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Acervo fotográfico Casasola

Antes de los ensayos de los años ochenta lo más importante del Fondo Casasola eran las fotos de la Revolución, ahora éstas comparten su lugar con las de las prácticas de encierro y persecución en las cárceles y los juzgados.

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Las buenas intenciones o los puntos de vista “correctos” no siempre producen mejores fotografías que las que no lo tienen. Hay un campo de antigüedad muy marcado al hablar de las intenciones de un fotógrafo como criterio para el análisis de su obra. Una foto no se reduce a la intención de quien la toma, ni de quien la publica o financia. Tampoco a la intención del público que la consume, incluido el historiador o el crítico. Los significados que una fotografía puede reflejar no son inmutables ni finitos. Cada vez que tiene un nuevo uso, su significado se reitera o diversifica.  Antes de los ensayos de los años ochenta lo más importante del Fondo Casasola eran las fotos de la Revolución, ahora éstas comparten su lugar con las de las prácticas de encierro y persecución en las cárceles y los juzgados. Si el uso de una fotografía determina su valor (y su significado) en la misma medida en que lo determina su producción, entonces ese valor y ese significado son relativos, pues se constituye cada vez que la sociedad encuentra en ella un nuevo uso.

La fotografía de prensa está llena de fotos reiterativas, subordinadas por el momento y la intención con las que el fotógrafo las captó; sin embargo, en los archivos de los diarios, también pueden encontrarse fotografías extraordinarias tomadas con la naturalidad de “sentirse en el medio”; con una destreza aparentemente despreocupada que da el oficio ejercido durante años. Tal vez este es el ingrediente que se puede encontrar en las fotografías de Casasola, que están lejos de ser arqueología; exceden sus propios límites, o cuyos límites están más distantes de lo que hasta hoy hemos reconocido.

Por el contrario, las transformaciones de nuestra sociedad en los últimos 70 años nos dejan ver con mayor claridad aspectos para los cuales no había una perspectiva ni histórica, ni epistemológica en época en que esas imágenes fueron tomadas. Las fotos de alzamientos revolucionarlos (desprestigiados primero y mistificados después) de asesinatos políticos, de represión y control de la población civil en la entronización de caudillos o de élites políticas, y su manejo como verdad absoluta por los medios informativos, son actualmente prácticas magnificadas por estructuras de dominio tan desarrolladas y tan sutiles que aquellas en las que Casasola participa son apenas un preámbulo.

La historia de la fotografía está hecha de un nexo inseparable entre las imágenes, sus usos y los discursos que se han producido sobre aquellas y sobre éstos. El camino que nos ha interesado es conocer y alterar los usos y los discursos que pretendían ser, no sólo la explicación de las imágenes, sino de las realidades a las que ella se refiere. Desbaratar esos nexos y establecer otros que, en cierto momento, nos regresan al punto de partida, estas fotos son a nuestro parecer mucho menos y mucho más de lo que se había pensado con relación a su objetividad y a su valor testimonial. En todo caso siempre nos guía el principio de desmitificar el conocimiento de sí. En el Archivo Casasola hay un filón infinitamente más rico de lo que puede suponerse en una obra reunida en más de medio siglo para la prensa, las editoras comerciales y las oficinas de gobierno.

Aunque parezca una actitud desmesurada en el trabajo de Casasola, su ambición de prestigio como cronista de la Revolución, su interés casi exclusivo en los beneficios comerciales, como propietario del tesoro gráfico de la nación, la acumulación febril y casi indiscriminada de negativos y positivos que acrecentaban su archivo, lo favorecieron. El propósito de registrar y coleccionar todo evento significativo que se produce cada día en el país es de por sí desmedido. Sólo la idea de que la fotografía y la prensa cumplen esta función naturalmente, pudo sostener ese empeño durante buena parte de su vida y la de sus hijos, lo cual hizo posible que, efectivamente, el país atesore hoy un testimonio que medio siglo después no ha terminado de empezar a conocer.

Agustín Víctor Casasola sigue siendo uno de los fotógrafos mexicanos más nombrados y menos conocido. Hasta hoy sigue sin concluirse un catálogo completo que haga accesibles todas las secciones de su colección. Existen ensayos descriptivos o críticos de algunas de sus fotografías, pero apenas con ellos se abre camino para recorrer ese apasionante laberinto. Hay muchas posibilidades: seguir la identidad de los autores que conforman el fondo y diferenciar al interior de la colección el trabajo de cada uno de ellos. Considerar unidades temáticas o cronológicas; separar las fotografías a las que se les atribuye una singularidad histórica o estética, establecer cualquier otro sistema de diferenciación, las críticas, las oficialistas, etc. Todas estas variantes se han intentado, y cada una de ellas aporta tanto al conocimiento de la foto como al método para estudiarla.

DEL GABINETE DE VALLETO AL ESTUDIO ANTROPOMÉTRICO DE LA CÁRCEL DE BELÉN

La producción de retratos y escenas de la vida de la burguesía ésta unida a su voluntad de mirarse como la forma más deseable y civilizada de ser social. Y la temática de los anormales y las antisociales es la parte antagónica de ese mismo guión. De ahí la insistencia en poner de manifiesto su correspondencia. A través de los retratos de gabinete se pretende escenificar un ideal, reflejar las aspiraciones de los individuos retratados; a través de las fotografías de reos y locos se inicia o se consolida la materialización de otro ideal, el de las aspiraciones de las instituciones que retratan.

Con el mismo fin que en el negocio de las tarjetas de visita, el fotógrafo tenía el compromiso de hacer la mejor representación del aspecto contratado por el cliente; el fotógrafo de prensa estaba obligado a producir la representación más aceptable y persuasiva del poder. Algunas nociones que cimentan el estilo fotográfico de la época, en la que cada género va tomando su definición, son comunes para unos y para otros: la idea de la fotografía como representación fidedigna de las virtudes personales del modelo. El retrato de gabinete del siglo pasado reproduce, en el plano del individuo, la misma estrategia y los mismos valores que funcionan en el plano de la sociedad. La fotografía de prensa nace con el aura de ser una representación real de los acontecimientos sociales, y la fotografía oficial como un registro neutro y fidedigno de ciertas prácticas institucionales.

El retrato comercial corresponderá a la galería de la decencia y el retrato policiaco a la galería de la insensatez. Son dos vertientes del mismo caudal: la exageración y el acicalamiento de la virtud de un lado en contraposición con la del vacío por el otro. Lo que denotan los cortinajes, el espejo, el libro, el vestuario y las flores en la primera serie, en la otra lo harán el puñal, los andrajos, el banquillo, las rejas y el muro. Se antoja entonces entrar más de lleno en la correspondencia que puede haber entre la fotografía y la literatura.

Para el derecho penal no hay responsables abstractos de un delito. El culpable es siempre una o varias personas. En particular el proceso penal es una ser le de actuaciones judiciales sobre el individuo y su responsabilidad ante el Estado, como gestor social. La fotografía judicial en sus distintas vertientes se produce en el ámbito de esa persecución particularizada. Por eso en este género predomina el retrato. Un tipo de retrato sujeto a normas muy estrictas, tanto para el que posa como para el que hace la toma. Hay que esperar 40 años para que sea concebible, política y fotográficamente, algo tan espectacular como lo que hicieron en Lecumberri Siqueiros y Héctor García, en 1968. Hay un molde para la gráfica, análogo al de la ficha del expediente penitenciario, al formato de las declaraciones judiciales y al de los reportes clínicos del manicomio. Se trata de ser les de regularidades que eviten al máximo las alteraciones o los eventos ininteligibles.

De un lado el procedimiento judicial y la fotografía se refieren a una situación específica y a una persona cuya identidad es decisiva. Pero al mismo tiempo la identidad no importa, sino el molde, el tipo al que se reduce la persona: la reducción de lo humano y de lo social a un conjunto e especímenes o “casos” manejables científica y políticamente. La sumisión de la realidad a patrones que la estructuren es un intento que en su mismo ejercicio tiene resquicios por donde de alguna forma esa realidad estalla. Difícil de amordazar del todo, hay algo humano que de cualquier manera se abre camino. Paradójicamente, en muchas de aquellas fotografías, tomadas por Casasola en el interior de la cárcel de Belén y posteriormente en la de Lecumberri (1900-1935), sujetas a una preceptiva estricta se encuentran escenas y retratos de una vitalidad expresiva que asombran a muchos fotógrafos más dueños de sus trabajos y de sus intenciones.

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