PUBLICIDAD
Corredores Turísticos del Estado de México. Vol. 4
PUBLICIDAD
Rankings
Newsletter de México Desconocido México Desconocido en Facebook México Desconocido en Twitter México Desconocido en Google+ México Desconocido en YouTube México Desconocido en Flipboard RSS de México Desconocido
PUBLICIDAD
PUBLICIDAD

La antigua Napiniaca. La historia de Chiapa de Corzo

Por: David Díaz Gómez

“Todo es grande en Chiapa de Corzo”, reza una sentencia popular y las voces locales están plagadas de aumentativos; la campanona es la tañidora principal del templo y la pochotona, antiquísimo árbol de ceiba, símbolo de la fertilidad de Chiapa, se localiza en la plazona -el parque central- que por cierto es tan grande como el Zócalo de la Ciudad de México.

.La lista de grandezas es inagotable, aunque sólo dedicaremos algunas líneas y un pequeño espacio de esta publicación para recordar los orígenes de Chiapa y sus primeros años de vida novohispana. Un capítulo que, como todas las cosas de este lugar, está bien surtido de episodios y detalles sobresalientes, pero que en su veracidad histórica rebasa cualquier tipo de bien intencionadas exageraciones.

Las fértiles tierras de aluviales que integran las llamadas riberas del río Grijalva fueron, desde los inicios de la civilización americana, un punto de atracción para los grupos humanos que colonizaban el continente. Probablemente ya los olmecas habitaron la antesala del Cañón del Sumidero.Después se establecieron por ahí los zoques y mayas; sin embargo, de acuerdo a la opinión de Carlos Navarrete en su obra "Investigaciones arqueológicas acerca del problema chiapaneco", quienes llegaron a gobernar toda el área a partir del siglo VI de nuestra era fueron los chiapanecas, los que, de acuerdo a algunas fuentes históricas, llegaron procedentes de las tierras de la actual Nicaragua y desplazaron por la fuerza a los antiguos pobladores.

Los chiapanecas eran muy diferentes de todos los demás habitantes del centro de Chiapas. Su apariencia física impresionó hondamente a los conquistadores. Fray Tomás de la Torre-citado por Francisco Ximénez en la Historia de la provincia de San Vicente de Chiapa y Guatemala de la orden de predicadores- quien acompañó a Fray Bartolomé de las Casas en su primera visita a la zona, los describió como gente "muy crecida a maravilla, así hombres como mujeres que parecen gigantes...andan desnudos...el cabello trenzado con galanas trenzaduras y rodeado a la cabeza sin ninguna otra toca". El mencionado fray Tomás de la Torre aseguraba así mismo que a los medievales religiosos les llamaba la atención que los chiapanecas..."tienen gracia en juntar diversas flores y hacen piñas de ellas muy galanas. Ellos andan cuando pueden con flores y con otros olores en las manos, porque son amigos del buen olor:.. Tienen la tela de medio de la nariz abierta y allí encajada una vidriera como ámbar que les hace salir la nariz como trompa grande.

El historiador Jan de Vos, en su libro "La batalla del Cañón del Sumidero" señala que en los albores del siglo XVI, al final del mundo prehispánico, el pueblo chiapaneca era el ..."cacicazgo indígena más poderoso y mejor organizado de todo el Sureste de México".  La capital de los antiguos chiapanecas, según cuentan las crónicas, se llamaba Napiniaca -Pueblo Grande-y fue descrita por Berna! Díaz del Castillo, autor de "Historia Verdadera de la Conquista de la Nueva España, como un asentamiento que...”verdaderamente se podía llamar ciudad y bien poblada y las casas y calles muy en concierto y de más de cuatro mil vecinos" y al hablar de la nación chiapaneca, Fray Tomás de la Torre, citado por Francisco Ximénez, agrega que..."Poseen tierras muchas y las mejores que hay en Indias...Siembran dos veces al año y si quisieran sembrar siete también pudieran, porque la tierra siempre está para ello...hay grandísima abundancia de los frutos de la tierra...Son gente trabajadora y así vemos de noche lumbre por las casas, que están las mujeres hilando y tejiendo. Hácense aquí las mejores mantas de algodón que se hacen en la tierra y aun en las indias...no dejaré de decir de las calabazas que aquí hay. Haylas muy mayores que grandes arneros y aquellas pártenlas por medio y píntanlas para servirse de ellas en lugar de cestas y de platos y son tan galanas como platos de Valencia”.

No obstante todo lo anterior, lo que más llamó la atención de los conquistadores fue la belicosidad de los chiapanecas. Antes de la llegada de los hispanos, el pueblo chiapaneca tenía dominado militarmente todo el valle central del río Grijalva hasta la Sierra Madre de Chiapas y algunos pasos de la Costa del Pacífico y del Istmo de Tehuantepec, en donde contaban con guarniciones para asaltar a los comerciantes que traían mercancía procedente de Centroamérica y del Soconusco para el Altiplano del Anáhuac, así mismo, asolaban a los pueblos para abastecerse de esclavos y víctimas de sacrificios.El elocuente soldado cronista Bernal Díaz del Castillo en su monumental obra ya, citada los recordó como un pueblo temible...”porque ciertamente eran en aquel tiempo los mayores guerreros que yo había visto en toda la Nueva España, aunque entren en ellos tlaxcaltecas y mexicanos, ni zapotecas ni mixes. Y esto digo porque jamás México los pudo señorear"

La conquista del territorio chiapaneca no fue nada fácil para los europeos. La primera expedición bélica estuvo a cargo del capitán Luis Marín, quien por órdenes de Hernán Cortés partió de Coatzacoalcos hacia la provincia del actual río Grijalva.Bernal Díaz del Castillo relata que la resistencia chiapaneca fue feroz y como muestra transcribimos este fragmento de su Verdadera Historia de la Conquista de la Nueva España..."Era cosa de espantar como se juntaron con nosotros pie con pie y comenzaron a pelear como rabiosos leones. Y nuestro negro artillero que llevábamos que bien negro se podía llamar, cortado de miedo y temblando, ni supo tirar ni poner fuego al tiro. Y ya que a poder de voces que le dábamos, pegó fuego, hirió a tres de nuestros soldados, que no aprovechó cosa ninguna."

La caída de la ciudad de Napiniaca se logró gracias a la ayuda de tribus enemigas de los chiapanecas, que proporcionaron a los europeos canoas para cruzar el río y les mostraron los vados de entrada. Sólo así pudieron doblegar a la capital chiapaneca, de otra manera, la resistencia hubiera sido prolongada.La primera fundación hispana en lo que ahora es Chiapa de Corzo la realizó Diego de Mazariegos el 5 de marzo de 1528, cerca de la antigua ciudad indígena en la margen derecha del río, a un lado de una gigantesca ceiba que sigue en pie y a la que se conoce como la Pochota.  A causa del terrible calor, los numerosos insectos y los indígenas poco amistosos, los conquistadores prefirieron emigrar a las montañas del noreste y en el valle de Jovel establecieron VIlla Real -hoy San Cristóbal-, con un clima que les recordaba al viejo continente, así, asentaron sus reales dejando atrás, en tierra caliente, a Chiapa de los Indios, bajo el mandato de encomenderos, indígenas aliados y frailes evangelizadores.

Los primeros años de la vida novohispana de Chiapa fueron de desasosiegos y levantamientos. Los españoles se excedieron en el cobro de tributos y cometieron toda clase de vejaciones contra los indígenas. Hacia 1532, los chiapanecas se enfrentaron nuevamente contra los colonizadores y después de cruentas batallas se retiraron a la entrada del Cañón del Sumidero en donde presentaron la última resistencia. Al verse copados por sus enemigos, los indígenas trataron de escapar entre las paredes de la falla geológica y muchos de ellos resbalaron perdiendo la vida en las rocas del fondo o en las aguas del raudal que en aquel entonces era impresionante.

De este desafortunado escape surgió la leyenda del suicidio colectivo de los chiapanecas, un mito romántico, cuya veracidad histórica se sostuvo durante siglos hasta que el investigador Jan de Vos demostró que sólo se trataba de una leyenda y que la famosa epopeya de los chiapas no fue más que la muerte por desbarrancamiento de algunos valientes guerreros y no el suicidio masivo de hombres, mujeres y niños como siempre pregonaron los poetas y los historiadores locales.El último caudillo chiapaneca, llamado Sanguieme también intentó sacudir a su pueblo del yugo colonial. Según asienta Jean de Vos en sus textos, fue apresado y quemado vivo en una hamaca colgada entre dos ceibas, mientras que un centenar de sus seguidores terminaron sus días ahorcados en los árboles de la ribera del gran río.Los verdaderos colonizadores de Chiapa de los Indios fueron los frailes dominicos. Ellos, inspirados en los ideales de fray Bartolomé de las Casas, condenaron y combatieron el poder de los encomenderos.

En Chiapa se aplicaron por primera vez las Leyes Nuevas, obtenidas de la Real Corona por exigencias del obispo Las Casas que eliminaban la encomienda y prohibían la esclavización de los indígenas.Con estas medidas, poco a poco los dominicos se ganaron la confianza de los chiapanecas, los adoctrinaron en la medida de lo posible y los educaron en múltiples oficios como la alfarería, la pirotecnia y la jarciería, actividades en las que, según las crónicas, resultaron los alumnos mejores que los mismos maestros.

Las construcciones coloniales más sobresalientes de Chiapa son obras de los dominicos. La Pila que adorna la plaza central es asombro de propios y extraños. Fue obra de un fraile de origen moro de nombre Rodrigo de León. La construcción finalizó en 1562 y dice fray Antonio de Remesal en su "Historia General de las Indias Occidentales y particular de la gobernación de Chiapa y Guatemala" "cómo los indios la viesen subir en alto tuvieron al principio por un milagro tan grande que los viejos se hincaban y se daban golpes en los pechos como quien veía cosa divina..."La pila con su bóveda tiene 52 metros de circunferencia y 12 metros de alto. Está hecha ladrillos, algunos labrados con punta de diamante, unidos de tal forma que más que una obra de arquitectura parece la trama de un delicado tejido. Tiene ocho arcos de medio punto y un torreón cilíndrico que algunas veces sirvió de atalaya.

Otra construcción magna que los frailes dominicos heredaron a Chiapa es el templo y convento de Santo Domingo, ubicado en las márgenes del río Grijalva.Edificado en la segunda mitad del siglo XVI, el templo consta de tres naves y portadas muy sobrias. Fray Antonio de Remesal describe al claustro del convento como muy bien edificado..."y las celdas son muy capaces y buenas...tienen las más vistas al río por ser la tierra muy calurosa. El refectorio y el hospicio y las demás oficinas están muy acomodadas con toda la casa y la huerta con su estanque es de mucha recreación. La sacristía tiene muchos y muy ricos ornamentos y por la liberalidad de sus priores quizás más caros que en otras partes."En los corredores del convento de Santo Domingo los indígenas aprendieron múltiples oficios guiados por sabios frailes como Pedro de Barrientos, Melchor Gómez y Juan Alonso quienes cimentaron muchas de las costumbres y tradiciones que persisten hasta la fecha. 

En Chiapa se dio un mestizaje equilibrado el cual se pone de manifiesto hoy, entre otras cosas, por la gran variedad de apellidos de origen chiapaneca que hay en la población. Así, al lado de las familias Grajales, Castellanos, Marino Hernández, conviven Nandayapa, Tawa, Nuriulú, Nampulá o Nangusé, entre muchas otros.El equilibrado mestizaje indoespañol y la llegada posterior de los africanos negros que arribaron como esclavos a Chiapas para integrarse después a la sociedad como seres libres, forjaron de la antigua Chiapa de los Indios, un pueblo con ideas políticas liberales puestas de manifiesto durante las luchas en contra de las intervenciones extranjeras y las aspiraciones imperialistas. En Chiapa nació don Ángel Albino Corzo, ilustre gobernador durante la presidencia de don Benito Juárez. Este personaje, a quien debe su apelativo decimonónico la antigua Napiniaca, promovió en el estado los ideales del indio de Guelatao. La fascinante historia de Chiapa de Corzo y las leyendas que los siglos han tejido en torno a ella justifican que sus habitantes siempre hablen de las cosas de su pueblo con el superlativo en la punta de la lengua.

Fuente: México en el tiempo No. 21 noviembre / diciembre 1997

ComScore
IASA Comunicación