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Vidrio artesanal en México

Por: Lilia Ruiz Villarreal

No se sabe cuándo, dónde ni cómo surgió el vidrio, pero las primeras cuentas de este material, hechas para imitar a las piedras preciosas, corresponden a tres mil años a C y se descubrieron en Asia Menor. Un registro más consistente se tiene a partir de 1650 aC, cuando en Mesopotamia ya se elaboraban botellas y recipientes de vidrio.

El faraón Tutmosis III (1504-1450 aC) llevó vidrieros de Siria a Egipto; entonces el vidrio se fabricaba a partir de arena sílice, feldespasto y bario, en tanto los óxidos cumplían el objetivo de darle color y tono, y su uso estaba reservado para la elite.  Más tarde, durante el periodo helenístico (330-30 aC), sus brillos se expandieron por el Mediterráneo hasta obtener el máximo esplendor con el vidrio soplado en el arranque del imperio romano al despuntar el siglo I. Las herramientas y las técnicas de esa época se continúan usando en la actualidad.  Con la caída de dicho imperio llegó la opacidad a las superficies del cristal; sin embargo, los maestros vidrieros crearon todo tipo de objetos preciosos, como copas y aguamaniles, y ya en el ocaso de la Edad Media, a partir del siglo XII, empezaron a montar los hermosos vitrales con la técnica del vidrio coloreado. 

DE NUEVO A LA PALESTRA    

No fue sino hasta el siglo XIII, cuando el vidrio renació en Venecia y de modo sobresaliente en la isla de Murano, donde los vidrieros fueron confinados por la contaminación que producían y porque de ese modo se podía vigilarlos, ya que tenían prohibido viajar al extranjero. La fórmula del vidrio incoloro que consiguieron se guardó por siglos como secreto de Estado. El secreto del Murano, sin embargo, consiste en las burbujas que se observan en su interior.  A finales del siglo XVII, los artesanos de Bohemia rivalizaron con un vidrio de mayor calidad que desde entonces aumentó la fama de sus piezas. Pero hubo que esperar hasta 1674, cuando el inglés George Ravenscroft añadió óxido de plomo a su mezcla, para declarar la aparición de un vidrio cuyo índice de refracción superó al de todos los conocidos hasta ese momento.  Entre tanto, para el siglo XIV ya se producía vidrio en Barcelona, y en 1475 se permitió a los monjes fundar un taller de vidrio en el Convento de San Jerónimo de Guisando, en Ávila. Durante el siglo XV se registraron talleres en Sevilla, Almería, Málaga y Castilla, pero fue en 1727 cuando se otorgó el permiso para establecer una fábrica en La Granja de San Ildefonso, cerca de Segovia, que se convertiría más tarde en la proveedora de vidrio de lujo para la Nueva España.  El 12 de octubre de 1492 el vidrio europeo llegó a América con Colón. Las cuentas de vidrio o margarite cautivaron a los indios americanos, anzuelo vítreo también utilizado por Hernán Cortés y Bernal Díaz del Castillo, ya que los indígenas otorgaban un especial aprecio a la obsidiana y al cristal de roca. 

DE FABRICACIÓN LIMITADA    

Los maestros vidrieros llegaron con el virrey Antonio de Mendoza. El primer fabricante de vidrio registrado fue Rodrigo Espinosa, quien arribó en 1533 a Puebla, donde se establecieron los talleres de vidrio de la Colonia. Agrupados en gremios, los vidrieros de la época eran españoles o criollos, pues los naturales no participaron en esta empresa. Durante los tres siglos del virreinato la fabricación se vio muy obstaculizada; el vidrio plano no se empleaba en las ventanas porque era caro y éstas se cubrían con hojas de madera. Se usaba para cubrir imágenes religiosas, sagrarios, nichos y vitrinas pequeñas. Aun así, el vidrio novohispano se enviaba en un principio a Puerto Rico, La Habana, Perú y Caracas.

Siempre compitió con el vidrio europeo, comercializado primero por españoles y más tarde por ingleses y otros europeos, quienes con inigualable maestría supieron traducir los gustos novohispanos a las mercancías que vendían.  En algunos vasos de opalina blanca provenientes de la fábrica de la Granja se lee: No me olvides, Regalo a mi esposa y A mi dulce cariño. Algunos objetos tenían grabados los nombres de los dueños, los edificios emblemáticos o la vestimenta de la Colonia; tampoco faltaban las imágenes religiosas, como la Guadalupana.

Para colmo, al extenderse sin freno, el contrabando se encargó de abaratar todas estas mercancías; los objetos de vidrio, ya fueran para ricos o para pobres, se ofrecían en El Parián, ubicado en la Plaza Mayor de la ciudad de México o mediante vendedores ambulantes que recorrían todo el territorio.  Por otro lado, la profusión del vidrio debía vencer dos tendencias muy arraigadas. Una, el gusto muy notable de las familias novohispanas acomodadas por usar vajillas de plata; otra, que la población indígena estaba tan acostumbrada a servirse en sus tradicionales utensilios de barro para comer y beber, que miraba al cristal sólo de lejecitos. Además, las reformas borbónicas de 1760 no favorecían la fabricación del vidrio en este territorio, de modo que hacia 1794 sólo había tres fábricas de vidrios, ordinarias y débiles, como señaló Manuel de Flon, gobernador e intendente de Puebla.       

PÉRDIDAS Y RESCATES    

A pesar de la guerra de Independencia y la convulsión política, algunas fábricas pudieron establecerse y con ellas difundir la producción artesanal. La primera fue la Compañía Empresaria para la Fabricación de Vidrios al Estilo de Europa, en la ciudad de Puebla, inaugurada en 1838 y que operara hasta 1885, aunque permaneció cerrada entre 1843 y 1855. En Texcoco, localidad intermedia entre la ciudad de México y Puebla, se desarrolló un importante núcleo vidriero. La fábrica El Crisol, abierta en 1749, pasó a manos de Antonio Derflingher, quien la consolidó de tal forma que continúa activa hasta la fecha; uno de sus descendientes fundó en 1948 la fábrica Vidrios Texcoco.

Esta zona adquirió fama por sus garrafones de damajuana, de vidrio prensado y por sus vitroleros.  La Fábrica de Carretones se inauguró en 1889 en la ciudad de México, en la que su dueño, Camilo Ávalos, aplicó la técnica de soplado y que actualmente continúa produciendo piezas muy estimadas. El proceso de soplar y moldear el vidrio continúa inalterable, así como también el soplado en moldes. Cada una de las generaciones de los Ávalos ha hecho aportaciones artísticas, aunque la fábrica casi estuvo a punto de cerrar en 1946. Fue Francisco Ávalos quien pudo sacarla adelante al cambiar de giro y abandonar la fabricación de objetos utilitarios y cotidianos para dedicarse completamente a la producción artesanal de obras de arte.  Debido a la labor de los Ávalos se abrieron talleres en Puebla, Apizaco, Texcoco, Guadalajara y Toluca.

Por su parte, Odilón Ávalos, descendiente de otra rama de la familia, fundó en 1890 una fábrica en Guadalajara, decisiva para la apertura de nuevos talleres en la región.  Otra fábrica importante, aunque ya desaparecida, fue la Casa Pellandini, la cual elaboraba y distribuía lunas, espejos, cristales, vidrios y molduras, entre otros; asimismo se dedicó a la creación de vitrales. Hacia fines del siglo XIX en Monterrey, la fabricación masiva de botellas para cerveza determinó una tajante división entre el vidrio artesanal y el industrializado. 

LA RECUPERACIÓN DEL ESTILO    

El movimiento nacionalista engendrado por la Revolución Mexicana permitió rescatar muchas de las tradiciones artesanales que estaban a punto de sucumbir. El gusto por lo propio favoreció la transformación de las artes y consecuentemente de los objetos decorativos, utilitarios y del mobiliario. A partir de entonces, el estilo mexicano y sus procesos de fabricación comenzaron a ser altamente valorados.  Las técnicas tradicionales con las que se elabora el vidrio artesanal en México son el soplado, el soplado en molde, el azogado, el craquelado, el prensado, el esmerilado o de pepita, el pintado y el estirado, en las que por lo general se agrega pedacería del vidrio a la mezcla.  El vidrio soplado en molde se hace con vidrio de desperdicio a alta temperatura; cuando ya está semilíquido se toma una parte en tubos de acero y se va soplando dentro de moldes. Al obtener la forma deseada al rojo vivo, se quita del molde y se ingresa a unos hornos para enfriarlo poco a poco. Por su parte, el azogado aplica una placa metálica como espejo en la parte interior con el objeto de que tome el color del vidrio. 

EL VIDRIO PRENSADO AÚN SE HACE EN MOLDES DEL SIGLO XIX    

El de pepita tiene decoraciones de flores y hojas muy parecidas a las pepitas o semillas de calabaza hechas con esmeril. Para el craquelado la pieza se sumerge en agua y cuando está al rojo vivo debido al brusco cambio de temperatura, se estrella. Posteriormente se regresa al horno para que los trozos se peguen y consiga la textura.  Los objetos que produce el vidrio artesanal con estas técnicas han ido cambiando, sobre todo con el triunfo de algunos productos de consumo, como la cerveza o por la imposición de nuevas modas. 

DEL PULQUE AL MINIMALISMO    

A pesar de las prohibiciones, el pulque continuó durante siglos siendo la bebida nacional. Debido a su origen prehispánico no era digno de ser servido en cristalería europea, por lo que para beberlo cómodamente hubo que crear una serie de formas características que se convertirían más tarde en el vidrio pulquero. Había macetas o camiones, vasos de gran tamaño para los tragones; las catrinas eran recipientes ondulados con la forma de la cadera de una mujer; los tornillos asumían una forma cilíndrica, de tamaño mediano, torcidos como charamusca o con una espiral.  En tanto, las cacarizas tenían unas protuberancias semejantes a las ci-catrices de la viruela; los chivatos eran vasos de asa muy semejantes a los tarros para tomar cerveza, pero de mayor capacidad que el tornillo; y en los chivos, más pequeños que los anteriores, resaltaba una pequeña cara de chivo. También existían las tripas, vasos cilíndricos con asas alargadas, delgadas y moldeadas; las violas, recipientes de media caña en su parte superior y goteadas en su parte inferior, de tamaño mediano.

Las reinas eran parecidas a las violas, pero de mayor tamaño, como las macetas o los camiones, de color verde transparente.  Lamentablemente, al caer en desuso, la producción desapareció. Sin embargo, estas simpáticas piezas de museo se pueden encontrar en algunas tiendas de antigüedades o descubrir en los mercados de pulgas.  Otro objeto de vidrio soplado que ha desaparecido es el atrapamoscas. Se trata de una botella con un fondo muy ancho y un agujero en la parte inferior con un ligero, pero no muy profundo borde donde se colocaba el alcanfor para atraer a las moscas. Hay algunas muestras con patitas y otras con un cordoncillo por el cuello para colgarlas.  No todos los objetos de vidrio ya desaparecido eran utilitarios, Algunos poseían una función decorativa, como las esferas de todos los tamaños y colores que colgaban en las pulquerías para asustar a los malos espíritus, las cuales también se usaban en las boticas o farmacias y en las iglesias.  Los ojos de boticario, bolonches o lágrimas de boticario consistían en unas esferas de vidrio soplado transparentes que se llenaban de agua de diferentes colores y se ponían unas encima de las otras. Por lo general, adornaban los aparadores de las boticas o los altares de Dolores.       

BRILLOS ENGAÑOSOS    

El vidrio plata de pobre es, sin duda, uno de los más llamativos. Fue un recurso ingenioso de las iglesias con exiguos ingresos durante finales del siglo XIX, sobre todo en las zonas de Oaxaca y Puebla. Por lo general, se trataba de adornos que consistían en floreros, candeleros, candelabros y copas azogadas que aparentaran ser de plata.  Los talleres artesanales de vidrio mexicano continúan produciendo sujetándose a las modas. Si bien muchas piezas ya no se encuentran en el mercado debido al desuso, otras las sustituyen y otras más sobreviven, como los vitroleros para aguas frescas o los vasos de vidrio soplado que engalanan fiestas y mesas.

Como elemento decorativo, en muchos hogares mexicanos se amontonan en cestos ad hoc las llamativas esferas de cristal de diferentes tamaños y colores.  Actualmente, gracias a los diseñadores, el vidrio soplado se ha expandido, y sus formas y tamaños no sólo se han modificado, también pueden encontrarse en muchas variedades de colores. Los vasos adquieren todas las formas posibles: tequileros, high ball, old fashion, agua y hasta jumbo. Respecto a las copas se pueden para agua, cerveza, martini, vino blanco o tinto. Entre los objetos desfilan hieleras, botaneros, ensaladeras, fruteros, pasteleros y hasta un recipiente de nueva creación para ofrecer papitas fritas llamado chip n’ dip. 

La decoración adquiere todas las variables posibles. Puede darse el caso de una austera línea de color en la parte superior, por lo regular verde o azul, o el decorado en espiral o forma vertical y el vidrio liso o acanalado. Sin duda, el artesano ha dejado volar la imaginación.  Pero también el vidrio soplado se combina con diferentes materiales como el hierro, el corcho, la madera o el pewter. El hierro y el vidrio han dado como resultado lámparas multicolores; mientras con el pewter las copas vuelven elegante a la reunión.  Proveniente de Puebla, el vidrio pintado a mano y esmaltado a fuego ha hecho su reaparición con vitroleros, barriles, jarras y vasos con flores que además de calmar la sed alegran el alma. 

El vidrio prensado se ha vuelto muy escaso. La mayoría de los objetos dedicados al pulque desaparecieron de los anaqueles y alacenas; sin embargo, todavía se pueden disfrutar algunas miniaturas elaboradas en ciertos talleres de Puebla y Texcoco. También se encuentran gallinitas para la sal de mesa, copitas, trastecitos, barrilitos y tarritos.  Los colores demuestran ser un reto a la fantasía: bandas de azul cobalto, con verde y turquesa, lunares e hilos jalados. El confeti combina la amatista, el azul cobalto, el verde, el naranja, el turquesa y el amarillo. También el artesano se ha atrevido a crear variaciones de una sola tonalidad, como en el caso de los verdes o los ámbares, para mencionar algunos de ellos.       

UN ROJO DE REFLEJOS DORADOS    

¡Qué decir del famoso vidrio rojo de Guadalajara! El maestro Jaime Camarasa, con una valiosa fórmula puede combinar arenas, carbonatos, feldespatos y calizas con oro, sólo para darle ese intenso color y así encender sus obras de arte.  Respecto de la producción, hoy día se pueden fabricar cada mes unas cien esferas grandes de vidrio soplado azogado; las copas varían según la capacidad del taller, pues mientras unos producen sólo 200 mensuales, otros pueden llegar a cinco mil.  Los talleres de vidrio artesanal se encuentran dispersos, pero destaca su ubicación en el centro y norte del país debido a la gran demanda del extranjero. Se localizan en la ciudad de México, Guadalajara, Tlaquepaque, Tonalá, Monterrey, Texcoco, Puebla, Durango, Toluca, Xalapa, Ciudad Juárez y Tijuana.Finalmente, no es posible hacer un breve recorrido por el vidrio artesanal de México sin mencionar el vidrio estirado, desarrollado por la familia Lemus de la ciudad de México a fines del siglo XIX. 

En cualquier feria o celebración importante en el centro del país nunca falta este característico puesto donde se elaboran las familias de animalitos con toda minuciosidad. Estas miniaturas se crean con un soplete, a la vez que se estira el vidrio y se van aplicando delicados hilos. Entre sus manifestaciones aparecen cisnes, caballos, plazas de toros, mariachis, faroles... Son característicos de Puebla, Guadalajara y la ciudad de México.  Frágil, pero hermoso, delicado, pero útil, el vidrio artesanal sorprende a todos. Hemos seguido su ruta guiándonos por resplandores y reflejos y por la certeza de que el vidrio artesanal en México ha adquirido más valor que el que solía dársele. Hoy los grandes coleccionistas pagan fuertes sumas por algunas piezas de la riqueza histórica y artesanal del país.

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