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Calendario y escritura en Monte Albán, Oaxaca

Estas representaciones permitían transmitir a la población la memoria de los eventos importantes, las tradiciones y un código de cuantificación para marcar los acontecimientos anuales, los meses y los días, es decir, un calendario.

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Al principio, el calendario y el sistema de escritura se reducían a un conjunto elemental de símbolos que se usaban para contar y nombrar las cosas, como vemos en las llamadas estelas 12 y 13 de Monte Albán, donde el número 5 se representa como un dedo humano y el uno como un primitivo punto. Desde entonces, hace 25 siglos, se asociaban los números a símbolos (glifos), rostros y figuras humanas, para dar nombre a las personas y a los lugares, y para marcar las fechas de los sucesos. Así, por ejemplo, el nombre de una persona se componía de un número y un glifo, dependiendo del mes, día y año en que le había tocado nacer.

Ése es el caso de las lápidas más antiguas de Monte Albán, que se conocen popularmente como Los Danzantes. En ellas los glifos designan con un nombre a los personajes. Don Alfonso Caso, el famoso arqueólogo que exploró Monte Albán, también descubrió que había una correlación entre esos símbolos representados en las estelas y los sucesos ocurridos en ciertas fechas, por eso se dio a la tarea de identificar tanto los glifos como a los personajes, tarea que después le proporcionó una serie de asociaciones que le permitieron acercarse a desentrañar el significado de los mensajes escritos en las lápidas y las estelas, que habían sido empotradas en los muros de los grandes edificios, o bien clavadas en los pisos para que el público las viera, conmemorando algunos de los templos más importantes.

En una época más tardía, alrededor dei año 100 de nuestra era y en adelante, ser un huezeequichi, escribano o escritor, un huecaayye, pintor, o un tocaayayye, escultor, era una gran empresa intelectual a la que podían dedicarse sólo unos cuantos. Los que escribían, pintaban o esculpían tenían que haber recibido una rigurosa educación desde su nacimiento; sus padres generalmente eran huezeequichi que los habían instruido en las artes y en el conocimiento de los glifos y la escritura. Con mucha disciplina aprendían desde muy jóvenes, pero sólo los escribanos maduros y ancianos tenían permitido grabar las imágenes que serían expuestas en la Gran Plaza de Monte Albán y en los edificios más importantes de la ciudad.

La tarea de estos escribanos era asistida por algunos jóvenes aprendices que se encargaban de pulir las piedras para que el maestro pudiese trabajar en sus diseños; también eran los responsables de proveer al maestro de suficiente agua, elemento central en el proceso del tallado y pulido de la piedra, así como de cuidar que las herramientas de piedra, como martillos, picos, raspadores, pulidores y punzones hechos de cantos de río, estuvieran correctamente afiladas para que el escribano no tuviera queja. Como se puede ver, ser aprendiz era una gran responsabilidad.

EI sistema calendárico era una convención de símbolos asociados al ciclo solar, el cual se compartía con otros pueblos mesoamericanos. Los zapotecos también tenían un calendario ritual o sagrado (piye) que comprendía el año de 260 días, donde se combinaban 20 días con 13 numerales que daban como resultado los 260 nombres diferentes; y un calendario solar de 365 días (yza), de 18 meses de 20 días y 5 días adicionales; ambos calendarios derivaban de los que habían inventado en sus orígenes.

Como en el resto de las culturas mesoamericanas, en el sistema de calendarios zapotecos también coincidían las cuentas ritual y solar cada 52 años, y de esta manera se completaban los siglos, que indicaban el momento de la renovación total de la vida de la gente y de las ciudades, era el momento deI Nuevo Sol. Los glifos eran los símbolos que permitían reconocer los elementos fijos de la memoria colectiva, como los nombres de los pueblos, los grandes guerreros, los parajes y eventos importantes. Así, por ejemplo, nombres como Yopaá (Mitla), que significa “lugar de descanso”, Guichibaa (Tlacolula), “la casa de tum- bas”,y Quetetoni (Yatareni) “tortilla de sangre”, son glifos reconocidos por todos los zapotecos deI Valle de Oaxaca.

Las estelas del Mogote, grabadas alrededor de 600 a 800 años antes de nuestra era, y las primeras de Monte Albán, realizadas por el 1500, también antes de nuestra era, son muy complicadas de descifrar porque combinan personajes, fechas y glifos en acontecimientos importantes. En ellas se representan conquistas, entrega de tributos, entronizaciones, ritos de iniciación y otros eventos de suma trascendencia para el pueblo zapoteco.

Algunas de estas estelas se integraban a la arquitectura, lo que de alguna manera ayudaba a identificar ciertos edificios con actividades fundamentales, como la agricultura, las conquistas guerreras, los ritos religiosos, los cambios del poder político, los avisos de los consejeros a los gobernantes y las acciones de autosacrificio. Todas estas representaciones eran cuidadosamente colocadas a la vista de todos, en las fachadas de los edificios, con el objeto de que el pueblo pudiese compartir los sucesos, recordar sus orígenes y admirar el poder de sus gobernantes en las campañas de conquista de otros pueblos.

Cuando un edificio era ampliado, como sucedía regularmente cada siglo de 52 años, las estelas o lápidas grabadas quedaban protegidas por la nueva construcción, es decir que se guardaba con mucho celo el significado ritual y la historia que representaban. Esto nos demuestra que tanto la escritura en las estelas como la arquitectura misma eran también objeto de veneración. Al iniciarse un nuevo ciclo mediante la celebración del fuego nuevo, en toda Mesoamérica se procedía a dejar plasmadas las evidencias de los hechos más relevantes de la historia local en estelas que perdurarían por siempre.

El calendario era calculado con base en los movimientos de los principales astros, el Sol y la Luna, porque regían todos los destinos y eran los más seguros. Era importante, por lo tanto, tener un sistema de observación astronómica muy bien diseñado, que le diera a los sacerdotes la precisión necesaria para medir los eventos anuales y para de- terminar la orientación de las construcciones.

Como los principios básicos del calendario se compartían con los otros pueblos, a veces era preciso ajustar sobre todo los días extraordinarios de los años bisiestos, para que el calendario no perdiera la secuencia original ante los cambios de estación. Con este objetivo se celebró una importante reunión en Xochicalco, a la que asistieron los sacerdotes científicos para acordar el ajuste de los calendarios. En ese evento estuvo presente una comisión de zapotecos de Monte Albán, otra de los señores del Mayab y otras más del Altiplano. Las discusiones duraron varios días y al término de las mismas los sacerdotes dejaron plasmada en la piedra del edificio central la conmemoración de tal encuentro. Se habían hecho coincidir las cuentas calendáricas de los pueblos mesoamericanos.

El concepto dei tiempo era muy importante porque representaba los ciclos de la vida, de la agricultura, de los días aciagos y de los tiempos de guerra. El ciclo de la vida humana era una manera de calcular el tiempo, de allí la importancia de celebrar los diferentes momentos del desarrollo de los individuos. Así, había el tiempo de concebir, de nacer, de aprender, de reproducirse y de morir. El paso de una etapa a otra era, con justa razón, un evento mayor que debía festejarse ante el pueblo con júbilo. Se celebraba el nacimiento con la presencia de los adivinos que leían el futuro deI recién nacido y le escogían su tona, o acompafiante protector, que lo resguardaría de las cosas malas con que pudiera tropezar en su vida.

El convertirse en adolescente también era motivo de alegría. En una ceremonia se presentaba al nuevo joven con sus armas y objetos de trabajo, y se le reconocía como un nuevo integrante de la vida social y miembro del ejército. Siendo adulto el individuo debía casarse para asegurar la compafiía, el trabajo, los herederos de la tierra, pero sobre todo para ser reconocido como un hombre de bien en la sociedad. Finalmente, la muerte se celebraba para asegurar la vida póstuma del individuo, terminando así el ciclo mundano e iniciando el ciclo permanente de la vida espiritual.

Otro ciclo de igual importancia era el agrícola, porque de éste dependía el sustento. En este caso, primero había que realizar ofrendas al campo, que consistían de sangre para fertilizarlo y de figurillas de mujeres, porque éstas, como la tierra, representaban la fecundidad.

La tierra se preparaba con mucho trabajo, con el esfuerzo de todos y con la colaboración de los sacerdotes, quienes decían las oraciones y sahumaban con copal. Después llegaba el momento de sembrar, acción que necesariamente hacían los hombres; todos iban al campo con su bastón plantador, o coa, y con su ayate lleno de semillas; antes habían ayunado para evitar cualquier influencia negativa sobre la tierra. El mejor momento del ciclo agrícola indudablemente era el de cosechar, esto se hacía en medio dei júbilo de todos; allí sí participaban las mujeres y los niños. Con la cosecha se renovaba la vida y se podía iniciar todo una vez más.

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