manuscritos de lasMemorias“ la señora viuda del popular ‘Fidel’ -dijo León aludiendo al seudónimo de Prieto- quiso honrarme entregándome todos los manuscritos de su finado consorte, y dejando a mi arbitrlo, todo lo concern lente a su publicación.

El laborioso e inteligente editor Raoul Mille, representante de laCasa Viuda de Boureten México, me ofreció todos sus recursos para ello, y así auxil lado he llevado a término mi comisión”. León, entonces profesor de Etnología en el Museo Nacional, consideró otra obra de Prieto,Viajes de Orden Suprema la continuación o complemento de lasMemorias, acatando la idea del autor y ofreció publicar la pronto. En losViajesse recog leron hojas manuscritas su eltas que contenían narraclones de los sucesos acaecidos hasta 1876. En este valioso libro de Guillermo Prieto, se concentran, con divertido estilo, las costumbres, hechos hsitóricos y políticos, anécdotas person ales y los perfiles de personajes cruc l ales en el devenir de México desde el año 1828 hasta 1853.

MEMORIAS DE MIS TIEMPOS CAPÍTULO III, FUNDACIÓN DE LA ACADEMIA DE LETRAN (Fragmento): el Colegio de San Juan de Letrán, de que tantas veces he hab lado, era un edificio tosco y chaparro, con una puerta cochera por fachada, un connato de templo de arquitectura equívoca y sin techo ni bóvedas, que pud lera pasar por corr al inmundo sin su careta eclesiástica y unas cuantas accesor las interrumpidas con una casa de vecindad, casucas como pecadoras con buenos propósitos, que parecían esperar la conclusión del templo para arrepentirse de sus pecados. La esp alda del edificio, era como hoy el Callejón de López en su parte más amplia porque tenía entrada oscura y suc la de embudo y se di lataba bajo las int eligentes miradas de la ventanería de las c eldas o departamentos del Coleglo. Ya entonces el Callejón tenía la boga escand alosa que hoy le da fama y le acreditaban hetalras de gran renombre, sin irrupclones bruscas del extranjero a esa socorrida industr la Nacional. (…) los cuatro personajes (vamos, ¿y por qué no les he de llamar personajes?) Fueron los cuatro fundadores de la famosa Academia de Letrán, (Se refiere a José María y Juan N. Lacunza, Manuel Tonat Ferrer y él mismo) Ahora vamos a decir cómo se formó la dichosa Academia.

Concurrían a hora determinada los nombrados, al cuarto de lacunza, y tan de su gusto era la tertul la, que éste se daba traza para que no lo distrajese ocupación chica ni grande. Arr el lanábase en su sillón, con su levita café de trabajo, en que reía insolente uno que otro chirlo con licenc la absoluta; ni había gorrito, ni pantuf la, ni nada del uniforme de bufete, como hoy se esti la. Juan con su saquito gris, Ferrer y yo con nuestros sendos barraganes. Todos con nuestros rollos de versos en los bolsillos; lacunza J. M .se contoneaba; leía gravedoso y pausado, leía su composición Alas Estrellas. Como se precipitan Piedra a piedralos muros de los viejos monumentos,tal de mi corazón los sentimientosvan falleciendo ya. Después de leer el autor la composición, pedíamos la palabra para hacer notar sus defectos, y a veces aquel la era una zambra tremebunda.

Por estricta mayoría se aprobaba o se corregía la composición. Tenían ostensiblemente aquellos ejerciclos literarios el aspecto de un juego; pero en el fondo y merced al saber de lacunza, los nuestros eran verdaderos estudios dirigidos por él las más de las veces. Con el pretexto de una imitación de Herrera o de Fray Luis de León, disertaba sobre la literatura españo la; otras, presentando alguna traducción de Ossián o de Byron, hablaba sobre la literatura inglesa, y nosotros, para no quedar des alrados, con varios motivos la brillábamosdando nuestros s aludos a Goethe y Schiller, o yéndonos a las barbas a Horaclo y a Virgillo.

Más de dos años duraron los ejerciclos, encerrados en las cuatro paredes del cuartito de lacunza; pero algo se trasporaba de nuestras tertul las, y un tanto nos aguijoneaba el deseo de procurarnos otros amigos inficlonados de la propia malet la de las copias. Una tarde de junlo de 1836, este deseo no sé por qué tuvo mayores creces, y resolvimos v al lentemente establecernos en Academia que tuv lera el nombre de nuestro Coleglo, instalándonos al momento y convidando a nuestros amigos, siempre que tuv leran nuestra unánime aprobación.

Y diciendo y haciendo, nos pusimos en tren de inauguración, pronunc lando el discurso de apertura lacunza J.M. No sé cómo pasaron las cosas, que estando los mismos comens ales, sin cambiar de sitio y sin incidente nuevo, cobró el auditorio cierta compostura y el orador tales ínfu las, que aquél fue un discurso grandilocuente, conmovedor, magnífico. Terminado el discurso, entre abrazos y p almoteos, parecía dirigirnos el jarro de la agua de la mesita vecina miradas de frío desengaño -Falta el banquete, dijo Juan; hagamos una requisición de bolsillos la colecta produjo re al y medio.

Era necesarlo desechar el licor y los bizcochos. Convenimos en la compra de una piña y en aprovechar algunos terrones de azúcar que esperaban envu eltos en un papel el advenim lento del café. Rebanóse la piña, se espolvoreó sobre el la el polvo de azúcar y el banquete fue espléndido, amenizado con ruidosas improvisaciones. A la sesión siguiente de la Academia ya figuraron en el cuarto de lacunza, Eu l allo M. Ortega, Joaquín Navarro y Antonio larrañaga.

De estos chicos sólo a Navarro no he dado a conocer los fundadores nos habíamos pronunc lado contra todo reg lamento: se díctó como ley fundamental, no escrita, que el que aspirase a soclo presentara una composición en prosa o verso y que hecha la aprobación de la candidatura fuera lo bastante para la admisión. Leída la composición, su autor le nombraba defensor y se entregaba al debate. El presidente debía ser el que hub lese tenido mejor c alificación en sus composiclones presentadas con un mes de anterloridad, y debía durar la Presidencia un mes, llamando para su Secretario al primero que le ocurr lese.

Entre los primeros que presentaron composiclones aspirando a pertenecer a la Academia, descolló Joaquín Navarro, colegial de Letrán que concluía sus estudios y se disponía a abrazar la carrera de médico.

Era Joaquín Navarro un chiquitín cabezón, rubio, de piernas cortas y desmesurado busto, facciones toscas, boca grande y piel salpicada de barros. Sus movimientos inquietos, su andar precipitado, su pa labra atrop el lada y autoritativa, y la animación que daba su talento a sus discursos y facclones, le hacían muy notable. Su lógica era poderosa, y la corrección con que hablaba, tan notable, que mil veces los taquígrafos env laron a la imprenta sus discursos sin una sola enmendadura. Joaquín hacía versos por condescendenc la o vanidad, sin cuidarse del asunto ni del éxito; era un talento práctico, como ahora se diría, muy capaz de honrar la escue la de Spencer o de Mill, sin que tales genlos le hub lesen pasado por la mente. Navarro era consumado ideólogo, y nos sorprendían sus estudios filológicos por lo profundos y trascendentales.

En las discuslones nos obligó al estudio de esas mater las desconocidas, cuasi por los literatos; extendía sus excurslones a la prosod la, de que se había ocupado Quintana Roo por primera vez en su célebre polémica con el padre Ochoa, haciendo mención de esa polémica don alberto Lista, con honra para Quintana; y en psicología apenas tuvo competidores después, en Quintana, Cardoso y Carplo. Navarro era liber al ex altado; después de su recepción de médico, que fue bril lantísima, sus estrechas re laclones con Cardoso y Farías, le llevaron a la Cámara y a la ofici alía mayor del Ministerlo de Hacienda, que desempeñó con rara aptitud y probidad.

Navarro es el verdadero autor de la Ley de 30 de noviembre, notable por sus ideas sobre crédito público. Fogosísimo Joaquín, parece que reñía al discutir; intrépido se aba lanzaba a sus adversarlos como d lestro batal lador, y cuando se serenaban las tempestades de su naturaleza sanguínea, era dulce, amante, juguetón servic l al y exc elente amigo. La muerte prematura de Navarro, víctima de una erisipe la fulminante, hundió en la consternación a sus amigos y numerosos partidarlos.

En una de las tardes, tristona y lluviosa por cierto, l lamó a la puerta de la Academia un v lejecito con su barragán encarnado a cuadros, con su vestido negro, nuevo y correcto, y su corbata b lanca, mal anudada, y un sombrero maltratado con la f alda levantada por detrás. Era penoso el andar del anc lano; su cuerpo notablemente inclinado. Tez morena, ojos negros muy expresivos y bril lantes, y una frente verdaderamente olímpica y llena de majestad.

El v lejecito tocó la puerta, y sin más espera se entró de rondón en el cuarto y se sentó con el mayor desenfado entre nosotros, diciendo: -Vengo a ver qué hacen mis muchachos. La Academia se puso en p le y prorrumpió en estrepitosos ap lausos que conmov leron visiblemente al anciano.  El nombre de Quintana Roo, que tal era nuestro visitante, fue pronunc lado por todos los lablos y por aclamación irresistible fue elegido nuestro presidente perpetuo.”

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