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Los Conventos durante el siglo XVI

Cuando imaginamos los conventos, tenemos que hacerlo pensando en un lugar donde habitan religiosos, bajo las reglas que dicta la Iglesia Católica y las del propio Instituto u Orden a la que pertenecen. Pero a finales del siglo XVI esos recintos eran escuela, taller, hospital, granja, huerta y muchas otras cosas más en donde enseñar y aprender eran realidades que existían en armonía.

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El primer nombre que recibió el convento fue el de “claustrum”. En la Edad Media se le conoció con el nombre de “clostrum” o “monasterium”. En ellos vivían quienes había hecho votos solemnes que sólo podían ser dispensados por el Papa.

Al parecer, la vida conventual tiene su origen en la vida ascética de los laicos que, viviendo en el seno de una familia, optaban por ayunar y vestir sin lujos, y que más tarde se retiraban a los desiertos, especialmente a Egipto y ahí vivían en castidad y pobreza.

El movimiento monástico tomó fuerza en el siglo III después de Cristo, paulatinamente se fueron agrupando alrededor de grandes figuras, como la de San Antonio. Desde sus inicios hasta el siglo XIII, solo había en la Iglesia tres familias religiosas: la de San Basilio, la de San Agustín y la de San Benito. Después de este siglo surgieron numerosas órdenes que adquirieron una gran expansión en la Edad Media, fenómeno al que no estuvo ajena la Nueva España en el siglo XVI.

Al poco tiempo de vencida la ciudad de Tenochtitlan, la Corona española vio la necesidad de convertir al cristianismo a los pueblos vencidos. Los españoles tenían muy claro su objetivo: conquistar a los naturales para aumentar el número de súbditos de España, convenciendo además a los pueblos indígenas, de que eran hijos de Dios redimidos por Jesucristo; las órdenes religiosas tuvieron la encomienda de tan importante empresa.

Los franciscanos, poseedores de una tradición histórica y una fisonomía institucional perfectamente definida y consolidada desde finales del siglo XV, establecen las primeras comunidades de evangelización en 1524 en cuatro centros indígenas de gran importancia, localizados en la región central de México, extendiéndose años después hacia el norte y sur de dicha región, así como a Michoacán, Yucatán, Zacatecas, Durango y Nuevo México.

Después de la orden franciscana, los Predicadores de Santo Domingo arribaron e 1526. Las tareas de evangelización de los dominicos se iniciaron sistemáticamente hasta 1528 y su labro comprendió un extenso territorio que abarcaba los actuales estado de Tlaxcala, Michoacán, Veracruz, Oaxaca, Chiapas, Yucatán y la región de Tehuantepec.

Por último, las constantes noticias de América y la labor evangelizadora de franciscanos y dominicos, propiciaron la llegada de la orden de San Agustín en el año de 1533. Dos amos más tarde se establecieron formalmente, ocupando un amplio territorio cuyas regiones eran en ese momento todavía fronteras: región otomiana, purépecha, huasteca y matlatzinca. Zonas agrestes y pobres de clima extremoso, fueron el terreno geográfico y humano sobre el que predicó esta orden.

A medida en que fu avanzando la evangelización se fueron formando las diócesis: Tlaxcala (1525), Antequera (1535), Chiapas (1539), Guadalajara (1548) y Yucatán (1561). Con estas jurisdicciones, la pastoral se fortifica y se va definiendo el mundo eclesial novohispano, donde el mandato Divino: “Predicad el evangelio a toda criatura”, fue divisa primordial.

En cuanto al sitio donde habitaron y desarrollaron su labor, la arquitectura conventual de las tres órdenes estuvo ajustada en lo general a la llamada “Traza moderada”. Sus establecimientos estaban conformados por los siguientes espacios y elementos: los públicos, dedicados al culto y la enseñanza, como el templo con sus diferentes secciones: coro, sotocoro, nave, presbiterio, altar, sacristía y confesionario, el atrio, la capilla abierta, las capillas posas, las cruces atriales, la escuela y el hospital. El privado, compuesto por el convento y sus diferentes dependencias: claustro, celdas, baños, refectorio, cocina, refrigerador, bodegas y almacenes, sala de profundis y biblioteca. Además existían la huerta, el aljibe y los molinos. En todos esos espacios se desarrolló la vida diaria de los frailes, misma que estaba sujeta a la Regla, que es el primer mandato que gobierna a una orden y a la que se dirigen todas las consultas posibles y, adicionalmente, las Constituciones, documento que hace referencia en extenso a la vida cotidiana del convento.

Ambos documentos contienen los estatutos para la vida en común, señalando claramente que no existe la propiedad privada, que ante todo se debe ejercer la oración y la mortificación de la carne por el ayuno y la modestia. En estos instrumentos legislativos se señala el gobierno de las comunidades, los aspectos materiales, espirituales y religiosos. Además, cada convento estaba provisto de un ceremonial: manual sobre el comportamiento cotidiano, tanto individual, como colectivo, donde se respetaba rigurosamente el orden jerárquico y las funciones de cada individuo al interior de la comunidad religiosa.

En lo relativo a su fe, las órdenes vivían religiosamente en sus conventos bajo la autoridad de su Provincial y con el ejercicio diario de la oración. Estaban obligadas a acatar los preceptos de la Regla, de las Constituciones, el oficio divino y la obediencia.

El guardián era el centro de la administración disciplinaria. Su vida diaria estaba sujeta a una estricta disciplina, excepto en las fiestas de guardar, tales como la Semana Mayor, los viernes primeros de cada mes y los días domingo, cuando era necesario que los horarios y las actividades variaran en virtud de las celebraciones, pues si de forma cotidiana había procesiones, durante esos días se multiplicaban. El rezo de las horas canónicas, que son las diversas partes del oficio que la Iglesia acostumbra en distintas horas del día, regulaban la vida conventual. Estas debían ser dichas siempre en comunidad y en el coro del templo. Así, a media noche se rezaban Maitines, seguidos de una hora de oración mental y al amanecer se decían las oraciones matutinas. A continuación tenía lugar la celebración de la Eucaristía y, consecutivamente, a lo largo del día se continuaba con diferentes oficios, para todo ellos siempre tenía que estar reunida la comunidad, independientemente del número de religiosos que habitaba el convento, ya que éste podía variar entre dos y hasta cuarenta o cincuenta frailes, dependiendo no sólo del tipo de casa, es decir su jerarquía y su complejidad arquitectónica, sino de su localización geográfica, puesto que de todo ello dependía que fuera un convento mayor o uno Menor, una Vicaría o una Visita.

La vida diurna terminaba después de las llamadas horas completas, aproximadamente a las ocho de la noche y a partir de ahí el silencio debía ser absoluto, pero aprovechado para la meditación y el estudio, parte fundamental en la vida conventual, pues no debemos olvidar que estos recintos se caracterizaron y fueron sobresalientes en el siglo XVI como importantes centros de estudio de teología, artes, lenguas indígenas, historia y gramática. En ellos tuvieron su origen las escuelas de primeras letras, en donde los niños, tomados bajo el tutelaje de los frailes, fueron un medio muy importante para la conversión de los naturales; de ahí la importancia de las escuelas conventuales, especialmente, las dirigidas por franciscanos, quienes además se abocaron a la enseñanza de las artes y los oficios dando origen a los gremios.

El rigorismo de la época hacía que todo estuviera medido y numerado: las velas, los pliegos de papel, la tinta, los hábitos y el calzado.

Los horarios de alimentación eran rígidos y la comunidad debía estar reunida para comer, así como para tomar el chocolate. Generalmente se les proporcionaba a los fraile cacao y azúcar para el desayuno, pan y sopa para la comida y en la merienda tomaban agua y algún bizcocho. Su dieta se basaba en diferentes tipos de carnes (reses, aves y pescado) y frutas, verduras y legumbres cultivadas en la huerta, que era un espacio de labor del cual se beneficiaban. Además consumían maíz, trigo y frijol. Con el tiempo, la preparación de los alimentos se fue mestizando al incorporarse productos típicamente mexicanos. Los diferentes guisos se preparaban en la cocina en cazuelas, ollas y artesas de cerámica o bien de cobre, se empleaban también cuchillos metálicos, cucharas de madera, así como coladores y cedazos de distintos materiales y se utilizaban molcajetes y morteros. La comida era servida en el refectorio en utensilios como escudillas, pocillos y jarras de barro.

El mobiliario del convento estaba compuesto por mesas altas y bajas, sillas y sillones, cajas, arcones, baúles y armarios, todos ellos con cerraduras y llaves. En las celdas había una cama con colchón de jergones y paja y mantas burdas de lana sin almohada y una pequeña mesa.

Las paredes ostentaban alguna pintura de tema religioso o una cruz de madera, pues los símbolos referentes a la fe estaban representados en la pintura mural de los corredores del claustro, la sala de profundis y el refectorio. Parte muy importante fueron las bibliotecas que se formaban en el interior de los conventos, tanto como apoyo al estudio de los religiosos, como a su acción pastoral. Las tres órdenes pusieron gran empeño en proveer a los conventos de libros indispensables para la vida pastoral y la enseñanza. Los temas que se recomendaban era la Santa Biblia, libros de derecho canónico y de predicación, por mencionar algunos.

En cuanto a la salud de los frailes, debió haber sido buena. Los datos de los libros conventuales señalan que vivían hasta los 60 o 70 años, a pesar de las condiciones poco higiénicas de la época. El aseo personal era relativo, no se acostumbraba el baño de manera rutinaria, y además, estaban con frecuencia en contacto con la población que padecía enfermedades contagiosas como viruela y tifus, de ahí la existencia de los hospitales y la enfermería para los frailes. Había boticas con remedios basados en hierbas medicinales, muchas de las cuales eran cultivadas por ellos en la huerta.

La muerte era el acto final de un religioso que había dedicado su vida entera a Dios. Esta representaba un acontecimiento, tanto personal, como comunitario. La última morada de los frailes era por lo general el convento en el que habían vivido. Eran sepultados en el sitio elegido por ellos en el convento o bien en el que correspondía a su jerarquía religiosa.

Las funciones de los conventos novohispanos y los misioneros fueron muy diferente a las de los europeos. Ante todo sirvieron como lugares de adoctrinamiento e instrucción catequética. En el siglo XVI fueron centros de cultura pues, los frailes dedicaban gran parte de sus días a evangelizar y a educar. También eran arquitectos y maestros de muchos oficios y artes y tenían a su cargo la traza de las poblaciones, de los caminos, de las obras hidráulicas y de cultivar la tierra con nuevos métodos. Para todas estas labores se valían de la ayuda de la comunidad.

Los frailes participaban en la elección de las autoridades civiles y organizaban, en gran medida, la vida de las poblaciones. En síntesis su labor y vida cotidiana habla de una fe interior, sencilla y unificada, concentrada en la esencia más que en la superficialidad, pues si bien la vida diaria estaba marcada por una férrea disciplina, cada fraile vivió y se comunicó consigo mismo y con la población como cualquier ser humano.

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