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La cuenca de Río de la Laja (Guanajuato)

Situado entre hermosas llanuras, con la sierra de Guanajuato al oeste y la de Las Codornices al sur, se encuentra el municipio de San Miguel de Allende.

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Sus cerros más notables, que alcanzan en promedio los 2 200 msnm, son El Picacho, Tambula, el del Carmen, El Cuache, El Peñón y La Loma Cuacuato. El Río de la Laja atraviesa el municipio de norte a sur; por su margen izquierda tiene pequeños arroyos como La Leona, Cachinches y La Petaca, y por el otro lado recibe a los ríos Talayotes, San Agustín y Los Ricos. Alrededor del Río de la Laja existen numerosos manantiales de aguas termales, alcalinas y sulfurosas. La presa Ignacio Allende, construida en 1967, regula las aguas de este río.

La cuenca fue habitada desde antes de la era cristiana por grupos nómadas chichimecas que practicaban la caza y recolectaban plantas y frutos. Aproximadamente en el año 200 d.C. la región empezó a ser poblada por grupos que conocían la agricultura y que dejaron testimonio de su habilidad como ceramistas; tales grupos estaban organizados en pequeñas comunidades agrícolas a orillas del río.

A partir del año 950 d.C. los pobladores del área tuvieron avances importantes en la agricultura, la arquitectura, el tallado de piedra, etcétera, con una notable influencia de Tula y Teotihuacan.

El municipio de Allende pertenecía a una provincia tolteca denominada Panoayan, cuya capital se encontraba en donde hoy se localiza un sitio arqueológico en el municipio de Comonfort, Guanajuato; aquí la influencia tolteca es evidente en su juego de pelota y en la cerámica. Las poblaciones de esta provincia, asentadas la mayoría en el cauce del Río de la Laja, explotaban los suelos aluviales del río y producían herramientas de piedra, principalmente.

La bonanza duró poco y entre los años de 1100 y 1200 vino la decadencia; la frontera agrícola se fue recorriendo paulatinamente hacia el sur, de manera que la región quedó fuera del territorio mesoamericano. Los centros ceremoniales y demás asentamientos fueron abandonados.

La cuenca del Río de la Laja se vio rápidamente poblada a partir de entonces por grupos nómadas que, a diferencia de sus antecesores, tuvieron una cultura pobre y sus aportes fueron casi nulos. Así pasaron más de 300 años hasta la llegada de los españoles.

En Guanajuato el proceso de evangelización provino de Michoacán. El primer convento construido en el estado, el de Acámbaro, fue fundado por frailes franciscanos venidos de Uruapan, y llegó a tener tal importancia que fue custodia de Michoacán y Jalisco en 1536.

Desde este convento salió fray Juan de San Miguel a la cabeza de una expedición que exploraría las tierras del norte, las tierras de los chichimecas; al llegar a la cuenca del Río de la Laja fundó las primeras pequeñas misiones, que rápidamente desaparecieron por su frágil construcción.

No fue sino hasta 1542 que fray Juan de San Miguel erigió la capilla de San Miguel Arcángel en el lugar que hoy se conoce como San Miguel el Viejo, que fue el centro de catequización de toda el área, y en donde se celebró la primera ceremonia cristiana de la región.

Una vez que el fraile franciscano partiera rumbo al norte a fundar otra misión de avanzada, fray Bernardo Cossin quedó en lugar de éste e intentó convertir a los indios de la región. En 1551 un grupo de indios copuces que defendían sus tierras incendiaron el pueblo de San Miguel de los Chichimecas (San Miguel el Viejo) hecho que obligó a los misioneros a buscar un lugar que les ofreciera mejores condiciones para la defensa. Ese lugar fue encontrado por fray Bernardo a no muchos kilómetros de distancia, en lo que hoy es el barrio del Chorro en San Miguel de Allende.

Durante el siglo XVI la cuenca del Río de la Laja tuvo una extraordinaria bonanza ganadera. A partir de que en 1573 el virrey Luis de Velasco otorgó a Juan Nieto “un sitio de estancia para ganado mayor”, la región comenzó a poblarse con españoles y grupos indígenas venidos principalmente del centro y sur de México.

Hoy todavía se pueden ver a lo largo del río una gran cantidad de vestigios de aquellos poblados rurales fundados desde finales del siglo XVI hasta mediados del siglo XIX. Algunos de estos asentamientos conservan incluso sus edificios religiosos.

Casi todas las capillas son de una sola nave formada con bóvedas de arista que reposan sobre cuatro contrafuertes sólidamente construidos. Las portadas están bellamente labradas, lo cual contrasta con el resto de las fachadas, que son completamente lisas. Todas presentan una torre y un campanario magníficamente trabajado en cantera.

Estas capillas son un verdadero ejemplo de sincretismo arquitectónico, resultado de la imaginería y el talento artístico de los indígenas.

Ejemplo de estas capillas son la de la Ciénega de Juan Ruiz, la del Salitre, la de San Miguel el Viejo, la de Juan González y la de Agustín González. Éstas tienen los nombres de los ricos ganaderos que mandaron construirlas en sus propiedades. Algunas de aquellas haciendas permanecen hoy en ruinas como mudos testigos del auge ganadero que vivió la región por casi trescientos años.

La capilla de San Miguel el Viejo se encuentra a escasos 15 km de San Miguel de Allende y su acceso es difícil, tanto por la falta de señalamientos como porque la capilla está entre la milpa y la vegetación.

Su atrio es íntimo, los muros que lo rodean lucen bellos detalles en cantera; su portada es magnífica, lo mismo que su campanario. Desde aquí se tiene una vista inmejorable de la presa Ignacio Allende.

Del otro lado del lago está la capilla de la Ciénega de Juan Ruiz; allí son muy visibles las ruinas de lo que fuera un pueblo ganadero durante la Colonia; sólo algunos ancianos esperan el atardecer en el atrio de la capilla; ésta posee un hermoso campanario con tallados en cantera de una impecable factura.

Muy cerca del poblado se encuentran los restos todavía habitados de lo que fuera la hacienda de San Antonio de la Joya.

Continuando por caminos tortuosos de difícil terracería y no lejos de la Ciénega, se localiza la capilla del Salitre, una de las más bellas, cuyo campanario es notable, así como sus detalles de cantera.

La capilla de Agustín González está a orillas de la presa, y frente a ella se divisa a lo lejos una pequeña torre que asoma de entre lo que fue una de las capillas de la cuenca del Río de la Laja y que ahora permanece bajo el agua, quizás un presagio de lo que le espera a la capilla de Agustín González.

La capilla de Juan González es una de las más grandes y de las que se encuentran en mejor estado; su fachada es austera y, como las demás capillas, luce una bella torre ornamentada.

Pero, además, son muchos los tesoros que guarda con celo la cuenca del Río de la Laja; ocupada de manera casi ininterrumpida durante más de tres mil años, encierra secretos y tesoros incalculables; importantes vestigios prehispánicos están siendo descubiertos cada día gracias al importante trabajo de los arqueólogos. Muchos de estos hallazgos pueden ser vistos en la planta baja del Museo Histórico de San Miguel de Allende.

Todas estas capillas son patrimonio cultural de los guanajuatenses y de todos los mexicanos, su sencillez y sus detalles de formas definitivamente prehispánicas las hacen únicas y enaltecen a los antepasados que habitaron esta región de nuestro país.

Fuente: México desconocido No. 281 / julio 2000

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