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Recorriendo el río Amajac en la Huasteca hidalguense

Salto tras salto, enredado entre los musgos crecidos sobre los troncos caídos, el río Amajac, como niño inquieto, nace en las montañas de los órganos de Actopan.

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La neblina matutina acaricia los bosques del Parque Nacional El Chico. La tierra hidalguense amanece húmeda y fría. Las plantas dejan deslizar por sus hojas el rocío, mientras el suave rumor de la cascada Bandola armoniza con los cantos de las aves, como en un concierto maestro. Salto tras salto, enredado entre los musgos crecidos sobre los troncos caídos, el río Amajac, como niño inquieto nace. Las peñas, los peñascos, los pórfidos admirados por Humboldt y escalados por los de ahora, son testigos.

A cada kilómetro que el joven Amajac avanza, se le unen sus hermanos. Primero, el que viene del sur, desde el Mineral del Monte, aunque esporádicamente, cuando llueve. Es a partir de aquí que la Mesa de Atotonilco El Grande se impondrá para desviarlo hacia el occidente, hacia el Valle de Santa María. Detrás va dejando el río la masa azulosa de la cordillera que divide a Atotonilco El Grande del Valle de México: “Una cadena de montañas de pórfido”, como la describió el incansable Alejandro de Humboldt, donde las rocas calizas y las areniscas apizarradas han sido superpuestas unas sobre otras por la fuerza creadora de la naturaleza, considerándolas tanto más notables como idénticas a las que se ven en el viejo continente que le vio nacer.

Tres kilómetros al noroeste de Atotonilco El Grande, Hidalgo, por la carretera a Tampico, encontrará un crucero con un camino de grava, hacia la izquierda. Atravesará en ese sitio las últimas partes planas cultivadas de la meseta y entrará entonces en un declive pronunciado, en cuyo fondo, ante el magnífico anfiteatro de las montañas de pórfido, o de la sierra de El Chico, entre lomeríos verdes, aparecerá el lugar cuyo nombre significa en náhuatl “Donde el agua es dividida”: Santa María Amajac. Antes de culminar su paseo podrá visitar los célebres Baños de Atotonilco, bautizados así por Humboldt, actualmente un balneario situado al pie del cerro Bondotas, cuyas aguas termales fluyen a 55ºC, siendo radiactivas con alto contenido en sulfatos, clo-ruro de potasio, calcio y bicarbonato.

LA MESETA INCRUSTADA

Trece kilómetros después de dejar Atotonilco, aparece en la ribera norte del río, Santa María Amajac, a 1 700 msnm. Pueblo sencillo, tranquilo, con iglesia antigua sostenida por contrafuertes y sobre sus muros las almenas propias del siglo XVI. En su atrio, un cementerio con tumbas que asemejan modelos a escala de templos de diferentes estilos arquitectónicos.

El camino continúa hacia la primera boca de la barranca del Amajac, rumbo a Mesa Doña Ana, 10 km de áspero recorrido entre piedra y grava. No habrá transcurrido mucho tiempo de que dejó atrás a Santa María, cuando el terreno muestre las marcas de la erosión. Las rocas aparecerán desnudas ante los rayos del sol, desgajadas, carcomidas, hechas añicos. Si usted es un coleccionista de rocas, si gusta observar su textura, brillo y color, en este paraje encontrará bastante con que entretenerse. Si continúa, verá cómo el camino da vuelta al cerro Fresno e ingresará por el costado norte de la primera gran boca del barranco. Aquí la profundidad, contada desde la cima del cerro hasta el cauce del río, es de 500 metros.

Sobre una meseta que penetra en el desfiladero, obligando al Amajac a dar una especie de medio retorno o vuelta en “U”, se asienta Mesa Doña Ana, a 1 960 msnm, conocido así porque estas tierras pertenecieron hace muchos años a una señora llamada doña Ana Rentería, una de las grandes propietarias de terrenos hacendarios de principios del siglo XVII. Doña Ana compró el 15 de septiembre de 1627 más de 25 mil hectáreas de la hacienda de San Nicolás Amajac, hoy conocida como San José Zoquital; más tarde incorporó a su propiedad cerca de nueve mil hectáreas heredadas por su fallecido esposo, Miguel Sánchez Caballero.

Es probable que la admiración de ella al contemplar el panorama desde la orilla de la meseta, si es que alguna vez visitó el pueblo que hoy la honra con su nombre, sea la misma que sentirá usted. Sólo debe dejar su automóvil en el caserío y atravesar a pie una vereda de un kilómetro, que es lo que mide de ancho la meseta.

Saldrá de entre los maizales y entonces pensará: “atrás dejé una barranca por la que íbamos bordeando por el camino, pero ésta que aparece ahora ante mí, ¿cuál es?” Si pregunta a algún lugareño, le dirá: “Pues es la misma”. El río rodea a la meseta, como dijimos, en “U”; pero aquí, desde la cima del cerro La Ventana, guardián que cierra la mesa por el norte, hasta el fondo, por donde corre el río Amajac, ya son 900 m de profundidad y allá enfrente, como imponente coloso pétreo de Rodas, el Peñón de la Cruz del Petate estrecha el paso, dejando sólo tres kilómetros entre ambos monumentos naturales.

El guía que lo conduzca hasta este lugar llevará su mirada al otro lado de la barranca y probablemente comentará: “Allá está el Puente de Dios, al sur”. Pero no serán necesarios burros para carga ni nada por el estilo. Pasará al otro lado sentado en la comodidad de su automóvil. Sólo necesitará tiempo, paciencia y, sobre todo, curiosidad.

Regrese a Santa María Amajac, pase nuevamente por el balneario y enseguida, subiendo, el camino se bifurca y tomará la dirección hacia el caserío de Sanctorum. Vadear el río Amajac y ver los sauces llorones en sus riberas es en verdad agradable para hacer una pausa y comer algo mientras se protege de los rayos del sol del mediodía bajo sus sombras. Aquí el calor puede molestar un poco en primavera, pues el río corre en este punto a 1 720 msnm. Es difícil pasar por el vado en plena época de lluvias, cuando el Amajac lleva su cauce crecido.

EL PUENTE DE DIOS

Unos kilómetros más adelante disfrutará hermosas vistas panorámicas del valle de Santa María, puesto que el camino ascenderá por las laderas de un cerro que debido a las particularidades de sus rocas se le aprecia de color morado, luego amarillento, rojizo, en fin, un recreo visual.

Pasando Sanctorum, ocho kilómetros después de cruzar el río Amajac, el camino por fin asoma a la garganta del cañón. Y allá enfrente podrá ver los rastros dejados entre las colinas, como serpiente, del otro camino por el cual regresaron de Mesa Doña Ana. Dando vueltas en zigzag, ahora rodeará una cresta serrana que es desprendida de las montañas de El Chico y, al asomarse al otro lado, una nueva barranca perpendicular a la del Amajac aparecerá. No tendrá alternativa alguna, el paisaje lo cautivará. El automóvil hará caso al hipnotismo del camino e irá derecho hacia el abismo. Y es que no podía encontrar una vía de comunicación mejor lugar para atravesar una barranca secundaria como ésta, por donde corre el arroyo San Andrés. En su fondo aparecerá una especie de, digamos, tapón. Un cerrito incrustado que aprovecha estupendamente el camino para pasar sobre él y así retomar la ladera opuesta del desfiladero rumbo al cercano pueblo de Actopan, a 20 km de distancia. Deje allí su automóvil y descienda a pie hasta llegar al arroyo. Tendrá la sorpresa de observar que el tapón es nada menos que un puente natural de rocas, bajo el cual, a través de una caverna, atraviesa el arroyo.

Cuenta una leyenda que cierta ocasión un sacerdote prometió al Señor apartarse del hombre y partió a la zona del puente natural a vivir como ermitaño. Allí, entre el bosque, se alimentaba de frutos y verduras y uno que otro animal que lograba atrapar. Un día escuchó con sorpresa que alguien le llamaba y entonces vio a una hermosa mujer junto a la entrada de la cueva que él habitaba. Al tratar de auxiliarla pensando que se trataba de alguien perdido en el bosque, observó con asombro al diablo que entre la maleza se burlaba de él. Asustado y pensando que el maligno lo perseguía, corrió desesperadamente, cuando de repente se vio parado al borde de un negro abismo, la barranca del arroyo San Andrés. Suplicó e imploró ayuda al Señor. Las montañas comenzaron entonces a tender sus brazos hasta formar un puente de piedra por el cual pasó el asustado religioso, continuando su camino sin que se supiera más de él. Desde ese momento, el lugar es conocido por los lugareños como Puente de Dios. Humboldt le llamó “Cueva de Danto”, “Montaña Horadada” y “Puente de la Madre de Dios”, como refiere en su Ensayo político sobre el reino de la Nueva España.

RUMBO AL PÁNUCO

Prácticamente en la unión de los ríos Amajac y San Andrés, y en la vuelta de la Mesa de Doña Ana, es donde la barranca comienza su penetración aguda y cortante en la Sierra Madre Oriental. De aquí en adelante el río ya no correrá por valles como el de Santa María. Los cerros adyacentes cada vez más grandes y elevados le cerrarán el paso y entonces buscará bocas y gargantas por donde desaguar su caudal. Recibirá como afluentes a las aguas azul celeste provenientes de la barranca y caverna de Tolantongo, después las del hermano mayor, el Venados, cuyo contenido procede de la laguna de Metztitlán. Acogerá decenas, cientos, miles de tributarios más, incontables descendientes de la numerosa cantidad de desfiladeros húmedos y nebulosos de la huasteca hidalguense.

El río Amajac llegará a toparse frente a frente contra un pico montañoso después de recibir las aguas del Acuatitla. El llamado Cerro del Águila se interpone en su camino y lo obliga a desviar su curso hacia el noroeste. La montaña emerge a más de 1 900 m por encima del río, que en ese punto se desliza a tan sólo 700 m de altitud. Aquí tenemos el sitio más profundo de la barranca que el Amajac recorrerá a lo largo de 207 km antes de entrar a la llanura de la Huasteca potosina. La pendiente promedio de las laderas es del 56 por ciento, es decir, unos 30 grados. La distancia entre cimas opuestas a ambos lados del barranco es de nueve kilómetros. En Tamazunchale, San Luis Potosí, el Amajac se unirá al río Moctezuma y éste, a su vez, al caudaloso Pánuco.

Antes de llegar al poblado de Chapulhuacán, creerá estar colocado sobre un gigantesco camello, pasando de un lado a otro entre sus jorobas. Por unos momentos tendrá ante su vista, si es que la neblina se lo permite, la barranca del río Moctezuma, una de las más profundas del país, y enseguida, para que su asombro no encuentre pausa, como si se tratase de un juego para hacer temblar las piernas de quienes que le temen a las alturas, estará bordeando el abismo del Amajac y su serpenteante río como delgada tela de seda al fondo. Ambas barrancas, tajos magníficos que parten la sierra, corren paralelas hasta llegar a la llanura, al suspiro, al descanso.

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