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Los “Pichilingues” en las Costas Novohispanas

Según Germán Arciniega, la palabra pichilingue se deriva del inglés speak in English, que era la orden dada a los asustados nativos de las costas del Pacífico, quienes, además de asaltados y ultrajados, supuestamente debían conocer la lengua de Shakespeare.

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Una segunda definición del término fue proporcionada por el eminente historiador sinaloense Pablo Lizárraga, quien asegura que procede del náhuatl y se deriva de pichihuila, una variedad de pato migrante que presenta un aspecto más bien claro: sus ojos y las plumas que los rodean dan la impresión de que se trata de un ave rubia.

No es equivocado pensar que los piratas, nórdicos en su mayoría, serían igualmente rubios. Las apariciones de los pichilingues en los litorales, generalmente en pequeñas calas con aguas lo suficientemente profundas para que en ellas pudieran anclar y en sitios relativamente protegidos, ha dado lugar a la presencia de playas llamadas pichilingues en algunas costas de América del Sur y, recurrentemente, en México.

La tercera teoría es igualmente válida. Procedía un gran número de los piratas –nombre genérico para los hombres que desempeñaban este género de actividades– específicamente en el siglo XVII, del puerto holandés de Vlissinghen. En suma, el origen de la palabra sigue siendo tan elusivo como los individuos a los que se refería, sobre todo a lo largo del siglo XVII y principios del siglo XVIII.

Habiendo logrado penetrar al Pacífico circunnavegando por el estrecho de Magallanes, pronto empezaron los conflictos con los españoles, dueños del llamado “lago español”, y la codicia y enemistad de ingleses y flamencos. El primer pichilingue holandés que cruzó este océano fue Oliver van Noort en el año de 1597. Van Noort era un tabernero, antiguo hombre de mar, quien con su propia flota con cuatro barcos y 240 hombres hizo atroces saqueos y pillajes en el Pacífico sudamericano, mas no llegó a las costas de la Nueva España. Su final fue posiblemente el merecido: murió en la horca en Manila.

En 1614 llegaron a la Nueva España noticias de que se aproximaba el peligro holandés. En agosto de ese año la Compañía de las Indias Orientales había enviado cuatro grandes barcos corsarios (esto es que tenían “patente de corso” de sus gobiernos) y dos “jachts” en una “misión comercial” alrededor del mundo. La pacífica misión estaba reforzada por el fuerte armamento a bordo de los barcos que encabezada el Groote Sonne y el Groote Mann.

A la cabeza de dicha misión estaba el prestigioso almirante –prototipo del corsario– Joris van Spielbergen. El refinado navegante, nacido en 1568, era un hábil diplomático a quien le gustaba que su barco insignia estuviera elegantemente amueblado y aprovisionado con los mejores vinos. Cuando comía, lo hacía con la orquesta de a bordo y un coro de marinos como fondo musical. Sus hombres usaban magníficos uniformes. Tenía Spielbergen una comisión especial de los Estados Generales y del príncipe Mauricio Orange. Es muy probable que entre las órdenes se-cretas estuviera la de capturar un galeón. El ilustre navegante pichilingue hizo su intempestiva aparición en las costas de la Nueva España a fines de 1615.

Después de tremendos combates contra la marina española en el Pacífico sudamericano, en los que su flota resultó prácticamente intocable, con pocas pérdidas humanas y sus barcos escasamente dañados, los pichilingues se dirigieron hacia el norte; sin embargo, Nueva España estaba preparada esperando al holandés. En junio de 1615, el virrey Márques de Guadalcázar ordenó al alcalde mayor de Acapulco que fortaleciera las defensas del puerto con trincheras y cañones. Un destacamento de caballeros se unió voluntariamente para combatir con decisión al enemigo.

FRENTE A ACAPULCO

En la mañana del 11 de octubre amaneció la flota holandesa frente a la entrada de la bahía. Penetrando descaradamente en ella, los navíos anclaron ante el improvisado fuerte después del mediodía. Fueron recibidos con una salva de cañonazos que causaron poco efecto. Además, Spielbergen estaba decidido a destruir el pueblo si era preciso, pues necesitaba agua y alimentos. Al fin se declaró una tregua y subieron a bordo Pedro Álvarez y Francisco Méndez, quienes habían servido en Flandes por lo que conocían el idioma holandés.

Spielbergen ofreció a cambio de las muy necesitadas provisiones, liberar a los prisioneros que habían hecho en las costas del Perú. Se llegó a un acuerdo y, curiosamente, durante una semana, Acapulco se convirtió en un animado centro de reunión entre pichilingues y españoles. El comandante fue recibido a bordo con honores y un desfile de marinos perfectamente uniformados, mientras que el joven hijo de Spielbergen pasaba el día con el alcalde mayor del puerto. Un civilizado encuentro que contrastaría con las subsecuentes aventuras del holandés en las costas al norte de Acapulco. Previsoriamente, Spielbergen mandó hacer un plano del puerto.

El virrey, temiendo que se apresara al Galeón de Manila que estaba por llegar, envío nada menos que a Sebastián Vizcaíno con 400 hombres para proteger los puertos de Navidad y Salagua, y el gobernador de Nueva-Vizcaya mandó otro destacamento a la costa de Sinaloa bajo las órdenes de Villalba, quien tenía instrucciones precisas de evitar desembarcos enemigos.

En el camino, Spielbergen se apoderó del barco perlero San Francisco, entonces cambió el nombre de la nave por el de Perel (perla). En un próximo desembarco en Salagua esperaba Vizcaíno a los pichilingues y después de una batalla que resultó poco favorable a los españoles, Spielbergen se retiró a Barra de Navidad, o más posible a Tenancatita, donde pasó con sus hombres cinco días de asueto en la agradable bahía. Vizcaíno, en su reporte al virrey, hace mención de las cuantiosas pérdidas de los enemigos y como prueba le envía las orejas que había cortado a un pichilingue. Vizcaíno describía a algunos de los “pichilingas” que había tomado prisioneros como “hombres jóvenes y correctos, algunos de ellos irlandeses, con grandes rizos y aretes”. Los irlandeses habían sido atraídos a la armada de Spielbergen creyendo que iban en una misión de paz.

En Cabo Corrientes, Spielbergen decidió no perder más tiempo en las aguas de la Nueva España y se dirigió al sur. Unos días después, el Galeón de Manila pasaba frente al Cabo. Spielbergen murió en la pobreza en 1620. Al poco tiempo se iniciaría la muy necesaria construcción del Fuerte de San Diego en Acapulco para proteger mejor al puerto de los ataques piratas.

CONTRA EL IMPERIO ESPAÑOL

En 1621, una supuesta tregua entre Holanda y España llegó a término. Los holandeses estaban preparados para enviar la flota más poderosa que apareciera en el Pacífico, conocida como la Flota de Nassau –”Nasao”– por el príncipe, su patrocinador. Su verdadero propósito era aniquilar la preponderancia española en este océano. Se apoderaría además de los ricos galeones y saquearía las ciudades. La flota salió de Holanda en 1623 cargada con 1626 pichilingues comandados por el famoso almirante Jacobo L. Hermite, quien falleció en las costas del Perú. Entonces asumió el mando el vicealmirante Hugo Schapenham, quien pasó por alto el Fuerte de Acapulco, pues el castellano no aceptó los ruegos del pirata que carecía de agua y provisiones, por lo que la gran flota tuvo que alejarse hacia la playa, que hoy se conoce como Pichilingue, para aprovisionarse.

Como allí los esperaba un destacamento de españoles, los holandeses tuvieron que levar anclas hacia Zihuatanejo donde esperaron inútilmente a la “ansiada presa”: el elusivo galeón. Sin embargo, la supuestamente invencible Flota de Nassau fracasó ignominiosamente, en ella se habían cerrado esperanzas ilimitadas e invertido millones de florines. La era de los pichilingues supuestamente llegó a término con la Paz de Westfalia en 1649, no obstante, el término pichilingue quedó acuñado para siempre en la historia de la piratería y en el vocabulario castellano.

El Pacífico dejó de serlo, según anota el cronista Antonio de Robles (1654-172 ).

1685:”Noviembre, 1o. Este día vino nueva de estar a la vista el enemigos con siete navíos” “Lunes 19. Vino nueva de haberse visto velas por la Costa de Colima de enemigos y se tocó plegaria” “Diciembre 1o. Vino correo de Acapulco con nueva de como se fueron los enemigos al Cabo Corrientes y que por dos veces intentaron entrar en el puerto y que los rechazaron”.

1686:”Febrero 12. Vino nueva de Compostela de haber echado gente y haber hecho carne y agua llevándose a cuatro o seis familias: piden rescate”.

1688: “Noviembre 26. Vino nueva como en Acaponeta entró el enemigo y se llevó cuarenta mujeres, mucha plata y gente y un padre de la Compañía y otro de la Merced”.

1689: “Mayo. Domingo 8. Vino nueva de como le cortaron las orejas y las narices los ingleses al padre fray Diego de Aguilar, instando por el rescate de los nuestros que si no morían”.

El cronista se refiere en este caso a los pichilinques-bucaneros ingleses Swan y Townley, quienes asolaron la costa noroeste de Nueva España esperando inútilmente un galeón.

Las playas del Pacífico, sus puertos y aldeas de pescadores sufrieron constantemente el asedio de los pichilingues, mas éstos no lograron la ansiada meta de atrapar un Galeón de Manila hasta el siglo siguiente. A pesar de que obtuvieron botines, también se llevaron grandes chascos. Al atrapar al navío Santo Rosario que llevaba las bodegas repletas de barras de plata, los ingleses creyeron que se trataba de estaño y las echaron por la borda. Uno de ellos guardó un lingote como recuerdo. Al volver a Inglaterra, descubrió que era plata maciza. ¡Habían tirado más de 150 mil libras de plata al mar!

Entre los pichilingues que dejaron mayor huella en una porción específica de la Nueva España destaca Cromwell, el famoso “Coromuel”, que estableció su cuartel general entre La Paz y Los Cabos, en Baja California. Su nombre ha quedado en el viento que lo conmemora, “el coromuel”, que aprovechaba para navegar y dar caza a algún rico galeón o barco perlero. Su reducto era la playa que lleva el nombre de Coromuel, cerca de La Paz.

Cromwell dejó una de sus banderas o “joli roger” en esta remota y mágica región. Hoy está en el Museo del Fuerte de San Diego. Coromuel, el hombre, desapareció misteriosamente, no así su recuerdo.

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