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El Órgano Barroco en México

El extraordinario patrimonio de órganos barrocos mexicanos es, sin lugar a dudas, uno de los tesoros más elocuentes en la historia del arte y de la organería universal.

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La llegada a México de Hernán Cortés en el siglo XVI marca una nueva etapa en el desarrollo de la música y de las artes en general, surgiendo un nuevo arte: la organería. Desde los inicios de la Colonia, el nuevo sistema musical implantado por los españoles y transformado por la sensibilidad de los mexicanos formaría parte fundamental en la evolución del quehacer musical en México. El primer obispo de México fray Juan de Zumárraga se encargó de dar instrucciones precisas a los misioneros para la enseñanza de la música y para utilizarla como elemento fundamental en el proceso de conversión de los indígenas. Diez años después de la caída de Tenochtitlan, un órgano fue importado de Sevilla, en 1530, para acompañar al coro que fray Pedro de Cante, quien era por cierto primo de Carlos V, tenía bajo tutela en Texcoco.

La demanda de órganos se acrecentó hacia finales del siglo XVI, debido a los esfuerzos del clero secular por limitar el número de instrumentistas. Esta actitud del clero coincidió con una importante reforma de la música al servicio de la iglesia española, como consecuencia de las resoluciones del concilio de Trento (1543-1563) dando como consecuencia que Felipe II excluyera todos los instrumentos de la Capilla Real con excepción del órgano.

Es remarcable el hecho de que antes que Nueva York, Boston y Filadelfa se constituyeran como colonias, el rey de España ya hubiese proclamado un edicto en 1561 prohibiendo el número excesivo de músicos indígenas empleados en las iglesias mexicanas, “…pues de lo contrario la iglesia caería en bancarrota…”.

La construcción de órganos floreció en México desde tiempos muy tempranos y con un alto nivel de calidad en su manufactura. En 1568, el cabildo de la ciudad de México proclamó un edicto municipal en el que se decía: “… un constructor de instrumentos deberá mostrar a través de un examen que es capaz de construir el órgano, la espineta, el manocordio, el laúd, los diferentes tipos de violas y el arpa… cada cuatro meses un oficial examinaría los instrumentos construidos y confiscaría todos aquellos que carecieran de un alto nivel de calidad en mano de obra… ” A través de la historia musical de México, es posible constatar cómo el órgano jugó un papel muy importante desde los orígenes de la Colonia, y de que el esplendor de la organería mexicana continuó inclusive durante los períodos más turbulentos de la historia de México, incluyendo el período de independencia en el siglo XIX.

El territorio nacional cuenta con un extenso patrimonio de órganos barrocos construidos principalmente durante los siglos XVII y XVIII, pero existen magníficos instrumentos datados en el siglo XIX e inclusive a principios del XX manufacturados en concordancia con los principios del arte organario que prevaleció durante la dominación española. Cabe mencionar en este punto a la dinastía Castro, la familia de organeros poblanos que mayor influencia ejerciera en la región de Puebla y Tlaxcala en el siglo XVIII y XIX, con la manufactura de órganos de muy alta calidad, comparable a la producción europea más selecta de su tiempo.

Se puede decir, como norma general, que los órganos mexicanos conservaron las características del órgano clásico español del siglo XVII trascendiéndolas con un marcado carácter autóctono que identifican y caracterizan en un contexto universal a la notable organería mexicana.

Algunas características de los órganos barrocos mexicanos se pueden exponer en términos generales de la siguiente manera:

Los instrumentos comúnmente son de mediano tamaño y de un solo teclado con cuatro octavas de extensión, poseen de 8 a 12 registros divididos en dos mitades: bajo y tiple. Los registros utilizados en su composición fónico-musical son de una gran variedad, con la finalidad de garantizar ciertos efectos y contrastes acústicos.

Los registros de lengüeta colocados en forma horizontal en la fachada son prácticamente inevitables y tienen un gran colorido, estos se encuentran hasta en los órganos más pequeños. Las cajas de los órganos son de un gran interés plástico y arquitectónico, y las flautas de fachada frecuentemente aparecen pintadas con motivos florales y mascarones grotescos.

Estos instrumentos poseen algunos efectos especiales o registros accesorios llamados ordinariamente pajaritos, tambores, campanitas, cascabeles, sirena, etc. El primero de ellos consiste en un conjunto de flautas pequeñas sumergidas en un recipiente con agua, al ser accionado imita los trinos de las aves. El registro de campanitas está constituido por una serie de campanitas percutidas por pequeños martillos colocados sobre una rueda giratoria.

La colocación de los órganos varía de acuerdo al tipo de arquitectura de las iglesias, parroquias o catedrales. De una manera general podemos hablar de tres períodos en el desarrollo de la arquitectura religiosa durante el período colonial, comprendidos entre 1521 y 1810. Cada un de estas etapas influenció las costumbres musicales y por consiguiente la colocación de los órganos en el plano arquitectónico.

El primer período abarca de 1530 a 1580 y corresponde a la construcción de conventos o establecimientos monásticos, en cuyo caso el coro se encuentra localizado en una galería sobre la entrada principal del templo, el órgano frecuentemente se localiza en una pequeña galería extendida a un lado del coro, un ejemplo clásico sería la colocación del órgano de Yanhuitlán, Oaxaca.

Durante el siglo XVII encontramos un auge en la construcción de grandes catedrales (1630-1680), con un coro central usualmente con dos órganos, uno en el lado del evangelio y otro en el lado de la epístola, tal es el caso de las catedrales de la Ciudad de México y Puebla. En el siglo XVIII sobrevino el surgimiento de parroquias y basílicas, en cuyo caso encontramos nuevamente el órgano en el coro alto sobre el ingreso principal, adosado generalmente al muro norte o sur. Algunas excepciones son la iglesia de Santa Prisca en Taxco, Guerrero o la iglesia de la Congregación, en la ciudad de Querétaro, en cuyo caso el órgano está situado en el coro alto, de frente al altar.

Durante la época colonial e inclusive en el siglo XIX hubo en México una gran proliferación de talleres profesionales de organería, la construcción y. el mantenimiento de los instrumentos era una actividad habitual. A fines del siglo XIX y sobre todo en el siglo XX, México empezó a importar órganos de diversos países, principalmente de Alemania e Italia. Por otro lado, comenzó a extenderse el imperio de los órganos electrónicos (electrófonos), por lo que el arte de la organería decayó dramáticamente, y con ello el mantenimiento de los órganos ya existentes. El problema de la introducción en México de los órganos eléctricos (órganos industriales) es que creó toda una generación de organistas industriales, los cuales provocaron una ruptura con las prácticas y técnicas de ejecución propias de los órganos barrocos.

El interés en el estudio y conservación de los órganos históricos surge como consecuencia lógica del redescubrimiento de la música antigua en Europa, este movimiento podemos situarlo aproximadamente entre los años cincuentas y sesentas de este siglo, despertando gran interés en músicos, organistas, artistas y musicólogos de todo el mundo. Sin embargo, en México hasta muy recientemente hemos empezado a fijar nuestra atención en torno a diversos problemas relacionados con el uso, la preservación y la revaloración de este patrimonio.

Hoy en día, la tendencia mundial de conservar un órgano antiguo es acercarse a él con un rigor arqueológico, histórico-filológico y retornarlo a su estado original con la finalidad de rescatar un instrumento clásico y auténtico de su tiempo, pues cada órgano es una, entidad en sí misma, y por lo mismo, una pieza única, irrepetible.

Cada órgano es un importante testigo de la historia a través del cual es posible reencontrarnos con una parte importante de nuestro pasado artístico y cultural. Es triste decir que aún estamos confrontados con algunas restauraciones en ocasiones mal llamadas así, porque se limitan a “hacerlos sonar”, se convierten en verdaderas reformas, o a menudo en alteraciones frecuentemente irreversibles. Es necesario evitar que aficionados a la organería, bien intencionados, pero sin una formación profesional, sigan interviniendo instrumentos históricos.

Es un hecho que la restauración de los órganos antiguos debe de implicar también la restauración de las habilidades manuales, artísticas y artesanales de los mexicanos en el campo de la organería, siendo ésta la única forma de garantizar la preservación y mantenimiento de los instrumentos. Así mismo debe ser restaurada la práctica musical y el uso adecuado de los mismos. El tema de la preservación de este patrimonio en México es reciente y complejo. Durante décadas, estos instrumentos permanecieron en el abandono debido a la falta de interés y de recursos, lo cual hasta cierto punto resultó favorable, pues muchos de ellos se conservan intactos. Los órganos constituyen una fascinante documentación del arte y la cultura de México.

La Academia Mexicana de Música Antigua para Órgano, fundada en 1990 es un organismo especializado en el estudio, la preservación y la revaloración del patrimonio de órganos barrocos mexicanos. Anualmente realiza academias internacionales de música antigua para órgano así como el Festival del Órgano Barroco. Es responsable de la primera revista de divulgación organística de México. Sus miembros participan activamente en conciertos, conferencias, grabaciones, etc. de música colonial mexicana.

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