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El Socavón (Querétaro)

Hablar de la Sierra Gorda es hablar de misiones, historia, agreste belleza y grandes cavidades, entre ellas el Sótano del Barro y el Sotanito de Ahuacatlán, famosos en el ámbito espeleológico mundial por ser los más representativos de la región.

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Hablar de la Sierra Gorda es hablar de misiones, historia, agreste belleza y grandes cavidades, entre ellas el Sótano del Barro y el Sotanito de Ahuacatlán, famosos en el ámbito espeleológico mundial por ser los más representativos de la región. Sin embargo, en este estado hay otro sótano de gran magnitud y belleza que no se menciona. Me refiero a El Socavón.1

Deseando que algún día no muy lejano la espeleología en México deje de seguir siendo considerada la aventura romántica de unos cuantos para dar paso a la ciencia, presento esta nueva vivencia que, según creo, despertará el interés por conocer y comprender la vida que fluye en las cavernas de nuestro país.

La Sierra Gorda forma parte de una gran cadena montañosa perteneciente a la Sierra Madre Oriental. Es un alineamiento de montañas calcáreas cuya dirección general es noreste-sureste. Su longitud aproximada es de 100 km y su ancho máximo de 70 km; políticamente pertenece en su mayor parte al estado de Querétaro, con algunas pequeñas porciones en Guanajuato y San Luis Potosí y tiene aproximadamente 6 000 km2. La carretera número 120 es en la actualidad el principal acceso a esta región y parte de la población de San Juan del Río, Querétaro.

Salimos de la ciudad de México y nos dirigimos a la población de Xilitla, en el corazón de la Huasteca potosina, a la cual llegamos a las 6 de la mañana. Después de descargar el equipo del autobús, abordamos un camión que con el mismo horario sale con destino a la población de Jalpan. Una hora aproximada de camino y estamos en La Vuelta, lugar de donde parte, a mano derecha, una terracería que conduce a San Antonio Tancoyol; antes de llegar a esta última población se encuentra Zoyapilca, donde hay que desviarse por el camino que conduce a La Parada, último punto habitado, enclavado en un gran valle de verdes contrastes. La distancia aproximada desde La Vuelta hasta este punto es de 48 kilómetros.

EL ACERCAMIENTO

Como siempre, el problema principal en los lugares apartados y de difícil acceso es el transporte y en este caso no fue la excepción ya que como no contábamos con vehículo propio tuvimos que esperar a que alguna camioneta subiera hasta La Parada. Afortunadamente la suerte no nos abandonó y conseguimos un transporte relativamente pronto, porque el domingo es día de mercado en La Parada y desde la noche anterior suben varias camionetas cargadas con mercancía, que sin mayor problema pueden llevar a un grupo pequeño.

Es casi de noche cuando bajamos las mochilas de la camioneta; todavía nos quedan dos horas de luz y tenemos que empezar la marcha hasta la cavidad, que se localiza unos 500 m antes de llegar a la ranchería Ojo de Agua. Como siempre, la cuerda constituye el problema principal por el peso: son 250 m y todos nos hacemos loquitos a la hora de ver quiénes serán los “afortunados” que la cargarán, ya que, además, las mochilas vienen repletas de agua, comida y equipo. Tratando de ir más ligeros, consideramos la idea de conseguir un horro que llevara la carga, pero para nuestra mala suerte la persona que es dueña de los animales no se encuentra y otra, que también tiene, no quiere llevarnos porque está anocheciendo. Con mucha pena y todos asoleados no nos queda más remedio que colocarnos las mochilas y comenzar a subir. Y ahí vamos una “recua” de cuatro cansados espeleólogos con 50 m de cuerda cada uno. El clima de la tarde es fresco y un olor a pino invade el ambiente. Cuando oscurece, encendemos las lámparas y continuamos la marcha. En un principio nos dijeron que eran dos horas de camino y con base en lo anterior acordamos caminar ese tiempo y acampar para no pasarnos de nuestro objetivo, ya que de noche es más difícil localizar una cavidad. Dormimos a la orilla del camino y con los primeros rayos del sol perfilándose en la sierra levantamos el campamento. A lo lejos escucho el canto de un gallo que proviene de un caserío llamado El Naranjo, subo a él para preguntar por el Socavón y amablemente el dueño nos dice que él nos llevará.

Seguimos ascendiendo por la vereda hasta un collado donde se localiza una puerta de madera en medio de un bello paisaje arbolado. Comenzamos a descender y de pronto, a lo lejos, vemos una bella e imponente dolina en cuyo extremo alcanzamos a distinguir la cavidad. Emocionados, apuramos la marcha y tomamos una vereda cubierta de abundante vegetación que laja directamente a la dolina donde se encuentra esta hermosa sima.

La belleza del paisaje se engrandece con una parvada de loros que surcando el cielo sobre la boca del abismo, nos dan la bienvenida con loca alharaca para perderse después entre la exuberante vegetación del interior de la sima.

RECORRIENDO SUS ENTRAÑAS

Una mirada rápida al sótano y a su topografía nos indican que el descenso deberá efectuarse desde la parte más alta de la boca. Dejamos algo de la comida y otras cosas que no utilizaremos en la orilla y nuestro amable guía sube por el lado izquierdo rodeando la boca y abriendo vereda con el machete. Nosotros lo seguimos con el equipo necesario y con mucha precaución.

En un pequeño claro, fijo la cuerda a un tronco grueso y me descuelgo hasta quedar en el vacío, de donde observo el fondo del primer tiro y el enorme embudo lleno de vegetación. Caminamos unos metros más y escogemos el lugar del descenso, que procedemos a limpiar.

Es importante mencionar que la topografía de esta cavidad hecha por los estadunidenses presenta un error, en virtud de que el tiro no es completamente vertical como se reporta, ya que a los 95 m, después de la rampa que forma el embudo, se localiza otra más pequeña que interrumpe el descenso lo cual ocasiona que el tiro pierda la vertical y se desvíe unos 5 m bajo lo que sería la bóveda del enorme salón interior, haciendo indispensable un fraccionamiento en este lugar, que se reduce a 10 m de diámetro.

Desciendo hasta aquí, observo la morfología del tiro y vuelvo a subir con el objeto de mover la instalación unos metros y ver la posibilidad de que la cuerda pase exactamente por el centro del embudo. Una vez arriba recorremos el anclaje y ahora es mi compañero Alejandro quien desciende; después de unos minutos se escucha su voz desde la rampa… ¡¡¡libreeee!!! y pide que baje otra persona. Toca el turno a Carlos quien se reúne con Alejandro para armar el segundo tiro. El descenso en esta parte es pegado a la pared sobre una serie de coladas (la más grande, la última, mide entre 40 y 50 m) por lo cual hay mucho roce en la cuerda, aunque los pies extendidos ayudan un poco a que ésta se despegue de la pared. Un detalle de importancia; hay que cuidar que la cuerda no se enrede al llegar a las rampas, lo cual es un poco molesto, por lo que se sugiere bajar sólo la necesaria para llegar a ellas. Una vez asegurado el primer espeleólogo, se puede reunir con otra persona para armar la parte final y que el resto del grupo baje sin problemas.

Tal vez para algunas personas que se inician en esta bella actividad, el cuidado que se les debe dar a las cuerdas les parezca exagerado, pero con el tiempo y la experiencia, sobre todo la adquirida al descender grandes abismos, se aprende que es nada menos que la vida lo que pende de ellas.

Una vez finalizado el tiro, se baja una rampa de unos 65° de pendiente y 50 m de longitud, originada por un gran cúmulo de bloques caídos, producto de un antiguo derrumbe. En esta última parte el piso está conformado por la sedimentación endurecida de la caliza, barro consolidado y pequeñas rocas; existen además algunas estalagmitas de aproximadamente 1m, de altura, así como varios troncos que han caído del exterior arrastrados seguramente por el agua y que sirvieron para hacer una fogata que hizo más agradable la estancia en el frío fondo.

Mientras nuestros compañeros exploran el fondo, los que nos quedamos arriba tenemos que soportar una terrible empapada; en cuestión de minutos y sin darnos tiempo de nada, la naturaleza se enfurece con nosotros. Los truenos y el cielo casi negro son impresionantes y por más que tratamos de cubrirnos entre los árboles, la tupida lluvia nos alcanza por todos lados. No existe ningún abrigo rocoso que nos proteja y tenemos que permanecer a la orilla del abismo atentos a cualquier imprevisto, ya que por la humedad se han desprendido dos grandes bloques que afortunadamente no son problema para nuestros compañeros del fondo, pero que sí los ponen nerviosos. Estamos tan entumidos que ni siquiera pensar en la cena nos anima. Martín tiene la idea de hacer una fogata y nos pregunta si creemos que la leña arderá mojada.

Con gran escepticismo de mi parte, le contesto negativamente, me acurruco en mi manga junto a una piedra y me quedo dormido. El tiempo transcurre con lentitud y me despierta el crujir que producen las ramas cuando son devoradas por el fuego. Martín ha logrado lo que parecía imposible; nos acercamos a la fogata y una agradable sensación de calor nos recorre la piel; de nuestra ropa empiezan a salir grandes cantidades de vapor y ya secos nos vuelve el ánimo.

Es de noche cuando oímos la voz de Carlos que ha subido. Le hemos preparado sopa caliente y jugo que le ofrecemos tan pronto se quita el equipo; tiempo después sale Alejandro y los felicitamos. Se ha cumplido el objetivo, el triunfo es de todos y sólo pensamos en dormir junto a la fogata. Al día siguiente, después de un último desayuno donde arrasamos con todo lo comestible, sacamos la cuerda y verificamos el material. Es mediodía cuando con un sentimiento de tristeza nos despedimos de El Socavón y comenzamos a bajar cansados de la sierra. Nuestras escasas reservas de energía se ven consumidas en un rudo partido de basquetbol con los niños del pueblo, que pone fin a nuestra fugaz estancia en la famosa Sierra Gorda queretana, porque El Socavón seguirá ahí por siempre, esperando que otros iluminen sus entrañas.

El Socavón está habitado por una pequeña población de pericos, que todavía no han sido estudiados. Sin embargo, Sprouse (1984) menciona que probablemente sean de la especieAratinga holochlora, la misma a la que pertenecen los que habitan el famoso Sótano de las Golondrinas, próximo a la zona.

Fuente: México desconocido No. 223 / septiembre 1995

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