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El día que viajé a Zacatlán y me enamoré de los relojes

Recorre con nosotros el Museo de la Relojería de Zacatlán de las Manzanas, un sitio lleno de historia en donde aprenderás de darle más valor al tiempo.

17-11-2017, 7:39:31 AM
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Editora en jefe digital de México Desconocido. Pata de perro y amante de conocer México a través de sus sabores; en su Instagram seguro encontrarás alguna recomendación sabrosa para consentir el paladar.

Los días pueden ser iguales para un reloj, pero no para un hombre.
– Marcel Proust

Crecí en una familia amante de los relojes. A muy corta edad me dieron mi primera lección para leer la hora y como recompensa recibí un reloj de pulsera color rosa. Para cuando llegué a mi adolescencia, mi muñeca ya estaba marcada con la huella de ese accesorio que me indicaba el paso del tiempo; poco después dejé de usarlos, tal vez fue por que conforme uno va creciendo, menos quiere saber lo rápido que corren los segundos.

¿Alguna vez han sentido que el tiempo se les “pasa volando”? Ese fue el sentimiento que me hizo salir de la monotonía de la vida diaria y aprovechar mis valiosos días en actividades que enriquecieran mi alma. Decidí escaparme a la sierra norte de Puebla, al Pueblo Mágico de Zacatlán de las Manzanas. Ahí, en medio de la serranía poblana, me vi guiada, tal como Alicia  por el Conejo Blanco, en la novela de Lewis Carroll, hacia un lugar lleno de maravillas.

Me hallaba en el mero centro de Zacatlán cuando vi frente a mí un monumental reloj musical de dos caras hecho de flores. Después de rodearlo, me sorprendí al escuchar cómo en punto de las 12 entonaba el Ave María.

Viridiana Mirón

Lo admiré por unos minutos y después tomé camino hacia el Panteón Municipal; me moría de ganas de ver su exterior, que está cubierto de mosaicos que cuentan las historias del origen del universo, de nuestros antepasados prehispánicos y de Zacatlán, pero justo antes de llegar a mi objetivo, me vi seducida por una relojería. Cuando entré, me enteré que un costado se encontraba el Museo de la Relojería “Alberto Olvera Hernández”. Decidí recorrerlo.

Este lugar es como estar en el mero corazón del tiempo. Lo primero que vi fue a los hombres que hoy en día construyen esos monumentales relojes. Justo en medio de las maquinarias y los “tic tacs”, me revelaron por fin quién era Alberto Olvera Hernández. Aquel personaje no sólo había sido el fundador de esta fábrica relojera, también había sido quien del diera el “tic” al reloj que minutos antes había visto junto al kiosco y que le dio el “tac” a otro monumental reloj que ya había visto antes, el que se encuentra en el Parque Hudido de la Ciudad de México.

Viridiana Mirón

Caminé y subí por unas escaleras; encontré cuartos repletos de relojes. Reparé en lo poco que sabía sobre la historia de la concepción del tiempo y cómo ha ido evolucionando a lo largo de la historia de la humanidad.

Vi calendarios y relojes antiquísimos de todas partes del mundo, pero todos con el mismo fin: medir los días. Había relojes de agua, solares, obeliscos, centenarios, de arena, de engranajes, de péndulo, de bolsillo, de cadena, es más, hasta uno que tenía la forma de Garfield, sí, el famoso gato animado de color naranja.

Viridiana Mirón

Con cada paso que daba y con cada “tic tac” que escuchaba, mi percepción del tiempo poco a poco cambiaba, sentía que ya no se escurría entre los dedos, que esas paredes del museo impedían que “volara” como cuando salí desesperada de la ciudad. Rodeada de los engranajes que hacen girar las agujas de que marcan el pasar de las horas, volví a recordar aquellos relojes de mi infancia y de lo especial que me sentía al poder leer las manecillas.

Comprendí entonces a Alberto Olvera Hernández y su amor por los relojes; sentí por un momento ese mismo enamoramiento que seguramente él sintió y que lo llevó a construir relojes monumentales y centenarios que marcan más que los minutos. Me sentí conquistada por el tiempo y sus medidas, y valoré que existieran esos instrumentos que nos ayudan a contar los momentos del día -independientemente de si vale la pena medir la vida por las horas, los minutos o los años que estamos vivos-. Y fue justo en ese instante, que aprendí a caminar de la mano del “tic tac” y no asfixiada en él.

Museo de relojes y autómatas “Alberto Olvera Hernández”

Nigromante #2, col. Centro. Zacatlán, Puebla. (A dos cuadras del Palacio Municipal)
Lunes a viernes de 10:00 a !7:00 horas; sábados y domingos de 10:00 a 15:00 horas.
Centenario.org.mx/museo

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