PUBLICIDAD
Corredores Turísticos del Estado de México. Vol. 4
PUBLICIDAD
Rankings
Newsletter de México Desconocido México Desconocido en Facebook México Desconocido en Twitter México Desconocido en Google+ México Desconocido en YouTube México Desconocido en Flipboard RSS de México Desconocido
PUBLICIDAD
PUBLICIDAD

La cosmovisión de los aztecas

Por: Eduardo Matos Moctezuma

La cosmovisión es la idea que los distintos pueblos tienen del lugar que ocupan en el universo los dioses y los hombres, los astros y la Tierra, y de la manera en que se relacionan entre sí.

La cosmovisión es la idea que los distintos pueblos tienen del lugar que ocupan en el universo los dioses y los hombres, los astros y la Tierra, y de la manera en que se relacionan entre sí.

A ello hay que agregar la explicación que dan acerca del origen de todo lo creado, lo cual nos lleva al terreno de los mitos. En el caso de Mesoamérica, antiguos mitos relatan cómo los dioses formaron la estructura universal. Si atendemos a lo que nos dice la Historia de los mexicanos por sus pinturas, un documento del siglo XVI, veremos que fue por la acción de una pareja primordial que todo se creó. Dice así el relato:

Pasados seiscientos años del nacimiento de los cuatro dioses hermanos, hijos de Tonacatecuhtli, se juntaron todos y dijeron que era bien que ordenasen lo que habían de hacer, y la ley que habían de tener, y todos cometieron a Quetzalcóatl y Huitzilopochtli, que ellos dos lo ordenasen, y estos dos, por comisión y parecer de los otros dos, hicieron luego el fuego, y hecho, hicieron medio Sol, el cual por no ser entero no relumbraba mucho sino poco. Luego hicieron a un hombre y a una mujer: el hombre dijeron Oxomoco y a ella Cipactónal, y mandáronles que labrasen la tierra, y que ella hilase y tejiese, y que de ellos nacerían los macehuales, y que no holgasen sino que siempre trabajasen, y a ellos les dieron los dioses ciertos granos de maíz, para que con ellos ella curase y usase de adivinanzas y hechicerías, y así lo usan hoy día en hacer las mujeres. Luego hicieron los días y los partieron en meses, dando a cada mes veinte días, y así tenían diez y ocho, y trescientos y sesenta días en el año, como se dirá adelante. Hicieron luego a Mictlantecuhtli y a Mictecacíhuatl, marido y mujer, y éstos eran dioses del infierno, y los pusieron en él; y luego crearon los cielos, allende del treceno, y hicieron el agua, y en ella criaron a un peje grande que se dice Cipactli, que es como caimán, y deste peje hicieron la tierra…

Nos interesa de manera particular la última parte del relato, en la que leemos cómo crearon el calendario de dieciocho meses de veinte días cada uno, lo que da un total de 360 días, a los que hay que agregar cinco días aciagos. El calendario se estructura a partir de la observación de la naturaleza; así, el cambio de una temporada de lluvias y otra de secas, el movimiento solar a lo largo del año, etcétera, van a dar pie para establecer los meses y los rituales dedicados a los dioses correspondientes.

Por otra parte, en Mesoamérica se consideraba que habían existido cinco edades o soles. Cada uno de estos soles había sido destruido por la lucha entre los dioses, entre Tezcatlipoca y Quetzalcóatl, que trataban, en cada nuevo Sol y de manera alternada, de crear al género humano y de dotarlo de alimento; sin embargo, no lograban formar al hombre deseado y todo era destruido. Según la Leyenda de los Soles, manuscrito en nahua de 1558, el primer Sol fue el 4 Tigre, y los primeros seres fueron devorados por jaguares; el segundo Sol fue el 4 Viento, y este elemento los destruyó; el tercero fue 4 Lluvia y los seres fueron destruidos por lluvia de fuego; el cuarto fue 4 Agua y todos murieron ahogados. El quinto Sol surgió, finalmente, en Teotihuacan. Ahí se reunieron los dioses y crearon el Sol, que se movió gracias al sacrificio de los dioses. Correspondió a Quetzalcóatl crear al hombre y dotarlo de maíz como alimento, el cual robó del Tonacatépetl o cerro en donde se guardaban los mantenimientos.

Lo anterior resulta importante porque nos da una idea del proceso evolutivo y de la acción creadora y beligerante de los dioses. Ahora bien, ¿cómo concebían los antiguos nahuas el universo? Imaginemos una esfera a la que le pasamos una línea horizontal que la atraviesa por la mitad; la esfera queda dividida en una parte superior y una inferior. Pues bien, la línea que divide ambas partes es la tierra, el nivel terrestre en donde habita el hombre. Si recordamos el mito, la tierra fue creada de una especie de pez-cocodrilo llamado Cipactli. La mitad superior de la esfera serán los niveles o escaños celestes, en tanto que la parte inferior será el inframundo. Los niveles celestes son trece y, de acuerdo con el Códice Vaticano A, se considera que en el primero de ellos se encuentran la Luna y las nubes; el segundo es el citlalco o lugar de las estrellas; el tercero es el lugar por donde pasa diariamente el Sol; en el cuarto nivel está Venus y, según otra versión, en él se localiza Uixtocíhuatl, deidad de las aguas salobres, hermana de los tlaloques. El quinto cielo es aquel por donde pasan los cometas o donde se encuentra el giro; los cielos sexto y séptimo se representaban con colores, mientras que el octavo sería el lugar donde se forman las tempestades o lugar que tiene esquinas de lajas de obsidiana; del noveno en adelante eran lugares de los dioses, y el treceavo era el Omeyocan, en donde habitaba la dualidad por excelencia.

El inframundo se contaba a partir de la tierra hacia abajo y estaba constituido por nueve escaños. Tanto Sahagún como el Códice Vaticano A registran estos lugares. Para el franciscano, el primer paso era atravesar por dos cerros que chocan entre sí; después venía el lugar de la culebra que guarda el camino, el lugar de la lagartija verde; luego había que atravesar ocho páramos y ocho collados; pasar el viento frío de navajas; cruzar el río Chiconahuapan y, finalmente, llegar al Mictlan. Otra versión nos habla de la tierra, en donde se coloca el cadáver que será devorado por Tlaltecuhtli, señor de la tierra. De ahí hay que atravesar un río; el lugar de los cerros; cruzar el cerro de obsidiana; el sitio donde tremolan las banderas; el lugar donde se flecha a la gente; el lugar donde se comen los corazones; el lugar de la obsidiana de los muertos, y por último el lugar sin orificio para el humo, que es una de las versiones del Mictlan, el más profundo de los inframundos, en donde habita la pareja de Mictlantecuhtli y Mictlancíhuatl, señores del lugar de los muertos.

De esta manera, la estructura del universo, en sentido vertical, estaba constituida por estos tres niveles: cielos, tierra e inframundo. A la vez, en sentido horizontal estaban los cuatro rumbos del universo, cada uno de ellos regido por un dios y asociado a un color (hay varias versiones de ellos), un glifo, un árbol y un ave. El Códice Fejérváry-Mayer nos muestra una lámina en la que vemos cómo el dios viejo, señor del fuego y del año, Xiuhtecuhtli, se encuentra en el centro. Con su sabiduría, este dios guarda el equilibrio universal ante la actitud beligerante de los dioses que ocupan los cuatro extremos del universo. El rumbo norte estaba regido por el Tezcatlipoca negro y su símbolo era el técpatl o cuchillo de sacrificios; este rumbo se conocía como Mictlampa, o lugar de los muertos y del frío, y se vinculaba a lo seco y a lo árido. En contraposición, al rumbo del sur lo regía el Tezcatlipoca azul, que algunos autores identifican con Huitzilopochtli. Su glifo era el conejo y se le consideraba como el lugar de la abundancia; se le denominaba Huitztlampa, o lugar del sacrificio con espinas. El oriente lo presidía el Tezcatlipoca rojo, identificado como Xipe Tótec, cuyo símbolo era la caña; se decía que este era el rumbo masculino del universo; por ahí salía el Sol diariamente para alumbrar el mundo de los hombres; iba acompañado por los guerreros muertos en combate o en sacrificio, a quienes se les deparaba seguir al Sol desde su nacimiento hasta el mediodía. El poniente estaba regido por Quetzalcóatl. Su color era el blanco y su glifo calli o casa; se asociaba a las mujeres y por ende era el rumbo femenino del universo, por lo que se le conocía como Cihuatlampa. A partir del mediodía hasta el atardecer, las mujeres muertas en el parto acompañaban al Sol, pues el trance de dar a luz se consideraba como un combate. A estas mujeres se les conocía con el nombre de mocihuaquetzque, o mujer valiente; también se les nombraba cihuateteo, o mujeres diosas. De esta manera, cada rumbo del universo formaba una dualidad con su contraparte: seco y árido-abundancia y masculino-femenino.

Ahora bien, toda esta concepción universal estaba expresada, como se dijo, en el recinto sagrado de Tenochtitlan. En términos generales, el recinto guardaba una disposición oriente-poniente, obedeciendo al recorrido del Sol. En sus diferentes edificios se llevaban a cabo varias ceremonias, según la deidad a la que estuvieran dedicados. El calendario ritual abarcaba todo el año, y cronistas como Sahagún y Durán, entre otros, nos han dejado pormenores de las ceremonias que se celebraban mes a mes.

 

ComScore
IASA Comunicación