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Olmecas: Los primeros escultores de Mesoamérica

Por: Anatole Pohorilenko

En este relato, el autor, Anatole Pohorilenko, revela los detalles y secretos de las esculturas creadas por los artistas olmecas a través de los ojos de Piedra Mojada, un joven aprendiz de escultor...

Un día lluvioso de la primera mitad del siglo VIII a.C., Ojo de Obsidiana, maestro escultor del gran centro ceremonial de La Venta, decidió que había llegado el momento de enseñar a Piedra Mojada, su hijo de catorce años, una nueva técnica de tallado: cortar una piedra dura aserrándola.

Como parte de una clase social privilegiada, la fama de los escultores de La Venta se extendía más allá de las montañas humeantes del oeste. En La Venta, la tradición de trabajar la piedra, especialmente el jade, se guardaba celosamente y se transmitía cuidadosamente de padres a hijos. Sólo los escultores olmecas, se decía, hacían suspirar la piedra.

Durante meses su padre enseñó a Piedra Mojada cómo identificar diferentes piedras con base en el color y la dureza. Ya sabía nombrar el jade, cuarzo, estealita, obsidiana, hematita y cristal de roca. Aun cuando ambas tienen un toque de verdor semejante, el muchacho ya era capaz de distinguir el jade de la serpentina, que es una roca más suave. Su piedra favorita era el jade porque era la más dura, transparente y ofrecía diferentes y maravillosas tonalidades, especialmente azul agua profundo y verde-amarillo aguacate.

El jade se consideraba muy valioso, pues lo traían desde lejanas y secretas fuentes a enorme costo, y con él se fabricaban artefactos ornamentales y religiosos.

El padre de un amigo suyo acarreaba estas preciosas piedras, y a menudo se ausentaba por muchas lunas.

La importancia de verter el agua en la piedra

Por su frecuente presencia en el taller, Piedra Mojada pudo observar que el arte del buen tallar consistía en la habilidad de visualizar, antes de empezar el trabajo, la escultura ya terminada, pues, como decía su padre, el arte de esculpir consiste en remover capas de piedra hasta revelar la imagen que allí se esconde. Una vez arrancada del bloque a base de percusión, la piedra escogida se desbastaba con una herramienta para darle una primera forma, aún tosca. Luego, con o sin abrasivos, dependiendo de la piedra, se frotaba con una superficie más dura y se preparaba para recibir el diseño que el maestro escultor delineaba con una herramienta con punta de cuarzo. Después, utilizando un arco de madera con una tensa cuerda de fibras de agave cubierta de arena fina o polvo de jade, se empezaba a aserrar, picar, agujerar y friccionar la parte más prominente de lo que sería la escultura que, en la gran mayoría de las piezas olmecas, resulta ser el área donde la ancha nariz descansa sobre el labio superior volteado hacia arriba, revelando una enorme cavidad bucal. Según Ojo de Obsi­dia­na, era muy importante verter agua sobre el área que se corta, pues si no, la piedra se calienta y puede quebrarse. En ese momento, Piedra Mojada entendió el verdadero significado de su nombre.

Huecos como el interior de una boca se lograban a base de punzonas huecas que el tallador giraba con un arco de cuerda o frotando las manos. Los pequeños postes cilíndricos que resultaban eran rotos y la superficie se alisaba. Con punzones sólidos que podrían ser de piedra dura, hueso o madera hacían los finos orificios de lóbulos y tabique; en muchos casos, se hacían perforaciones atrás de la pieza para poder colgarla. Diseños secundarios como bandas incisas alrededor de la boca o frente a las orejas se realizaban con una fina punta de cuarzo a mano firme y segura. Para darle lustre, el artefacto era pulido repetidas veces, ya con madera, piedra o piel, a manera de lija. Ya que las distintas piedras tienen diferentes grados de brillo, se utilizaban fibras aceitosas de algunas plantas, con cera de abeja y excremento de murciélago. En muchas ocasiones Piedra Mojada escuchó a su padre advertir a otros es­culto­res en el taller que todos los aspectos visuales de una escultura, especialmente en las hachas votivas por su contorno geométrico, debían de fluir armoniosamente, con movimiento propio, ola tras brillante ola, para obtener una gran boca magnífica y aterradora.

Una semana después, mientras se dirigían a casa, Piedra Mojada comentó a su padre que ser escultor, aunque extremadamente laborioso, era muy grato pues resultaba en gran conocimiento de la piedra: la presión ideal para trabajarla, la forma individual que responde al pulido, el grado de calor que cada una soporta, y otros detalles que sólo son revelados con años de contacto íntimo. Pero lo que le preocupaba era no conocer la religión olmeca, lo que, a su modo de ver, daba vida a estas piedras. Para tranquilizarlo, su padre le contestó que era normal que se preocupara por eso, y dijo que todas las esculturas que expresaban la realidad olmeca, tanto la visible como la no visible, se agrupaban en tres imágenes fundamentales que eran claras y distintas.

Las tres imágenes fundamentales de las esculturas olmecas

La primera imagen, posiblemente la más antigua, era la de un saurio, un zoo­mor­fo reptil convencionalizado, que se representa como un lagarto con ceja serrada, ojo en forma de rectángulo o de “L” caída y una hendidura en forma de “V” sobre la cabeza. No tie­ne mandíbula inferior, pero su labio superior está siempre volteado hacia arriba revelando su dentadura de reptil y, a veces, un diente de tiburón. Lo curioso es que por lo co­mún sus patas se representan como si fueran manos humanas con los de­dos distendidos lateralmente. Antiguamente, su cabeza de perfil se acom­pañaba de símbolos como ba­rras cruzadas, volutas opuestas o ma­nos con los dedos distendidos lateralmente. Hoy en día, tallamos muy pocos artefactos portátiles de esta imagen. Su presencia en la escultura monumental ocurre principalmente en los atavíos de los baby-face y en la banda superior de los “altares”.

El baby-face, o “cara de niño”, es la se­gunda imagen básica del arte olmeca. Igual de antiguo que el zoomorfo reptil; el baby-face, desde el punto de vista del escultor, es más di­fícil de lograr porque la tradición requiere que lo hagamos de un mo­de­lo vivo, pues estos individuos son sagrados en nuestra religión y es importante captar realísticamente todas sus peculiaridades congénitas: grandes cabezas, ojos almendrados, mandíbulas, largo torso y extremidades cortas y gruesas. Aunque todos se parezcan entre sí, muestran sutiles diferencias físicas. De tamaño portátil, tallamos sus rostros en forma de máscaras, además de individuos de pie o sentados de cuerpo entero. Los que están de pie generalmente sólo portan taparrabos y se caracterizan, además de por sus facciones únicas, por su forma de tener las rodillas parcialmente flexionadas. Los sentados se hallan, por lo común, ricamente ataviados con sus vestimentas rituales. Como monumentos, los baby-face se tallan en forma de cabezas colosales e individuos sentados ritualmente ataviados.

La tercera imagen, la que más trabajamos, es una imagen compuesta que combina elementos del zoo­mor­fo reptil, tales co­mo la hendidura en “V” y cejas serradas o colmillos con el cuerpo de baby-face. Lo que distingue a esta imagen de las otras es el peculiar ancho de la nariz que descansa sobre el labio superior volteado hacia arriba. Como en algunas imágenes del reptil, este antropomorfo compuesto a veces lleva dos barras verticales que van de las fosas nasales a la base del labio volteado. Esta figura ritual, frecuentemente esculpida en bulto, de tamaño portátil monumental, muchas veces porta una antorcha o “manopla”. Es el “niño” que aparece en los brazos de los baby-face y, como adolescente o adulto, sentado en cuevas. De cuerpo entero o en bustos lo grabamos o tallamos en jade, en relieve sobre objetos de uso cotidiano rituales y de adorno. Su cabeza de perfil tiene incisiones como parte de ban­das auriculares y bucales.

Después de un largo silencio que siguió a la explicación de Ojo de Obsidiana, el muchacho olmeca preguntó a su padre: ¿crees que algún día llegaré a ser un gran escultor? Sí, le contestó el padre, el día que seas capaz de sacar las mejores imágenes no de tu cabeza, sino del corazón de una piedra.

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