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El uso charro del sarape

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Aunque en estos tiempos se le da el nombre de sarape a todo aquello que sirve como prenda de abrigo para los charros, no siempre fue así. Los típicos jinetes de épocas pasadas usaban principalmente, y de una manera general, la “manta”, que también llamaban “manga”. Ésta era un grueso tejido de lana, como de dos metros y medio de largo y uno y medio de ancho, redondeado en las puntas y con una abertura en el centro, suficiente para que por ella pudiera pasar la cabeza del portador. 

En esta abertura central llamada bocamanga estaba la dragonera o muzeta, que era un pieza más o menos circular hecha de terciopelo o de pana, y que en sus bordes ondulados estaba provista de flecos. Era como vuelta o gran cuello de una capa.  En las prendas de lujo se bordaba con hilos de oro y plata, con seda o con hilos de colores, en forma maravillosa, de este modo el adorno aumentaba considerablemente el valor de la prenda. Los colores de las mantas eran muy variados y vistosos; en Acámbaro, Guanajuato, se produjeron algunas que fueron muy famosas hacia mediados del siglo XIX, eran de color o mejor dicho, de una combinación de colores por el derecho y de otros por el revés.    

Los charros preferían las mantas rayadas, de varios tonos o de distintos colores, pero también eran comunes las elaboradas con paño o de una especie de terciopelo llamado muzeta, muy fino y suave. Los bordes estaban adornados con galones de plata o de oro. Dejaron de llevarse a finales del XIX, pero desde mucho antes su manufactura ya era escasa, de modo que los caballeros solían usar aquéllas que habían heredado o mandado a hacer mucho tiempo antes.  Muy parecidas a las mantas eran los jorongos o sarapes; sin embargo, se diferenciaban de las primeras en que las esquinas no eran redondeadas, sino en ángulo, carecían de dragonera y se hacían de un solo color.

De éstos eran famosos los ya mencionados de Saltillo, tejidos con suma laboriosidad y esmero en los tradicionales telares de madera de marco horizontal.  Los caballeros de alcurnia tenían como prenda de abrigo los llamados ruanos, que no eran sino capas circulares hechas del mismo material que los sarapes, con un cuello confeccionado en piel, abrochado por la parte delantera con un gran broche de plata.  En la indumentaria charra, la manta ha sido una prenda complementaria que siempre se lleva, ya sea que el charro esté pie a tierra o a caballo. En el primer caso, la manga o el sarape se portan con la cabeza metida en la bocamanga y una de las puntas echada sobre el hombro, mientras que el ruano se usa a manera de la capa española, es decir, sobre los hombros.  A caballo, el uso ha cambiado: cuando todavía se usaban los vaquerillos -parte indispensable de la silla mexicana y que consistía en pieles que servían para proteger las reatas contra el agua-, el sarape o la manta se llevaban sobre ellos, extendidos en toda su longitud y apenas recogidos en cuanto a su ancho, de tal suerte que las puntas colgaban casi hasta donde llegaban los cueros, costumbre que ayudaba al lucimiento de las obras maestras que eran los jorongos de Saltillo o de San Miguel. 

Con la modificación de la silla hacia fines del siglo XIX, el uso del sarape en los arneses cambió. Desde entonces se lleva detrás de la teja, amarrado con tientos especiales y enrollado de tal manera que haga el menor bulto posible, los flecos deben quedar a un solo lado, el de montar. Tanto llegó a arraigarse este nuevo uso que se consideraba como una falta grande el hecho de traer el sarape extendido.  La versión actual de los sarapes de Saltillo pronto se hizo popular. Todos los charros comenzaron a usarlos y, finalmente, adquirieron carta de naturalización en tal forma que muchos jinetes no conocieron ningún otro modelo de sarape, creyendo que ésos eran esencialmente típicos e inseparables de la indumentaria charra. Afortunadamente, el uso de estas prendas listadas ha decaído mucho entre los “de a caballo” y sólo son grandes consumidores de ellas los turistas extranjeros. 

En las sillas se llevaba, en los años cuarentas, un sarapito corriente llamado cotón. Medía un metro setenta y cinco centímetros de largo y apenas la mitad de ancho. El cotón se tejía haciendo juego con la mantilla que se pone bajo el arnés, su aspecto era muy agradable, pero de ninguna manera se trata de la manta tradicional de los charros de antaño.  Cada sarape, cada manta, lleva dentro de sí un historia tejida en sus hilos, cada uno de los que aún se conservan podría narrar su vida, podría contarnos qué vio, qué oyó, para qué fue usado, quiénes fueron sus orgullosos dueños. Es una lástima que esos testigos mudos de buena parte de nuestro acontecer histórico no puedan hablar. 

Fuente:  México en el Tiempo # 28 enero / febrero 1999

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