PUBLICIDAD
Mineral de Pozos, un pueblo fantasma en territorio guanajuatense
PUBLICIDAD
Ranking
Newsletter de México Desconocido México Desconocido en Facebook México Desconocido en Twitter México Desconocido en Google+ México Desconocido en YouTube México Desconocido en Flipboard RSS de México Desconocido
PUBLICIDAD
PUBLICIDAD

Las misiones de Baja California Sur, entre el desierto y el oasis

Por: Margarita Sep

La colonización de estas lejanas tierras se logró gracias a la inquebrantable voluntad y al incansable trabajo de un grupo de misioneros jesuitas que, sabiendo que los conquistadores no habían podido someter a los aborígenes, decidieron llevar hasta ellos el evangelio, alcanzando así con la palabra lo que no se había logrado por medio de las armas.

Fue así como a finales del siglo XVII, bajo la entusiasta iniciativa del jesuita Eusebio Kino, quien consiguió de las autoridades españolas el permiso para embarcarse en la expedición del almirante Isidro Atondo y Antillón, los misioneros arribaron a lo que entonces se creía una isla, para evangelizar a sus indómitos habitantes. Para conceder el permiso, la Corona había puesto como condición que la conquista se hiciera en nombre del rey de España y que fueran los mismos misioneros los que obtuvieran los recursos para llevar a cabo la empresa.

La primera misión, Santa María de Loreto, fue fundada en 1697 por el padre José María Salvatierra, quien había estado en la Tarahumara, y a quien el padre Kino propuso llevar a cabo la magna labor. Santa María de Loreto fue por más de cien años la capital política, económica y religiosa de las Californias.

Durante los siguientes tres cuartos de siglo los misioneros fundaron una cadena de dieciocho soberbias fortalezas, unidas por el llamado “camino real” que ellos mismos construyeron, conectando la región de Los Cabos, en el sur de la península, a la actual frontera con nuestro vecino del norte; esto fue posible porque entre los misioneros había capellanes con conocimientos de ingeniería constructiva e hidráulica.

De estas formidables construcciones sobreviven algunas en perfecto estado, como la de San Ignacio, una de las más hermosas y mejor conservadas, construida por el padre Juan Bautista Luyando en 1728; la de San Francisco Javier, fundada en 1699, que constó de una humilde capilla de adobe y casa cural levantadas por fray Francisco María Piccolo; el edificio actual fue construido en 1774 por el padre Miguel Barco, y por su bella arquitectura se le ha considerado como “la joya de las misiones de Baja California Sur”; la de Santa Rosalía de Mulegé, establecida en 1705 por el padre Juan María Basaldúa, a 117 kilómetros al norte de Loreto, fue una de las mejor ubicadas, ya que se levantó en un oasis junto al mar.

Las misiones conjuntaron la belleza de la arquitectura y la riqueza del decorado con un entorno práctico, que permitió que a sus alrededores se establecieran poblados permanentes. Los misioneros no sólo evangelizaron a los aborígenes, sino que les enseñaron a hacer que el desierto fructificara con palmeras de dátiles; introdujeron el ganado y el cultivo del maíz, del trigo y de la caña; lograron que la tierra produjera árboles frutales como el aguacate y el higo, y con objeto de cumplir con los ritos religiosos que requerían de vino y aceite, obtuvieron permiso para cultivar la vid y el olivo, lo cual estaba prohibido en el resto de la Nueva España, y gracias a ello hoy en día se producen excelentes vinos y aceite de oliva en la región. Y por si todo esto fuera poco, también introdujeron los primeros rosales que florecieron en estas tierras y que hoy adornan los parques y jardines de toda la península.

Compartir

ComScore
IASA Comunicación