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Las urnas funerarias zapotecas.

Por: Nelly M. Robles Garc

En el ritual fúnebre se colocaban urnas tanto en la casa como en la tumba del difunto, pues eran los objetos centrales de la ofrenda, junto con los demás utensilios, a fin de que no le faltase protección divina, alimento y agua en el difícil trance.

Al enterarse de la muerte de la Señora Hierba 2 Caña, la familia completa de 10 Casa entró en una gran actividad. Ellos eran artesanos de Atzompa, el barrio donde se fabricaban los más delicados objetos de cerámica. Entre las familias dedicadas a la elaboración de ollas, cazuelas, platos, vasos, jarros, cántaros, comales y apaxtles, sobresalía la de 10 Casa debido a que su especialidad era la manufactura de urnas funerarias.

Las urnas eran recipientes tipo vasos que entre los benizáa (zapotecas) se decoraban con las efigies de sus dioses o de seres humanos sentados, en actitud de custodiar el recinto funerario. Estas piezas presentaban elementos característicos de uno o más dioses, en composiciones de una inmejorable calidad artística, y estaban destinadas a acompañar y a conducir a los muertos para protegerlos tanto en su viaje al inframundo como en su vida eterna.

En el ritual fúnebre se colocaban urnas tanto en la casa como en la tumba del difunto, pues eran los objetos centrales de la ofrenda, junto con los demás utensilios, a fin de que no le faltase protección divina, alimento y agua en el difícil trance.

Entre los artesanos que se dedicaban a la elaboración de urnas había siempre una gran competencia por elaborar las mejores, por lo que todas eran diferentes y producto de diversas técnicas de modelado, moldeado y aplicado. También influían en la calidad de las urnas la fineza del barro, los pocos trazos de color y la composición de los diferentes elementos formales de la pieza, combinados con los complejos atributos de los dioses que debían incluirse en los limitados espacios de estos finos objetos.

El taller de un alfarero de urnas no era diferente al de un alfarero común. En el patio de la casa tenía sus áreas de trabajo: un espacio techado para almacenar el barro que recolectaba en los bancos de arcilla de diferentes ríos y arroyos de la región; ahí mismo tenía sobre un petate sus bancos para sentarse a modelar tanto él como sus aprendices. Más allá se veía una gran pila de leña seca para alimentar el horno redondo de piedra y adobes que sobresalía como elemento principal del patio y que servía para cocer las urnas una vez secas y terminadas.

Sus herramientas consistían en delicadas espátulas de hueso, madera y jícara, agujas de hueso, alisadores de sílex y obsidiana con que completaba el modelado y el aplicado. Invariablemente usaba un metate para triturar sedimentos y pinturas y para obtener mayor homogeneidad en la pasta.

Ser especialista en la elaboración de las urnas era privilegio de unos cuantos; estos alfareros tenían mucho conocimiento y estaban muy ligados a los sacerdotes, eran personajes importantes tanto por su destreza como por la misión que tenían de fabricar a los acompañantes de los muertos. Para ello tenían que recibir los conocimientos de los maestros alfareros, sirviendo por largos años como aprendices, y también de los sacerdotes, con quienes pasaban largas sesiones rituales en los templos para comprender las diferentes facetas de cada uno de sus dioses.

Así, 10 Casa se aprestó a hacer las urnas necesarias que posteriormente acompañarían a la difunta. Por tratarse de un personaje de tal jerarquía, correspondía realizar una gran urna central de personaje femenino con las características de Cocijo en la cabeza, ornamentando bellamente el penacho de plumas con rasgos del jaguar y dándole con sus enormes anteojeras, orejeras y lengua bífida de serpiente una gran expresividad al adusto rostro de este dios.

La efigie se presentaba en posición sedente, con las piernas cruzadas y las manos encima de sus rodillas; estaba vestida con quexquémetl y un enredo como falda; de su pecho pendía un mascarón de Xipe Tótec, que se asentaba sobre una barra de la que colgaban tres grandes cascabeles. El color rojo con que fue rociada la urna le dio una expresión de profundo respeto.

Otras cuatro urnas que acompañarían a la difunta eran más sencillas; se trataba de vasos con la efigie de personajes masculinos en la misma posición que la anterior, vestidos únicamente con un máxtlatl, ornamentados sus cuellos con collares de grandes cuentas, y sus cabezas con un sencillo tocado cilíndrico con atributos de Pitao Cozobi; del tocado se desprendía una discreta capa que caía sobre sus hombros.

Presentaban en sus rostros pintura facial, grandes orejeras y bezotes en el labio inferior; los rasgos de sus caras eran de una manufactura extremadamente fina, la cual se acentuaba con el polvo rojo. Esta calidad caracterizaba los trabajos de 10 Casa, por esa razón era elegido para realizar las urnas que acompañaban a los personajes más importantes de Dani Báa.

Sin embargo, 10 Casa también hacía urnas sencillas para los difuntos menos importantes; vasos más pequeños con los atributos de Cocijo, Pitao Cozobi, el dios Murciélago, Xipe, Pitao Pezelao, el dios Viejo, o efigies pequeñas muy elaboradas; sus favoritas eran las que portaban grandes penachos al estilo de Cocijo, el dios más venerado.

Cuando 10 Casa terminaba de modelar una urna, ésta era cuidadosamente secada al sol, y una vez bien seca los aprendices procedían a pulirla con pulidores de piedra; finalmente la bruñían con un pedazo de cuero de venado. Todavía en esta etapa podía 10 Casa hacerle algunos trazos. Por último, la acción de cocer la pieza se llevaba a cabo en el horno previamente calentado con leña; se tapaba muy bien la urna con la finalidad de que ya cocida saliera de color gris. El esparcir el polvo rojo de cinabrio en las urnas ya era tarea del sacerdote que llevaba a cabo los ritos mortuorios de la difunta. Así, podemos ver por qué era tan importante el papel de 10 Casa como artesano especialista dentro de la sociedad de los benizáa.

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