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Popo y su importancia histórica a través de los años

Corría el año de 1519 cuando el capitán español Hernán Cortés y sus hombres arribaron a las costas de Veracruz con la firme intención de conquistar el imperio del famoso señor Moctezuma, máximo soberano de la ciudad de México-Tenochtitlan.

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Durante los primeros días de noviembre, las huestes españolas habían avanzado ya gran parte del trayecto que los llevaba rumbo a la antigua capital de los mexicas. De pronto, justo al pie de los enormes volcanes Popocatepetl e Iztaccihuatl, en el punto que ahora conocemos como Tlamacas, los soldados extranjeros detuvieron su paso: “Súbitamente terminó la subida. Iniciada en el mar, los había llevado hasta el abra entre los volcanes. Parados en la nieve, los hombres de acero y los heráldicos caballos tenían ante sus pies el sensacional espectáculo. Allá lejos, muy abajo, se extendía el valle anchuroso: al centro, los lagos de plata; sobre las islas y en las riberas, las ciudades levantaban los altos techos de sus templos erigidos sobre macizas pirámides; bosques y sementeras, lilas y amarillas, alegraban la llanura en esos días mágicos del otoño mexicano.

Era el valle de Tenochtitlan, el México de hoy, tras cuya promesa se habían internado en el Anáhuac Cortés y sus soldados. Por primera vez en la historia, un hombre de Occidente contemplaba el admirable paisaje diluido en el aire de la tarde…” Efectivamente, ese pasaje que nos relata el Dr. Ignacio Bernal, eminente estudioso del México prehispánico, recrea la magnífica vista que desde el “Paso de Cortés” debieron haber tenido el capitán español y sus hombres cuando tuvieron ante sus ojos, la antigua cuenca lacustre coronada por la ciudad isla de Tenochtitlan. Se trata pues, de un escenario ya difícil de recrear en nuestras mentes tan acostumbradas al ajetreo citadino en donde, sólo con un buen día airoso y despejado, podríamos apreciar hacia el oriente, las enormes siluetas del Popo y el Izta, mudos testigos del paso del tiempo y de la historia de los mexicanos. 

Efectivamente, tal era la importancia y significación que tenían ambos volcanes en la vida de los mexicas, que incluso se convirtieron en los personajes centrales de una bonita leyenda de amor entre una joven doncella y un valiente guerrero de la época. Asimismo, fueron también los mexicas quienes les otorgaron los nombres con los que actualmente los conocemos: Popocatepetl e Iztaccihuatl, el primero deriva su nombre del verbo nahua “popoa=humo” y del sustantivo “tepetl=cerro”, es decir que se trata de “Cerro que humea”, esto, debido a que desde aquellos tiempos ya emanaba esa ligera fumarola que hasta hace algunos días veíamos con cierta tranquilidad, mientras que el de Iztaccihuatl deriva de los vocablos indígenas iztac (blanco) y cíhuatl (Mujer), que juntos quieren decir “Mujer blanca”, aunque ahora nosotros la conozcamos con el ya popular nombre de la “Mujer dormida”. Así pues, desde aquella lejana época prehispánica, ya existía un cierto respeto y admiración por el fantástico marco que ambos volcanes representaban.

En nuestro días, hace apenas algunos años, este gran complejo montañoso, mudo testigo de nuestra historia, rompió su tranquilidad para entrar en una actividad jamás vista antes, la cual provocó que su ascenso y excursión se vieran afectados seriamente debido al alto riesgo que implicaba el internarse a él sin el conocimiento de que el Popo, aparentemente sereno, podía liberar su energía acumulada haciendo sentir su fuerza y ocasionando alguna desgracia. Todo parecía mantenerse igual hasta que en días pasados “Don Goyo” rugió provocando la inmediata evacuación de la zona y sus alrededores. Poblados como Amecameca y Tlamacas, entre otros, se vieron inmediatamente afectados y que decir de su población, la que ahora se encuentra incierta y temerosa sobre su futuro inmediato.  Por nuestra parte, sólo nos toca esperar a que el Popo se tranquilice y que vuelva a ser el magnifico escenario para la diversión y el esparcimiento que fue, donde las 25,679 hectáreas que conforman el Parque Nacional recibían a cientos de turistas y visitantes locales que acudían a él en busca de su tranquilidad o bien de la emoción que ascendiendo a las montañas podía experimentarse.

En México Desconocido queremos volver a ver correr al conejo, al teporingo y al zacatuche o quizá al venado cola blanca que todavía merodea por la zona y porque no, al gato montes que seguramente se encuentra escondido por ahí. De la misma manera, queremos que el Popo vuelva a ser la sede de los amantes de la naturaleza, el ejercicio y el campismo, así como de la aventura extrema. Pero mientras eso sucede y regresa la calma a la segunda elevación más alta del país, admirémonos y sintámonos orgullosos de poder contar a nuestros descendientes que nosotros, los mexicanos del siglo XX, a diferencia de nuestros ancestros los mexicas, vimos despertar a Don Goyo como seguramente aquellos antiguos mexicanos lo esperaron ver…  

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