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Fin de semana en Tepotzotlán, Estado de México

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Por: México Desconocido

A pocos kilómetros de la Ciudad de México, Tepotzotlán te espera para que descubras -en su plaza central-, uno de los monumentos más bellos del barroco mexicano, un interesante museo y la mejor oferta gastronómica.

Los primeros pobladores de la zona fueron los otomíes, después se estableció la cultura teotihuacana y más tarde arribaron grupos chichimecas que en 1460 se aliaron con los mexicas para fundar el señorío independiente de Tepotzotlán. En 1520, y a pesar de la resistencia que opusieron los nativos, los conquistadores españoles se instalaron en el sitio, donde años más tarde los frailes franciscanos iniciaron la evangelización de los pobladores indígenas. En 1580 los jesuitas continuaron esta labor y dos años más tarde comenzaron a construir los tres colegios que darían fama a Tepotzotlán. El primer colegio fue el de lenguas indígenas para jesuitas, después el colegio de San Martín, que educaba a niños y jóvenes hijos de los indios principales, y el tercero fue el de San Francisco Javier, fundado en 1586, donde se formaba a los jóvenes novicios que ingresaban en la Compañía de Jesús.

Ya en el siglo XVIII Tepotzotlán era uno de los centros educativos más importantes de la Nueva España, con el mayor número de tierras, haciendas y ranchos, lo que impulsó el desarrollo económico y cultural de la región.

Después de 1767, luego de la expulsión de los jesuitas, estos edificios fueron abandonados por varios años; hacia 1774 fueron cedidos al clero secular para que se fundara un colegio de corrección y de retiro voluntario, pero esto sólo funcionó durante algunos años y de nuevo el lugar fue abandonado, hasta que en 1933 los edificios fueron declarados monumento nacional y en 1964 quedaron al cuidado del Instituto Nacional de Antropología e Historia.

SÁBADO

9:00 am Salimos de la Ciudad de México entusiasmados por la joya que íbamos a visitar y por todo aquello que estábamos a punto de descubrir. Sentíamos esa emoción casi infantil ante lo imprevisible y lo desconocido. En menos de una hora de recorrido por la autopista a Querétaro vemos la desviación justo antes de la primera caseta de cobro. El pueblo de Tepotzotlán conserva en el centro su imagen colonial, con callejuelas empedradas, arcadas y bellos rincones.

11:00 am Ingresamos en una de las obras más importantes del periodo virreinal: el ex convento de novicios de los jesuitas, con su estupendo templo dedicado a San Francisco Javier; el atrio frente a la entrada del ahora Museo Nacional del Virreinato tiene exuberante vegetación y está pletórico de visitantes, sobre todo escolares. El espacio del museo ocupa casi la totalidad de las antiguas instalaciones del ex convento y colegio, y contiene la colección de objetos relativos a la historia colonial más importante del país. En primer término nos encontramos con el Claustro de los Aljibes, que es cerrado; enseguida están las viejas cocinas y el maravilloso Claustro de los Naranjos. En el interior de la iglesia principal, a la que se accede desde el Claustro de los Aljibes, hay cinco extraordinarios retablos churriguerescos, el principal dedicado a San Francisco Javier, además de excelentes pinturas realizadas por Miguel Cabrera. Bajo el coro se encuentra la capilla de la Virgen de Loreto, espléndida obra en la que se conjugan elementos decorativos como la argamasa y el azulejo. Al mirar hacia el techo, en las cúpulas observamos las pinturas de cuatro de los principales santos jesuitas: San Ignacio de Loyola, San Francisco de Borja, San Luis Gonzaga y San Estanislao de Kostka. Las formas, los colores y el movimiento de las esculturas, pinturas y demás elementos decorativos no dejan ningún espacio vacío.

Esta majestuosa iglesia es uno de los pocos templos barrocos novohispanos que aún conserva el conjunto original de su arquitectura, pintura y escultura. La edificación se realizó entre 1670 y 1682. En 1762 se construyeron la fachada actual y la torre.

Continuamos nuestro recorrido por las 22 salas ubicadas en el Claustro bajo de los Aljibes y una parte del de los Naranjos; hay una muestra de pinturas de artistas novohispanos, como Cristóbal de Villalpando, Juan Correa, Martín de Vos y Miguel Cabrera, así como objetos de uso religioso y civil, esculturas en madera, cera y pasta de caña de maíz, una colección de utensilios de plata, imágenes talladas en marfil, cerámicas, armaduras, arte plumario, textiles, armas, muebles y una extensa biblioteca histórica con más de 4 000 volumenes, que incluyen algunos incunables. A través del recorrido, apoyado en documentos gráficos y maquetas, se pueden reconocer los diferentes aspectos sociales, económicos, políticos y culturales de un periodo crucial en la formación de México. Fichas cronológicas, ubicadas en las entradas de algunas salas, ilustran los principales acontecimientos de cada periodo.

Dejamos para el final la huerta. Un amplio pasillo da entrada a la extensa y hermosa huerta de más de 3 hectáreas, idílico lugar que en sus extensos jardines, entre columnas y esculturas, deja ver la fuente original del llamado Salto del Agua, la cual remataba el viejo acueducto que nacía en Chapultepec.

Salimos del museo para admirar la fachada de la iglesia de San Francisco Javier. El edificio se yergue frente a una enorme plaza que tiene una cruz atrial de piedra labrada con símbolos de la Pasión de Cristo. Esta obra es considerada la más importante del churrigueresco en México, y está dedicada a San Francisco Javier, cuya imagen preside a un grupo de santos jesuitas en medio de una profusa ornamentación. Cabe puntualizar que a lo largo del siglo XVII y parte del XVIII, artistas y artesanos novohispanos, agrupados en corporaciones conocidas como gremios, desarrollaron diversas expresiones artísticas en arquitectura, pintura y escultura, así como en orfebrería, textiles y cerámica, y lograron crear un estilo propio bajo los lineamientos del barroco, que en sus formas más recargadas dieron origen al churrigueresco.

2:30 pm Llegó la hora de comer y nos vamos directo a la Hostería del Convento, que tiene una terraza con una espléndida vista y donde, según nos dijeron los custodios del museo, sirven escamoles y chinicuiles (gusanos de maguey), y efectivamente, los acompañamos con una cervecita bien helada. Después nos traen una exquisita pechuga al mango, y de postre, sólo para no excedernos, un “paycito” de zarzamora (“Provechito”).

4:00 pm Esta vez, para bajar la comida, decidimos caminar y nos vamos a los famosos “Arcos del Sitio”, que están a sólo 30 km del pueblo, es decir, a media hora. Sobre el camino que lleva a los arcos, que es la carretera que va a Villa del Carbón, a una docena de kilómetros nos percatamos de la existencia de una bien remozada hacienda, la de La Concepción. Tocamos al enorme portón y sus dueños nos invitan a pasar al edificio, el cual fue fundado por la orden de los jesuitas. En 1780 la hacienda fue adquirida por don Pedro Romero de Terreros, y hasta 1980 fue propiedad de varios descendientes de la familia. En 1993 se iniciaron los trabajos de restauración, que respetaron cuidadosamente la arquitectura original, y se terminaron en 1997. La hacienda se edificó para producir y administrar las siembras y cosechas de diferentes cultivos de granos, hortalizas y frutas; además, contaba con grandes extensiones de potreros, establos de ganado mayor, granjas avícolas, etcétera, todo ello para el abastecimiento y consumo de los habitantes del antiguo colegio jesuita.

Actualmente la hacienda tiene un magnífico patio interior, arcadas y amplísimos jardines; una parte de la casona está habitada por los dueños, mientras que el resto del espacio se renta para eventos sociales y convenciones. Está abierta al público, previa cita. La visita bien vale la pena. Salimos de la propiedad y continuamos nuestro camino hacia los Arcos del Sitio.

5:30 pm Finalmente llegamos al monumental acueducto de Xalpa, también conocido como los Arcos del Sitio, construido entre los siglos XVIII y XIX. La majestuosa obra fue levantada por los jesuitas y proyectada por Pedro de Beristáin. Durante 61 años se trabajó en los 41 900 metros de zanja y 43 arcos, que tuvieron un costo de 60 000 pesos de aquella época; sin embargo, con la expulsión de los jesuitas los trabajos quedaron inconclusos. El acueducto no vio correr el agua sino hasta 1854 (si consideramos que la obra se inició en 1706, su construcción demoró 148 años).

La obra, ubicada en un cañón, es impactante, tiene cuatro arcos de altura (61 m), lo que la hace la más alta de América Latina. En el lugar se desarrolla un Centro Ecoturístico de Educación Ambiental, y ya se puede practicar el senderismo, la bicicleta de montaña y, por supuesto, el privilegio de la contemplación del paisaje natural. Durante el recorrido se pueden ver barrancas, pastizales, matorrales y un bosque de encino cruzado por un par de puentes colgantes; no es difícil divisar algunos reptiles, anfibios y aves.

8:00 pm Regresamos a Tepotzotlán y tomamos un breve descanso en el hotel.

9:00 pm Esta vez, para cenar, hemos escogido el Montecarlo, situado en la arcada que queda frente al atrio del ex convento. La especialidad es el molcajete: cecina adobada, pechuga de pollo, bistec de res, chistorra, nopalitos y chorizo.

10:00 pm El bar Los Molcajetes, a un costado del atrio y a pocos metros del Montecarlo, tiene buena música, es cálido, el dueño es un atento anfitrión y la mayoría de los asistentes son jóvenes.

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