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El patrimonio cultural de México en el siglo XX

Por: Rafael Tovar y de Teresa

Conoce el punto de vista del escritor Rafael Tovar y de Teresa sobre el siglo XX, espacio de tiempo que el también diplomático considera como “el siglo de la conciencia del Patrimonio Cultural en México”.

Todos los pueblos, culturas y sociedades que han florecido sobre el suelo mexicano han tenido sus propios modos de entender y valorar el acopio de las expresiones y los testimonios de la cultura en el tiempo. Memoria de su pasado y aprecio vivo por las formas y la herencia que de él habían recibido, los tuvieron, cada cual a su modo, las distintas culturas prehispánicas, la sociedad novohispana y el México del primer siglo del país independiente. Pero fue sólo hasta este siglo en que puede afirmarse que estos valores alcanzaron, gradualmente, su plena expresión como componentes primordiales de la conciencia social, capaces de orientar y dar contenido a vastas zonas de la acción colectiva.

El siglo XX no sólo fue, como otros momentos de gran esplendor en la larga historia de la cultura mexicana, un periodo de extraordinaria efervescencia creativa sino también un siglo en el que esa efervescencia corrió a la par o en muchos casos fue al reflejo de la conciencia que artistas, intelectuales, sociedad e instituciones adquirieron de la existencia, la naturaleza y el significado histórico profundo del patrimonio cultural nacional.

El despertar de esa conciencia había ciertamente tenido sus orígenes en siglos anteriores. Desde el manifiesto interés que la sociedad criolla del siglo XVII tuvo por el pasado prehispánico, redoblado por la influencia del humanismo ilustrado un siglo más tarde, México conoció numerosos momentos en que la noción de una “patria” mexicana estuvo vinculada con la existencia de la herencia cultural de épocas ya remotas, como la prehispánica, principalmente. Este concepto de patria no solo abrió paso a los primeros estudios de ese pasado, sino también a intentos por “descubrir”, conservar y proteger sus vestigios. Surgieron entonces las primeras exploraciones arqueológicas, las primeras colecciones de objetos prehispánicos, las primeras instituciones encargadas de la conservación y, ya en el siglo XIX, el primer museo nacional y las primeras leyes y normas jurídicas enfocadas a la protección del patrimonio cultural.

Todos estos intentos, sin embargo, apenas sentaron algunas de las bases y las nociones que servirían para definir el concepto de patrimonio cultural, identificar y distinguir sus tipos y variantes, incluir a muchas formas y manifestaciones no consideradas como patrimonio cultural y, sobre todo, para lograr una noción capaz de integrar y abarcar los muy diversos y plurales patrimonios de todas las épocas, etnias y culturas de los que México es dueño.

Fue el siglo XX el que logró, a lo largo de todo su curso, esta integración conceptual y material de lo que hoy entendemos y conocemos como el patrimonio cultural de México. El proceso de esta integración y conceptualización es palpable en múltiples terrenos. En primer lugar, en el jurídico. Las leyes sobre el patrimonio cultural que a lo largo del siglo XX se han sucedido reflejan notablemente el sostenido enriquecimiento del concepto, al ampliarlo, definirlo y redefinirlo, en la búsqueda de un más preciso reconocimiento de las diversas clases de patrimonio, de las necesidades y problemas surgidos con el cambio social, de los medios para atenderlas y de las correspondientes responsabilidades sociales.

Este proceso de enriquecimiento conceptual llevó, en el lapso de este siglo, a dar su carácter multidimensional a la idea del patrimonio; de la identificación de un solo pasado, el indígena, se pasó a la de todos los que confluyen en la historia mediana; de un tipo de patrimonio, el arqueológico, a otros muchos; de una sola utilidad, que antes fue la de conocer el pasado, a otras diversas y múltiples, sociales y culturales. Ya en el siglo XX se evolucionó de una noción que colocaba nítidamente el acento sobre la herencia arquitectónica, y en menor medida en la plástica y de las artes aplicadas, a otra inclinada a una concepción universal del conocimiento, la creatividad y los testimonios y registros humanos, desde el patrimonio monumental propiamente dicho, hasta el musical, el fílmico y el cinematográfico, pasando por el artístico, fotográfico, documental, bibliográfico, hemerográfico, cartográfico, científico, paleontológico, numismático, etcétera.

Esta más amplia y creciente conciencia del patrimonio inició, sobre todo a partir de la Revolución y del proceso de reflexión y autorreconocimiento al que dio lugar un rico desarrollo de esfuerzos sociales por asumir y preservar el patrimonio nacional: museos, zonas arqueológicas y monumentos históricos y artísticos abiertos al público; instituciones abocadas a la protección, la investigación y la difusión; programas de rescate y salvamento, escuelas especializadas en la formación de técnicos y profesionales de estas tareas; archivos, bibliotecas; hemerotecas; fonotecas y fototecas; fundaciones y mecanismos de financiamiento y participación de toda la sociedad.

Este gran acopio de medios es el que ha permitido a México llevar a cabo, en el siglo que ya termina, la valoración y la revaloración de su incalculable riqueza cultural, a la que el propio siglo amplió tan considerablemente con su propia creación. Este proceso valorativo ha impreso su sello en el siglo XX: nunca antes, como en él, había sido rescatada del olvido, el abandono y en muchos casos de una casi inevitable desaparición, tal cuantía de vestigios, testimonios y valores culturales en los que el país ha ido reconociendo, cada vez con mayor precisión, los rasgos de su verdadero rostro y los trazos más profundos de su historia.

Se trata, sin embargo, apenas del comienzo si consideramos las dimensiones, no sólo del patrimonio conservado y del rescatado, sino del que aún es necesario rescatar, valorar, restituir o estudiar. En él yacen aún muchas de las claves del pasado que nos ayudarán a entender mejor nuestros orígenes, el desarrollo de nuestra historia y el presente que nos ha tocado vivir. Disciplinas como la historia, la arqueología, la antropología, la lingüística y la historia del arte, en una estrecha alianza con el desarrollo científico y tecnológico del próximo siglo que se anticipa como indispensable, tienen en sus manos el gran desafío de desentrañarlas y sacarlas a la luz. El impulso y el apoyo social que reciban dependerán de la conciencia que cobre el hombre de que el patrimonio cultural no sólo es su más vivo vínculo con el pasado sino también el puente hacia el futuro.

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