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El Caballito de Tolsá y su galope por la Ciudad de México

Te presentamos la historia (y avatares) de esta emblemática escultura, obra de Manuel Tolsá, que -en los últimos meses- ha sido noticia por su desafortunado trabajo de “restauración”.

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A la muerte del rey Carlos III de España, acaecida el 14 de diciembre de 1788, fue proclamado como su heredero y sucesor Carlos IV.

El Maestro mayor de obras de la Ciudad de México, don Ignacio Costera y el teniente corregidor Don Bernardo Bonabia propusieron al virrey, conde de Revillagigedo, rendir homenaje a los dos monarcas con sendas estatuas ecuestres que se colocarían en ambas esquinas de la Catedral Metropolitana. En ese momento comenzó la historia.

Por falta de fondos solamente la estatua de Carlos IV pudo contruirse en madera y se colocó en un pedestal de mármol, rodeado por una verja en la esquina de Seminario y la calle de Arzobispado (hoy Moneda); esta primera talla no fue hecha por Manuel Tolsá sino por Santiago Sandoval, cacique indígena del barrio de Tlatelolco y, como es de esperarse, no duró mucho, pues los elementos acabaron por destruir tan precario material en muy poco tiempo.

Poco después llegó un nuevo virrey (y con él un nuevo proyecto): Miguel de la Grúa Talamanca, marqués de Branciforte, quien realizó una serie de actos corruptos que enfurecieron a Carlos IV y, para congraciarse con él -cosa que logró con creces- le propuso realizarle una estatua ecuestre que estuviera en la Plaza Mayor de México, para sustituir a la anterior. El rey aceptó y el virrey nombró a Manuel Tolsá coordinador de la obra y a don Juan Antonio González Velázquez, director de la Academía de San Carlos, el encargado de realizar los planos de alzado de la planta, balaustrado, rejas y adornos correspondientes.

Corría el año de 1790. Para conseguir los fondos se realizaron varias corridas de toros y así se consiguieron 50 mil pesos, cantidad que sobrepasó con mucho los 18,700 pesos necesarios para cubrir el total del proyecto.

El robo de los piratas ingleses

Sin embargo éste fue sólo el principio de las aventuras de Tolsá, ya que, para tener terminada la obra hubieron de pasar algunos años y miles de peripecias, a saber: cuando el arquitecto iniciaba el modelado de la escultura, se supo que la fragata asturiana que transportaba desde Cádiz 90 quintales de calamina -parte del material necesario para la fundición- había sido capturada por piratas ingleses; después no pudieron reunirse los 600 quintales de metal que hacían falta y se suspendió la obra por un tiempo.

Hubo varias inauguraciones en falso: la primera piedra del monumento (todavía sin caballito) fue colocada por propia mano del virrey el 18 de jullo de 1796, con gran solemnidad y pompa.

En la base del pedestal, que era lo único que había, se puso una caja de plomo, que contenía otra más pequeña de cristal con las Guías del Forastero de Madrid y México; el 9 de diciembre de ese mismo año se develó la estatua provisional hecha de madera y estuco, recubiertas con hoja de oro. La celebración duró tres días y hubo salvas de artillería, repique de campanas, y tres mil monedas de plata y bronce que el virrey, la virreina y el Regente de la Real Audiencia arrojaron por los balcones para contentar al público asistente. Terminada la fiesta, Tolsá continuó con el modelado de la estatua definitiva, teniendo como modelo un caballo percherín poblano llamado “Tambor”. El inmenso molde para el vaciado quedó listo para su elaboración en bronce, pero el metal de la fundición aún no estaba completo por lo que Tolsá y su equipo debieron esperar tres años.

Finalmente: el vaciado en el molde

Fue el 2 de agosto de 1802 cuando el molde se recalentó para desalojar la cera y se encendieron los hornos que calentaron los crisoles con 300 quintales de metal cada uno. A las seis de la tarde del día 4, el metal convertido en masa líquida e incandescente fue vaciado en el molde. Después de 5 días la pieza se había enfriado y todo había concluido con éxito. Cuatro días duró el transporte de la enorme escultura de bronce (4.88 m de altura, 1.78 de ancho y 5.40 de largo, es decir ocho veces el tamaño natural y seis toneladas de peso) hasta enfilar la hacia la segunda puerta del Palacio Real. Siete años después de ideado el monumento, el 28 de noviembre de 1803, la pieza fue puesta justo al centro de la Plaza Mayor de la metrópoli. El 9 de diciembre se repitió la fiesta (de más de tres días), recibiendo Tolsá grandes honores. El Caballito, en un principio estuvo, como hemos dicho, en el Zócalo, al triunfo de la Guerra de Independencia, cuando entró a la ciudad el Ejército Trigarante encabezado por Agustín de Iturbide El Caballito estuvo oculto dentro de un enorme globo de madera pintado de azul, incluso hasta después de la coronación.

El Caballito en la Plaza Mayor de la Ciudad de México, hacia 1803.

Guadalupe Victoria, primer presidente de la República, considerando un insulto la existencia de tamaña estatua propuso fundirla, pero Lucas Alamán, que tenía mejor gusto, impidió tal barbaridad. En mayo de 1823 el Ayuntamiento decidió transportar a El Caballito al claustro de la Universidad, situada entonces junto al Mercado del Volador (donde ahora se levanta el edificio de la Suprema Corte de Justicia). Ahí permaneció quince años hasta que Mariano Arista decidió embellecer de nueva cuenta el Paseo de Bucareli, que estaba entonces en remodelación y Carlos IV (y su afamado corcel) fue a parar ahí, a la glorieta de Reforma, en septiembre de 1852. Ni un mes había transcurrido cuando las placas de mármol y los barandales de acero habían desaparecido por obra y gracia de los ladrones. 

Desde su glorieta, El Caballito fue testigo de la Decena Trágica, del crecimiento de la ciudad y de numerosas marchas estudiantiles. También soportó la carga de todos aquellos que se subieron a su grupa para ver espectáculos, manifestaciones o simplemente para tener otro ángulo de la capital aprovechando su notable altura.

Fue hasta mayo de 1979 que El Caballito fue llevado a la calle de Tacuba, frente al Palacio de Minería, y dispuesto en el centro de una pequeña plaza que llevaría también el nombre de su autor (y que antecede al fantástico Museo Nacional de Arte). Hasta la fecha, no se ha movido de ahí ¡y eso que ya ha cumplido más de dos siglos de existencia! ¿Qué otros acontecimientos históricos le tocará atestiguar o vivir a esta emblemática escultura de CDMX en un futuro?

¿Cómo llegar a El Caballito (estatua ecuestre de Carlos IV)?

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