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El paisaje sagrado de los Valles de Oaxaca

También existe otro espacio más inmediato, nuestro espacio social y doméstico, que es el que vivimos sin reflexionar en él, pero que está en todos Ios momentos y alrededor de todo.

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También existe otro espacio más inmediato, nuestro espacio social y doméstico, que es el que vivimos sin reflexionar en él, pero que está en todos Ios momentos y alrededor de todo.

Cotidianamente observamos desde nuestra casa o desde nuestros templos estos diferentes niveles deI espacio que configuran nuestro paisaje sagrado. Esta visión parte deI hecho de que el universo es hombre y naturaleza, uno no puede existir sin el otro; Oani Báa (Monte Albán), por ejemplo, es un producto humano que en su trazo siguió Ios dictados de Ia naturaleza. Podemos observar alrededor de Ia Gran Plaza, en el horizonte, Ias altas montañas que sirvieron de modelo para Ia construcción de cada templo, cuyo límite fue impuesto solo por Ias alturas naturales de sus crestas. Así, en nuestro lenguaje cotidiano tenemos como referencia constante Ia imagen de, esas montañas, que son naturaleza y que representan a Ia madre tierra.

AI construir un templo o incluso nuestra misma ciudad nos apropiamos de un pequeño espacio de esa naturaleza y lo modificamos, por eso hay que solicitar el permiso de los dioses, porque cada ambiente está resguardado por algún dios. Observemos por ejemplo cómo a lo lejos, en nuestros cerros, brillan los relámpagos y los rayos durante Ias tormentas, y es que allí vive el dios deI rayo, el dios del agua, Cocijo; él está en todas partes y en todo momento, por eso es el más apreciado, el más ofrendado y el más temido. De igual modo, otros dioses han creado, o sólo habitan, los diversos ambientes de nuestro paisaje, como los rios, las cañadas, los valles, las cordilleras, las cuevas, las barrancas, el techo de estrellas y el inframundo.

Sólo los sacerdotes saben cuándo y en qué forma aparecerán los dioses; sólo ellos porque son sabios y porque no son totalmente humanos, tienen también algo de divinos, por eso se les pueden acercar y luego indicamos el camino a seguir. Por eso los sacerdotes saben cuáles son los parajes sagrados, en qué árbol, laguna o rio se originó nuestro pueblo; sólo ellos, que tienen una gran sabiduria, porque han sido elegidos por los dioses para seguir contando nuestras historias.

Nuestra vida cotidiana está también regida por Ia presencia de muchas partes dei paisaje, donde intervenimos los humanos; con nuestro trabajo alteramos el aspecto de los vaIles, o transformamos un cerro para vivir ahí, como Monte Albán, que antes fue un cerro natural, y luego, modificado por nuestros ancestros, un sitio para comunicarnos más di- rectamente con los dioses. De igual manera, alteramos Ia tierra, nuestros campos de cultivo le dan otra configuración a los cerros, porque tenemos que construir terrazas para que el suelo no sea arrastrado por Ia lluvia, pero está bien, porque se usan para sembrar Ias semillas de maíz que vamos todos a comer. Entonces hay una diosa del maíz, Pitao Cozobi, que está en comunión con los otros dioses y que nos da el permiso para modificar Ia naturaleza deI cerro y el valle, siempre y cuando sea para trabajarse y producir comida, producir nuestro maíz, nuestro sustento.

Entre Ias terrazas y los cerros, los vaIles, Ias cuevas, Ias barrancas y los ríos existen muchos otros elementos que le dan vida a nuestro paisaje: son Ias plantas y los animales. Nosotros los conocemos porque nos servimos de ellos para sobrevivir, recolectamos los frutos y Ias semillas y cazamos a varios animales, como venados, conejos, tejones o cacomixtles, aves y tlacuaches, y también algunas viboras; sólo los necesarios, porque no debemos desperdiciar lo que Ia naturaleza nos da, nuestros dioses estarían muy irritados si abusáramos. De cada presa de caza aprovechamos todo, Ias pieles para adornos y vestimentas, los huesos y los cuernos para fabricar herramientas, Ia carne para comer, Ia grasa para hacer antorchas, no se desperdicia nada.

Entre Ias plantas silvestres tenemos una gran variedad de frutos, semilIas, hojas y tallos que eventualmente recolectamos para completar nuestras tortillas, frijoles, calabaza y chile que sembramos. Otras plantas son muy importantes porque nos permiten recuperar Ia salud con Ia ayuda de un curandero. Hay plantas para fracturas, hinchazón, calenturas, dolores, granos, manchas, aire, ojo, mala suerte, todos esos síntomas de enfermedad que uno puede tener por destino, por contagio o porque nos los mandó alguien que no nos quiere.

Así que nosotros desde niños aprendemos a conocer nuestro paisaje, que es sagrado y funcional al mismo tiempo; que es bueno pero que puede ser malo si lo agredimos, si no ¿cómo explicamos Ias inundaciones, temblores, incendios y demás desgracias que suceden?.

Hablemos ahora de nuestro paisaje cotidiano, el doméstico, que es del que nos servimos para vivir todos los días. Aquí uno depende de su casa, su barrio y su ciudad; los tres niveles son de por sí resguardados por los dioses, que nos permiten hacer uso y convivir en espacios públicos y privados. Para construirlos el hombre no debe perder Ia armonía con Ia naturaleza, los colores y Ias formas, por eso se buscan materiales deI mismo lugar, y uno pide permiso al cerro para sacar sus piedras, sus lajas, que son parte de sus entrañas. Si está de acuerdo, es decir; si le hemos ofrendado lo suficiente, el cerro nos los da gustoso, de lo contrario puede demostrar su enojo, puede matar a unos cuantos…

El nivel de una casa se trabaja con materiales sencillos; se construyen uno o dos jacales de muros de adobe y techos de paja; los muy pobres sólo levantan muros de bajareque, que son varas de bejuco con plastas de lodo, para evitar que entren el aire y el frio, con los pisos de tierra apisonada y a veces revestida con cal. Los jacales rodean grandes patios donde se lleva a cabo mucha actividad, desde arreglar Ias cosechas, cuidar a los animales, preparar Ias herramientas; estos patios terminan donde comienza Ia parcela, que se usa únicamente para sembrar. Cada uno de estos espacios es una parte complementaria dei sistema de supervivencia cotidiana.

EI nivel del barrio toma en cuenta a más gente, varias familias a veces emparentadas. Un barrio es un conjunto de casas y parcelas que se organizan en un paraje, donde todos se conocen y trabajan juntos; muchos se casan y comparten los conocimientos sobre los sistemas agrícolas, los secretos para recolectar plantas, los lugares donde se encuentran el agua y los materiales que le sirven a todos.

A nivel de ciudad, nuestro paisaje muestra sobre todo el poder, Ia supremacía que los zapotecos tenemos sobre otros pueblos; por eso Monte Albán es una ciudad grande, planeada y monumental, donde compartimos con quienes nos visitan el amplio espacio de Ias plazas y el corazón de Ia ciudad, Ia Gran Plaza central, rodeada de templos y palacios, dentro de un ambiente de religión y de historia.

EI escenario que percibimos desde Ia Gran Plaza es el de una ciudad invencible, que tiene como objetivo regir los destinos de los pueblos de Ia región oaxaqueña. Somos una raza de conquistadores, por eso imponemos nuestro poder sobre los pueblos, los dioses nos han elegido para hacerlo; si es necesario vamos a los campos de batalla o jugamos a Ia pelota y ganamos a nuestros adversarios el derecho de que nos paguen tributo.

Por eso en los edificios se observan diferentes escenas de nuestras conquistas, realizadas desde tiempos inmemoriales; siempre los zapotecos dejamos escrita nuestra historia, porque percibimos que nuestro futuro será muy largo, y que es necesario dejar imágenes para que nuestros descendientes conozcan los orígenes de su grandeza, por ello es normal representar a nuestros cautivos, a los pueblos que hemos conquistado, a nuestros caudiIlos que Ilevaron a cabo Ias conquistas, todos ellos siempre custodiados por nuestros dioses, a quienes hay que ofrendar cotidianamente para guardar Ia armonía con sus imágenes.

Así, nuestro paisaje cotidiano representa los valores más sagrados, pero también refleja Ia dualidad de Ia vida y Ia muerte, de Ia luz y Ia oscuridad, del bien y del mal, de lo humano y lo divino. Estos valores los reconocemos en nuestros dioses, que son quienes nos dan Ia fuerza para sobrevivir a Ias tinieblas, a Ias tormentas, a los temblores, a los días aciagos y aun a Ia muerte.

Por eso enseñamos todos los secretos del sagrado paisaje a nuestros hijos; desde muy niños ellos deben saber los secretos del valle, Ia montaña, los ríos, Ias cascadas, los caminos, Ia ciudad, el barrio y Ia casa. También deben ofrendar a nuestros dioses y, como todos, celebrar rituales de sacrificio personal para mantenerlos contentos, así que nos punzamos Ia nariz y Ias orejas en ciertas ceremonias para dejar que nuestra sangre alimente a Ia tierra y a los dioses. Nos punzamos también Ias partes nobles para que nuestra sangre fertilice a Ia naturaleza y nos asegure muchos hijos, que son necesarios para preservar nuestra raza. Pero quienes más saben del paisaje y de cómo mantener contentos a nuestros dioses indudablemente que son nuestros maestros los sacerdotes; ellos nos deslumbran con sus conocimientos y su claridad. Ellos nos dicen si hay que ofrendar más al campo para que Ilegue sin contratiempos el momento de cosechar; ellos conocen los secretos de Ia Iluvia, vaticinan los temblores, Ias guerras y Ias hambrunas. Son personajes centrales de nuestra vida, y son los que ayudan a Ia gente del pueblo a mantener una comunicación con nuestros dioses, por eso los tenemos en muy alta estima, respeto y admiración. Sin ellos nuestra vida sería muy corta, porque no sabríamos hacia dónde dirigir nuestros destinos, no sabríamos nada de nuestro paisaje ni de nuestro futuro.

Fuente: Pasajes de la Historia No. 3 Monte Albán y los zapotecos / octubre 2000

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