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Conoce México Cultura y artesanías

Memoria historiada de la Escuela Nacional de Restauración

Tengo en la mano un bisturí; veo muy de cerca un gran fragmento de pintura mural prehispánica de las Higueras, Veracruz, recubierta de conglomerados blancos (son sales, según me han explicado ampliamente).

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Mantengo estática la navaja a unos cuantos centímetros de la superficie pictórica. Mi visión abarca exclusivamente el detalle de color, las costras ligeramente amarillentas; el mango metálico que afilado en la punta sostengo sin mover y el puño de una bata todavía blanca. Repaso una a una las indicaciones detalladas de cómo proceder para “descarbonatar” la pintura. Estaba tan entusiasmada que lo primordial era la experiencia que vivía: intervenir directamente con un instrumento el patrimonio cultural de la nación; me parecía como si no estuvieran presentes mis compañeras de clase, el profesor, el ayudante.

Intencionalmente meditaba en Ia acción que iba a emprender. Quedé congelada unos momentos (luego me contaron que me miraban en silencio). Decidí comenzar, bajé Ia mano, raspé sin temor pero con cierta inseguridad;no quería por ningún motivo rayar Ia pintura. Fue el primer momento en que como alunma de Ia carrera de restauración practicaba un proceso para Ia conservación y mejor apreciación de una obra original, de un bien cultural. Esta experiencia dejó una huella en mi vida y en mi percepción deI legado cultural.

Durante mis años de estudiante en Ia Escuela Nacional de Conservación, Restauración y Museografía “Manuel deI Castillo Negrete” deI Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), recibí día tras día enseñanzas teóricas y prácticas que fueron modificando mi manera de ser y de proceder: me formaron como restauradora abriéndome un vasto panorama deI patrimonio cultural y me hicieron consciente de Ia trascendencia de su conservación, deI papel que juega Ia herencia de los antepasados en Ia conformación de nuestra identidad. De esta escuela salí preparada para afrontar problemas de danos y alteraciones, tanto conceptuales como materiales, de Ia restauración.

EI restaurador mexicano tiene los fundamentos para dar soluciones de preservación prácticamente en cualquier tipo de obra, de técnica o material (cerámica, pintura mural, pintura de caballete, papel y fotografías, metales, piedra, madera y escultura policromadas, objetos arqueológicos, textiles e instrumentos musicales), con Ia certeza de que Ia teoria es Ia misma para cada tipo de creación, aunqu:e su aplicación, tratamientos y procedimientos sean distintos. En cambio, Ia superespecialización de los colegas de otros países nos resulta lejana.

EI ejercicio de Ia profesión no siempre ha sido fácil; y no es que en México existan pocos bienes por restaurar; más bien es a Ia inversa. En realidad son contadas Ias instituciones que incluyen entre sus objetivos Ia restauración. Esta situación es más aguda en provincia (lo que habla de Ia gran tarea en este campo).

Vale Ia pena echar una ojeada a Ia historia para recordar cómo se funda Ia Escuela y cuál ha sido su impacto en el ámbito deI patrimonio cultural. Los hombres protegemos, conservamos y deseamos perpetuar aquello que valoramos. Los bienes adquieren importancia cuando les reconocemos un significado especial, el cual está estrechamente ligado con el conocimiento. Por ejemplo, si sabemos cómo se produjeron y usaron las obras de nuestros ancestros, tendrán para nuestra cultura un valor histórico. De igual modo, evitaremos Ia destrucción y rescataremos deI daño sufrido a aquellos bienes que apreciamos y por tanto conocemos.

La restauración ha evolucionado vinculada con el arte y Ia historia. Por siglos el móvil fue el afán de mantener lo bello; de Ia obra era trascendente su apreciación estética y no su autenticidad. En aras de Ia belleza se cometieron múltiples actos que ahora calificaríamos de atropellos o aun de “falsificaciones”.

Como rasgo particular en mi formación recuerdo el énfasis que los profesores ponían, recalcando hasta el cansancio, en el respeto al original como actitud esencial deI restaurador.

Las ciudades italianas de Pompeya y Herculano paralizadas en el tiempo por Ias cenizas de Ia erupción deI Vesubio fueron descubiertas en el siglo XVIII. La diversidad de obras y objetos encontrados en Ias excavaciones hicieron tambalear Ia rigidez de los planteamientos estéticos que regían Ia restauración y dejaban de lado los bienes no considerados “obras de arte”, pues parecía más urgente estudiar y proteger para Ia historia estos testimonios recientemente hallados.

En nuestro siglo hay un auge de Ia arqueología y de Ias ciencias sociales, y el estudio e interpretación de los descubrimientos arqueológicos, de Ias obras artesanales e industriales de otros tiempos derivan en una visión mucho más amplia de los vestigios por proteger. lmpulsan también el avance de Ia disciplina el vertiginoso progreso tecnológico-científico y Ia aceptación, por parte de los gobiernos, de su misión para transmitir Ias pruebas tangibles deI conocimiento histórico que junto con los bienes y valores intangibles conforman Ia identidad de los pueblos.

En mi memoria perdura Ia impresión singular que me dejó Ia explicación de un profesor acerca de dos objetos que habían Ilegado al taller de material etnográfico: una canasta prehispánica que no se había desintegrado, proveniente de una excavación, en Ia cual había una especie de papelitos doblados y dentro de éstos, semillas de tomate: eran tacos mesoamericanos. EI otro objeto era un pan de agua que había dejado de elaborarse hacía unos 40 años y ahora se exhibía en el Museo de Ias Artesanías de Pátzcuaro; había que conservar Ia canasta, los tacos y el pan por su valor cultural.

La producción mesoamericana está muy alejada de Ias proporciones helenísticas tomadas como cánones europeos de belleza. Nuestro país engloba en un extenso marco antropologista su rico legado prehispánico y lo identifica con el concepto de “patrimonio cultural”.

Desde su fundación en 1939, el INAH es el organismo por excelencia encargado de Ia restauración del patrimonio cultural de Ia nación. AI establecerse, se institucionaliza Ia restauración en México.

La Organización de Ias Naciones Unidas para Ia Educación, Ia Ciencia y Ia Cultura (UNESCO) (creada en 1946), hizo una Ilamada de socorro en pro de los monumentos amenazados en el Alto Egipto y Sudán. La excelente respuesta Ilevó a Ia Organización a elaborar una lista con Ias creaciones más relevantes deI hombre y Ias más bellas e intactas reservas ecológicas. Así,se consolidó una idea hasta entonces sólo sobreentendida: existe una responsabilidad colectiva de todos los países respecto de los monumentos que constituyen la expresión material de civilizaciones cuya importancia es tal que aquéllos pertenecen a la historia de la humanidad entera.

EI actual concepto de “patrimonio mundial” defiende tanto monumentos, reservas, conjuntos culturales y Ia naturaleza circundante , como Ios sitios de horror Auchwitz-Birkenau y Ia isla de Gorée–cuya distancia con Ias manifestaciones artísticas es abismal-, Ios cuaIes podrían ser instituídos corno “antimonumentos”.

EI gobierno de México y Ia UNESCO instauraron un convenio para Ia creación de Ia EscueIa de Conservación y Restauración deI Patrimonio Artístico en eI exconvento de Churubusco, Coyoacán. Los primeros cursos intensivos se convirtieron pronto (1968) en estudios formaIes (1968) de cinco años, y fueron aceptados desde 1977 por Ia Dirección General de Profesiones (SEP). En ese año se denomina Escuela Nacional de Conservación, Restauración y Museografía “Manuel deI Castillo Negrete”, en memoria de su fundador.

La Escuela adquirió un reconocimiento internacional, pues fue pionera en el mundo al ofrecer Ia Iicenciatura en Restauración de Bienes Muebles. Debido a su reciente establecimiento, una buena parte de Ia sociedad desconoce completamente nuestro quehacer.

La maestría en Restauración Arquitectónica que se imparte en Ia Escuela, es Ia segunda más antigua deI país y Ia primera que ha educado sin interrupción a nacionales y extranjeros. Así mismo, es precursora en Ia capacitación de museógrafos, y durante algún tiempo ofreció Ia maestría en Museología.

A pesar de Ia enorme necesidad que México tiene de gente competente en Ias áreas que atiende, es Ia única institución en el país dedicada a Ia formación superior de recursos humanos, con el fin de velar por Ia protección especializada y Ia difusión deI patrimonio cultural mexicano.

Hoy en día se reciben solicitudes de aspirantes extranjeros, pero Ia demanda de admisión de mexicanos está, desafortunadamente, muy por encima de Ia capacidad deI espacio físico con que cuenta. Las instalaciones fueron construidas a principios de Ios sesenta con carácter temporal y no han sido sustituidas, mejoradas, ni ampliadas. En Ia década de Ios ochenta Ia Escuela y Ia Dirección de Restauración deI Patrimonio Cultural (ahora Coordinación Nacional) se separan administrativamente. Por este motivo Ios espacios compartidos se subdividen y se merman sustancialmente Ias áreas de Ia Escuela.

EI financiamiento recibido por Ia Escuela Ie ha permitido seguir operando, pero no crecer ni mejorar en cuanto a sus espacios, Ios cuales se han ido deteriorando con el paso deI tiempo. México justamente se enorgullece de su vasto y rico patrimonio cultural, que además promueve con Ia remunerante empresa turística; no obstante, Ia Escuela en donde forma profesionales para su restauración, investigación y difusión especializadas tiene graves carencias.

Es honesto mencionar que, a pesar de todo lo anterior, el equipo académico y administrativo no ha dejado de cumplir con Ia encomiable labor de Ia docencia. Sin embargo, es necesario sostener e incrementar Ia calidad de Ia enseñanza y abrir nuevas opciones para Ia especialización y actualización de maestros y egresados. La Escuela Nacional de Conservación, Restauración y Museografía cumple con Ia alta responsabilidad y comprometida misión que México le ha encomendado. Ciertamente, el mejoramiento de sus instalaciones y equipos redundaría en Ia calidad de Ia formación y en Ia tarea de elevar a Ia excelencia sus planteamientos.

Con un bisturí en Ia mano soñaba en Ia labor que podría realizar en mi vida profesional, en aquel momento en que me disponía a intervenir por primera vez un fragmento pictórico deI patrimonio cultural de Ia nación. Ahora, teniendo a mi cargo Ia Dirección, anhelo que Ia Escuela pueda recibir a todos los aspirantes capaces, que sus instalaciones sean propias, dignas y espaciosas, que esta institución resuelva Ia necesidad que México tiene de restauradores y museógrafos altamente capacitados.

Fuente: México en el Tiempo No. 4 diciembre 1994-enero 1995

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