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En tiempos de Cantolla

Aplicado lector de la novelería de Julio Verne, un francés llamado Ernest Petén compareció en la ciudad de México, en 1854 portando bajo el brazo un rollo de planos de un artilugio para volar que pomposa o tal vez cómicamente llamaba locomotora aerostática.

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Suerte de actual mezcladora de concreto combinada con el diseño de un gigantesco zancudo transmisor de la fiebre amarilla, la locomotora aerostática correspondía a un modelo evolucionado del globo que en Francia perfeccionaran los hermanos Montgolfier. Elucubraba el inventor sobre la factibilidad de que volar, no obstante que pesaba cuatro toneladas. 

Si la locomotora aerostática en verdad podía volar, esa era respuesta que el inmediato futuro aportaría. Lo importante era que muchos lo creían, pues en tales años, en las buenas conciencias, todo o casi todo cabía bien acomodado en el rincón de lo probable. El mundo estaba entusiasmado con el ascenso de los globos aerostáticos y México, país joven, necesitaba hazañas de esa especie…  Esta locura procedía de cuando en los jardines de Versalles el rey Luis XVI, su real cónyuge la reina María Antonieta y una parvada de empolvados y empelucados aristócratas habían observado en pleno medio día el ascenso de un globo de tela activado con humo en su interior, obra de los hermanos Joseph y Etienne Montgolfier, primeros en construir tales aparatos. 

En realidad Ernest Petén no había llegado hablando de un tenia ignorado en México, pues 10 años antes de su arribo, en Morelia, un estudiante que procedió con pura teoría, hizo su globo y montó al aire, Fue Benito Acosta quien, sombrero en mano, hizo una colecta pública para acometer el vuelo. No le alcanzó el dinero, así que comprometió en hipoteca la casita que sus dos tías tenían como único patrimonio. De la proeza de Benito Acosta no quedan fotografías, aunque sí el lienzo de un inspirado artista del pincel.  Fue la hazaña de Acosta la que dejó a los mexicanos anhelando vuelos más altos, más audaces.

Resultó por eso que el francés Petén fue recibido con entusiasmo delirante. El mismo gobierno de la ciudad de México permitió que el patio de la Escuela de Minas de la calle de Tacuba sirviera para que el aparato fuese construido. De ahí mismo iba a levantarse, pero esto lo verían tan sólo quienes pagaran el boleto respectivo.  Un dato que se antoja interesante consiste en que eran indispensables 4 500 pies cúbicos de hidrógeno para llenar los globos de la enorme locomotora aerostática, cantidad de hidrógeno que sólo Dios sabe de dónde salió. Esta dificultad y otras más fueron superadas por aquellos forzados de la quimera del vuelo, que en cosa de poco menos de dos meses concluyeron su trabajo. 

El programa que se repartió el día del ascenso, decía que México era la ciudad elegida para la consumación de la inconcebible proeza, antes, por supuesto, que Londres y París, capitales postergadas por el señor Petén, quien por hacerle un favor a este país, había encaminado hacia acá sus pasos. Dio comienzo la maniobra, pero después de varias horas de intentarlo, la locomotora aerostática no se separó del adoquinado, ni un centímetro.

El fraudulento promotor, días después, volvió a cobrar la entrada ahora en la plaza de toros del Paseo Nuevo, en el actual cruce de Avenida Juárez y Reforma. Como el artefacto tampoco voló, las autoridades obligaron a Petén a devolver el importe del boleto a los curiosos que lo habían comprado.  Tres años habrían de pasar para que al fin los capitalinos vieran el anhelado espectáculo de un globo ascendiendo por las nubes. Se ofreció la ocasión en 1857, cuando mister Samuel Wilson hizo su arribo con un aerostato doblado como carpa de circo. Garantizaba que era el más grande de todo el continente y que en él había logrado la increíble travesía de Nueva York a San Francisco, ida y vuelta… Al fin extranjero, no faltó quien le diera su apoyo.

Y algo más, pues el mismo presidente Ignacio Comonfort entregó personalmente a Wilson el dinero. La verdad fue que el norteamericano cumplió su palabra al lograr cinco ascensos en otras tantas jornadas. Y no tan sólo subió, sino que en la cuarta ocasión lo hizo acompañado de una preciosa muchacha que nada más volvió a poner pie en tierra fue elegida Señorita América. Después de la hazaña, Wilson se volvió ojo de hormiga, por lo que no fue sino hasta que un humilde aventurero mexicano decidió invertir sus ahorros y pasar a la historia. 

Delgaducho telegrafista de incipiente calvicie, Joaquín de la Cantolla y Rico había estado muy cerca de Wilson enterándose de cuanto era necesario para ser un “montgolfier”. Pero se sabe de buena tinta que desde varios años atrás andaba involucrado en la ventolera del globo. Eso ocurrió en 1844, cuando Benito Acosta se encaramó al techo de Morelia. Cantolla fundó la Empresa Aerostática de México y en el año de 1862 solicitó apoyo del gobierno “para realizar ensayos personales sobre aerostatos de dirección”.  Nativo de la capital, Joaquín de la Cantolla y Rico había cursado sin concluir sus estudios en el Colegio Militar. Consiguió empleo en el servicio telegráfico, donde ganaba poco, pero consiguió numerosas amistades. Así pues, todo mundo sacó del bolsillo para que finalmente en 1863 Cantolla alcanzara su meta. Vestido de charro, compareció ante su aerostato montado a caballo. Descendió del corcel de un ágil brinco, trepó a la canastilla y consumó su primer ascenso. 

Cantolla voló por su cuenta hasta 1909. En reconocimiento a una anterior proeza había recibido, como obsequio, unas mancuernillas de oro de manos del propio emperador Maximiliano, no obstante que en aquella ocasión el hecho casi se convirtió en tragedia, pues el aparato se desgarró en el techo de Palacio Nacional, rompiendo un tragaluz. 

Cantolla tuvo tres globos de gran dimensión. Fue presentado por el cine mexicano de los años cuarenta como un hombre acaudalado y caprichoso, no como el sacrificado telegrafista que se privó hasta de lo más esencial por cumplir sus anhelos. Los dos primeros globos de Cantolla, el Moctezuma I y el Moctezuma II, no fueron muy grandes, pero el tercero, Vulcano, era todo un señor globo; en la fotografía que le tomaron con medio Zócalo lleno de curiosos, consta que cumplió la pretensión de “llegar hasta la mitad de Catedral”.   

Pero no sólo tenía que preocuparse el hombre espacial por financiarse tan prohibitivos lujos, sino que también afrontaba graves problemas en casa. Solterón empedernido, Joaquín de Cantolla y Rico vivía junto a la Alameda Central con un hermano menor un tanto maniático, quien con el pretexto de salvarle la vida al telegrafista no cedía en sus intentos de prender fuego a los globos. Tampoco faltaron accidentes durante la carrera de Cantolla, que no siempre fue ascendente, sino que alguna vez llegó a descender de mala manera. Cierto día, un curioso que se encontraba en las cercanías quedó atado de un pie con uno de los lazos del globo.

En otra ocasión, el mismo Cantolla bajó violenta y poco estéticamente en el callejón de San Ramón, no lejos del Zócalo, y durante otra jornada de indecible desdicha, irrumpió en la azotea del modesto hogar de un obrero, allá por el Salto del Agua. El operario estaba comiendo en compañía de su esposa, cuando las polainas de don Joaquín atravesaron el techo. Se dice que el agraviado le propinó fuerte paliza al osado hombre volador. 

No obstante tanto ímpetu juvenil, con los años las fuerzas llegaron a fallarle a Cantolla. Tenía ya 60 años cumplidos cuando aceptó la invitación que le hiciera uno de los personajes más destacados en materia de vuelos, Alberto Braniff, primer mexicano en volar en aeroplano en 1908, quien así como había traído de Francia el biplano con que realizó su histórico vuelo, importó de aquel país un globo y de paso trajo a un experto, Julio Dubois, para inflarlo, atarlo, soltarlo y demás. 

Por hacerle el honor a otro héroe como él, Alberto Braniff quiso ir acompañado de Cantolla en la barquilla de su aerostato francés. Fue un domingo de 1914 cuando ambos personajes ascendieron, Braniff vestía uniforme militar y Cantolla levita. Subieron con éxito, entre la aclamación general. Pero se produjo un momentáneo ventarrón que arrojó el aparato por los rumbos de Chalco, incidente muy grave para el ánimo del pobre Cantolla, que sufrió un gran susto, pues por allá andaban las fuerzas zapatistas del general Genovevo de la O que pretendieron bajar el globo a balazos. Fue necesario que acudiera el ejército para impedir tal agravio. Un gran aplauso premió el dichoso retorno, tras lo cual Alberto Braniff dispuso que su propio automóvil llevara a casa a don Joaquín de Cantolla y Rico, a la sazón intensamente pálido por la difícil jornada. Cantolla bajó del coche ante su modesta vivienda, pero apenas traspuso la puerta sufrió un derrame cerebral. Y acto seguido ingresó en la leyenda.   

Fuente  México en el Tiempo No. 19 julio / agosto 1997

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