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La iguana. Tesoro nacional en peligro de extinción

Por: Lesley Hyatt

El sol oaxaqueño del atardecer se esparce a través de las brillantes hojas de los árboles de higo y papaya silvestre, reflejando su luz dorada. Sobre una rama iluminada se posa una inmóvil iguana, con su cuerpo de sangre fría aprovechando estos últimos minutos de calor del día. Llegan más, caminando lento sobre el suelo arenoso, mientras sus espinas serradas dermales resplandecen y sus largos dedos se aferran a las ramas del árbol por un lado, en tanto que sus extensas colas de un metro se enroscan del otro. Al anochecer, estos árboles florecen con iguanas verdes.

En algunos estados de la república la iguana es esencial como parte de la herencia e identidad local. En Oaxaca le recuerdan a uno: “si comes iguana, serás siempre un oaxaqueño”. Pero algo les pasa a las iguanas de México: están desapareciendo a una velocidad alarmante, víctimas de catástrofes del medio ambiente y de la casería excesiva. Desde 1990 dos de las quince especies de Iguanadae, la iguana verde (Iguana iguana) y la iguana de cola negra o cola de espinas (Ctenosaura pectinata) han sido el foco de atención del programa nacional de conservación.

Pero, ¿qué y cómo son estos antiguos reptiles a los que Darwin describió en su viaje a las islas Galápagos como “animales horribles, de color negro, sucio; parecen estúpidos y sus movimientos son muy lentos”, y que, a su vez, el capitán Collnet en el relato de su viaje los describe como “cocodrilos en miniatura”? De todas las especies de la familia Iguanidae posiblemente se reconoce con más frecuencia a la tranquila iguana verde. Vive en regiones tropicales y subtropicales de México a Brasil.

La iguana verde, como toda lagartija, es una criatura de sangre fría (ectotérmica) y depende de fuentes externas para regular su temperatura corporal. Así, se les encuentra con frecuencia posándose sobre rocas a pleno sol o yaciendo debajo de un árbol con sombra.

La iguana verde posee características físicas importantes para adaptarse a su entorno: escamas gruesas que cubren su piel y proveen un caparazón contra el agua. Quizá el aspecto físico más notable sea la piel suelta que le cuelga del cuello. De esta manera, la iguana verde se asolea con la papada extendida hacia el sol, gracias a lo cual el calor se extiende con rapidez por su cuerpo. Una temerosa iguana puede retraer su papada en la cara de su predador, en tanto que un macho la utiliza para impresionar a las hembras. Otras características físicas de la iguana verde incluyen las escamas tipo serrucho que cubren su espalda (más vistosas en los machos); una escama particularmente grande detrás del tímpano y en la parte superior de la cabeza una mancha gris opalescente que se conoce como parietal o tercer ojo, órgano fotosensible a cambios en luz y en oscuridad incapaz de formar imágenes, ya que la retina y el lente son rudimentarios.

Finalmente, el tamaño de la iguana verde la hace diferente a cualquier especie. Un macho puede llegar a medir más de dos metros de cabeza a cola. La mitad de su largo ocasionalmente está compuesta por esta última, cuya afilada punta le sirve como mecanismo de defensa en contra de los predadores.

El tamaño de una iguana está en relación con las condiciones del medio ambiente: entre más húmedo sea éste, más grande será la iguana. Y para los machos su dimensión hace la diferencia, pues los mayores son los dominantes.

Su ritual de apareamiento es muy complejo. Al finalizar la época de lluvias, entre noviembre y diciembre, los machos establecen su territorio (un área de cinco metros) y cortejan a las hembras con un “baile” especial, con movimientos de cabeza, hinchándoseles la papada. El apareamiento ocurre con frecuencia a principios de febrero, y cuando la hembra es receptiva, le permite al macho montársele para un acoplamiento que toma de tres a 12 minutos.

A mediados de febrero y principios de abril las iguanas hembras cavan sus nidos y depositan sus huevos, además buscan debajo de árboles y junto a playas y ríos para encontrar el espacio idóneo para anidar, cavando un túnel –a veces de un metro de largo– en la tierra suave. La mayoría de las hembras depositan alrededor de 30 huevos dentro del nido, aunque algunas de gran tamaño pueden llegar a depositar hasta 60. Sólo 25% del total de los huevos dará nuevas crías, y sólo unas pocas llegarán a adultos.

La iguana negra comparte muchas de las características físicas y el comportamiento de la verde, aunque con diferencias significativas. Cuando nacen, las negras son verdes y se oscurecen antes de terminar su primer año de vida. Los garrobos adultos aparecen negros con franjas blancas.

Físicamente, las iguanas negras difieren de las verdes, y pueden llegar a medir no más de un metro; presentan una cresta dorsal chica y una papada menos pronunciada. La verde es vegetariana y disfruta nadar, es tranquila y buena mascota, en tanto que la negra camina por piedras y rara vez se acerca al agua, además de ser carnívoras agresivas. Una iguana negra puede hundir sus dientes en el dedo de un ser humano y no soltarlo.

Los hábitos de reproducción de las iguanas verdes y negras se parecen, sin ser iguales; las primeras cavan su nido individual en tres semanas durante la temprana primavera, mientras que las hembras negras depositan sus huevos en el transcurso de una semana, normalmente en marzo, y con frecuencia comparten nidos.

Algo que sí tienen en común es su acelerada desaparición. Durante miles de años las iguanas han sido una parte esencial de proteína y medicina en México y en Latinoamérica. Aun en regiones donde no se come su carne, por ejemplo al noreste de Colombia, los cazadores capturan hembras preñadas para consumir y vender sus huevos, elaboran una especialidad que preparan primero en un caldo y después la untan en una tortilla.

Varias son las propiedades curativas de la iguana. Beber el caldo de iguana hervida puede ayudar a recuperarse de algunas enfermedades, y se dice que la vista puede mejorar si se coloca riñón crudo molido sobre los ojos y la frente. La grasa se ha usado de forma eficiente para curar picaduras de araña y escorpión. Se cree que una compresa de esta grasa previene várices. Obviamente estas cualidades contribuyen a su caza excesiva, pero, ¿por qué después de miles de años ha decaído su población al punto de considerarlas al borde de la extinción? Por supuesto, el problema recae en la continua destrucción del hábitat natural, así como la constante demanda humana por leña y tierra.

Fuente: México desconocido No. 318 / agosto 2003

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