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Iglesia de San Fernando de México y su Colegio Apostólico

Extramuros de la vieja capital de la Nueva España, el centro franciscano de San Femando tuvo “una gran importancia histórica con relación a antiguas tierras mexicanas, hoy Estados Unidos “.

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Extramuros de la vieja capital de la Nueva España, el centro franciscano de San Femando tuvo “una gran importancia histórica con relación a antiguas tierras mexicanas, hoy Estados Unidos”. Del convento, erigido sobre los terrenos del contador don Agustín de Oliva, salieron los frailes Junípero Serra y Francisco Palou a fundar San Diego y San Francisco, California, y en “el templo anexo al convento se encuentra sepultado el virrey don Bernardo de Gálvez, que fue gobernador de Luisiana y venció a los ingleses en lberville, Baton Rouge, Mobile y Penzacola, sometiendo la Florida”. En el cementerio de San Fernando descansan los restos de hombres tan ilustres, como don Benito Juárez. La misión de San Fernando tiene su origen en la Orden Franciscana, establecida en México desde 1523, la cual había fundado un gran número de misiones en las altiplanicies de México y Puebla, así como el norte, oriente y poniente de ellas. De ahí resultaron cinco provincias franciscanas: la del Santo Evangelio de México en los obispados de México y Puebla, la de Yucatán, la de Michoacán, la de Zacatecas y la de Jalisco.

Sin embargo, para el último cuarto del siglo XVII y primera mitad del siglo XVIII aún existía un gran territorio sin evangelizar: Sonora, el norte de Tamaulipas, parte de Nuevo México, todo Texas y la Sierra Gorda queretana, así como también las Californias (Alta y Baja). Por esta razón, a principios del siglo XVIII la Iglesia, a través de la recién fundada Congregación de Propaganda Fide (1622) y de la misma Orden Franciscana, se vieron en la necesidad de formar nuevos cuerpos de misioneros. La Propaganda Fide representa un planteamiento apostólico centralista dentro de la iglesia y una extensión en la actividad de la orden franciscana hacia una participación más dinámica en el campo evangelista.

Para hacer frente a estas apremiantes necesidades, desde principios del siglo XVIII, la orden de San Francisco determinó crear centros especiales. de formación misionera: los colegios o seminarios de misiones de Propaganda Fide, que debían de ser además “casa de recolección”, es decir, de más intensa vida espiritual, sin descuidar de ninguna manera las letras, las ciencias y las artes. Así, su finalidad era triple: asegurar la estabilidad y firmeza de las conversiones entre fieles, formar intelectual y moralmente a nuevos misioneros y renovar espiritualmente a los franciscanos.

La presencia de estos colegios comienza con la fundación de Santa Cruz de Querétaro en 1682. Ya para 1690 los queretanos se habían instalado en Texas y después entre los difíciles apaches de Nuevo México. Así mismo, llegaron a establecer 16 poblados misionales en la provincia de Sonora. De Querétaro salieron los fundadores de los demás colegios en América del Norte y del Sur, como a Guatemala, en 1700 y a Zacatecas, en 1704.

En 1731 se concedió el permiso para establecer una iglesia y colegio apostólico en la ciudad de México. Los misioneros levantaron pronto una modesta capilla y el día 30 de mayo -fiesta precisamente del titular, San Fernando, Rey de España- el guardián de San Francisco de México con algunos de sus religiosos y con el coro franciscano de su iglesia, celebró solemnemente la misa. Poco después el nuevo presidente de la comunidad, Fray Isidro Félix de Espinosa, buscó en diversos rumbos de la ciudad un mejor lugar para el futuro colegio apostólico. Localizado éste, y con permiso del virrey y los oficiales eclesiásticos de la Nueva España, fueron a Madrid para alcanzar la Cédula Real que autorizaba plenamente dicha fundación. El 15 de octubre de 1733, Felipe V concedió su Real licencia para “que en referido hospital nombrado de San Fernando, extramuros de la ciudad de México, pueden fundar y funden el mencionado Colegio Seminario de Propaganda Fide, siendo con encargo de que tengan sujetos para infieles, como previene la Bula de Inocencio XI…” El recién nombrado presidente de la comunidad, Fray Diego de Alcántara, dio principio a las obras de edificación del colegio e iglesia.

A estos nuevos institutos franciscanos, en ocasiones no se les veía con buenos ojos porque sus alumnos pretendían, muy discretamente, renovar y hasta reformar la vida franciscana, retornando fiel y sinceramente al espíritu original de Francisco de Asís, lo cual se hacía patente desde el color de su hábito, pues los misioneros apostólicos no utilizaron el color azul, frecuente entre los franciscanos de la Nueva España prefiriendo el color gris ceniciento. Preconizaron así mismo una vida religiosa más ajustada a la pobreza evangélica y mayormente centrada en la oración y en la contemplación, compatible -aunque no sin grandes sacrificios- con el apostolado activo entre infieles y fieles.

La comunidad de San Fernando comenzó con cuatro sacerdotes, dos hermanos legos y un donado, pero para 1772 contaba con ciento catorce religiosos. A partir de 1827, en virtud del decreto gubernamental por el que se expulsó a los españoles, los fernandinos se vieron seriamente reducidos a unos cinco sacerdotes, seis hermanos legos y varios donados. Se fomentaron con mayor brío las vocaciones locales y para 1859 San Fernando disponía de cuarenta religiosos. El Colegio de San Fernando debe su extensión al hecho de haber sido también seminario central, con cátedras de gramática, artes o filosofía y teología; además de ser la casa matriz de la cual dependían numerosos grupos de misiones que trabajaron en la Sierra Gorda (1744-1770) y en la California Alta (1769-1853) y Baja (1768-1773).

La construcción de este vasto conjunto parece, según el plano de la ciudad de México elaborado por Carlos López (1760), haberse terminado alrededor de 1749 y su iglesia en 1755. Las obras se iniciaron con Geronimo de Balbás. Dentro del estilo barroco, su trabajo se caracterizó por la sustitución de la columna por el pilar estípite. Sin embargo, la, fachada del templo, que comenzo en 1735, no se concluyó hasta 1755 por los arquitectos Antonio Álvarez y Miguel José de Rivera. Fue en este lapso que la reputación de Balbás se cuestionó por su “maña” arquitectónica y fue despedido por los excesivos gastos originados en la construcción. La fachada sur, principal de la iglesia de San Fernando, se considera como conservadora en comparación con la evolución del estilo barroco y con su propia torre, debido a su composición tradicional de tres entrecalles y tres cuerpos, revestida-como gran parte de las construcciones capitalinas de mediados del siglo XVIII-de tezontle con su portada de cantera.

En la calle de en medio -que se proyecta hacia fuera- y en la práctica de rematar en el tímpano con óculo octagonal recuerda, tanto la fachada de otro templo conventual, Santo Domingo (1736), como las portadas de Pedro de Arrieta para la Basílica de Guadalupe (1709) y la iglesia de la Profesa (1720). La fachada de San Femando en su primer cuerpo, de un barroco moderado, ostenta una portada de medio punto con dos columnas dóricas estriadas en zigzag a cada lado. Entre cada dos columnas, en nichos, se encuentran imágenes escultóricas de San Francisco (a la derecha) y de Santo Domingo de Guzmán (a la izquierda).

El segundo cuerpo es, sin embargo, ultrabarroco y presenta pilastras estípites con capiteles compuestos jónico-corintio. Arriba, en los “dados” de los estípites, están los 12 apóstoles. En medio y al frente se puede identificar a San Pablo (derecha) y a San Pedro (izquierda). Le siguen Santiago a la derecha y posiblemente San Bartolomé (en el lado opuesto); el elemento que este último porta en su mano derecha, a pesar de estar erosionado, podría ser un garrote, atributo del apóstol. Entre las pilastras de cada lado, en nichos, están otras figuras talladas, posiblemente San José y San Antonio de Padua, este último con tonsura clerical mientras aquel es barbado; ambos con un niño en brazos.

Al centro, en altorrelieve, está el gran panel historiado que re- presenta a San Fernando Rey de España, patrono de los fernandinos. Con espada en la mano derecha y cargando el mundo en la izquierda, se le ve triunfante sobre los paganos y aboga por las ánimas del purgatorio. Le acompañan cuatro ángeles con emblemas: de la cruz y de la fe (el cáliz). Las dos columnas que se ven aluden al Plus Ultra del Rey Carlos V, que es atributo de San Femando. Uno de los ángeles toca la trompeta mientras que los otros le ofrecen la corona de laurel y la palma del triunfo; en el cuerpo superior, en cada lado del gran óculo, se ven dos óvalos con tallas de medio cuerpo, en relieve. La imagen de la derecha, una mujer que carga un libro, y un hombre con cayado a la siniestra, parecen representar a Santa Ana y San Joaquín, padres de la Virgen María.

Junto a la fachada se encuentra la torre de la iglesia. También concebida dentro del ultrabarroco, se levanta en dos niveles de planta , cuadrada y se transforma en sendos cuerpos de planta octagonal, el más alto con cuatro nichos donde se encuentra igual número de franciscanos, los propagadores del “dulce nombre de Jesús” (IHS): San Bernardino de Siena, San Bernardino de Felmo, San Juan de Capistrano y San Jácome de la Marca. Restos de pintura, tanto en estas figuras, como en partes de la fachada indican que en algún momento la decoración tallada del exterior de la iglesia de San Fernando estaba policromada. La torre se remata por un casquete esférico con mundo y cruz.

En relación con el interior de San Fernando, el pintor y crítico de arte mexicano Doctor Atl (Gerardo Murillo) relata que “su gran nave fue magníficamente decorada dentro del estilo ultrabarroco” con magníficos retablos de cedro tallado y dorado. “Esa decoración se conservó hasta mediados del siglo pasado, en que fue totalmente destruida, dejando la nave desnuda”. También han desaparecido las pinturas encargadas al pintor Juan Cordero (1822-1884) que ejecutó sin retribución y concluyó en 1859. “Pintó en la cúpula de San Fernando la Concepción Inmaculada de María… En las pechinas pintó los cuatro doctores de la orden seráfica, San Buenaventura, Juan Duns Escoto, Alejandro de Halles y Nicolás de Lira”.

El templo de San Fernando que perdura hasta nuestros días es de tres naves en el testero y de una sola en el cuerpo del edificio. Durante la exclaustración de 1860, decretada por las leyes de Reforma, la comunidad del Colegio debió dispersarse por algunos meses, lo cual causó la pérdida de todas sus misiones en la Alta California, mientras el gran inmueble del colegio de San Fernando, excepto la iglesia, quedó destruido. La mutilación y desaparición de una buena parte de sus elementos decorativos se debe no sólo a la supresión monástica del gobierno de Juárez, sino también al terremoto del 19 de junio de 1858, que causó gran daño a la construcción y su contenido, motivo por el cual se cerró la iglesia al culto y no se volvió a abrir hasta que se hicieron las debidas reparaciones.

No se sabe que pasó con muchas de las obras de arte que llenaban el recinto; sin embargo, sí se conoce el paradero de uno de sus elementos más impresionantes: la sillería del coro. Esta fue vendida a fines del siglo XIX a la Basílica de Guadalupe, en cuya Sacristía y en la Capilla del Sagrario se exhiben tres secciones, fragmentadas hoy en día. El padre Isidoro Camacho vendió la sillería del coro de San Fernando a la Basílica, para ayudar a la fundación de una nueva casa noviciado y de estudios en San Luis Rey, California. Todavía se encuentra la antigua fasistol en el coro de la iglesia de San Fernando.

Últimamente, por restauraciones y la reubicación de alguna de sus magnas pinturas, uno puede tratar de asomarse al pasado de San Fernando. Sin embargo, pocos de los actuales y millares de transeúntes que hoy recorren la plaza de San Fernando se dan cuenta de la misión histórica y cultural que cumplieron los ilustres frailes que vivieron entre los muros del convento.

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