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Fieras de fierro. Escultura animalista francesa de metal en México

En la década de 1820, el escultor Antoine Louis Barye (París, 1796-1875) solía acompañar a su amigo pintor Eugène Delacroix al zoológico que se encuentra en el Jardín des Plantes, de París, donde retrataban fieras al natural comiendo, durmiendo, luchando o agonizando, cuando se presentaba el caso, de las que las revistas difundían imágenes de sus especies prolíficas y vida violenta en países lejanos.

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De tal modo, el animal escapaba de la imaginería decorativa de la cual había sido presa en los siglos anteriores para convertirse en protagonista; gozaba de una estructura, piel, músculos, un cuerpo deslumbrante en cuanto a movimiento y anatomía, y eso fue lo que los artistas intentaron aprovechar para nutrir la revolución de la línea y el color que estaban impulsando.

ANATOMÍA Y ARTE
Barye emprendió una formación artística multidisciplinaria antes de distinguirse como escultor animalista. “Sus estudios anatómicos son de una precisión minuciosa y su realismo se pone al servicio de un amor sin límites por la vida”, escribió Le Grand Larousse. Anatomía, realismo, vida… palabras clave de aquella corriente naturalista a la que cautivaban los comportamientos elementales y las luchas por la supervivencia. Las obras se volvieron documentos. “Los numerosos dibujos de Barye han llegado a formar un repertorio de la vida animal”, apuntó el mismo diccionario. Hoy en día, esos dibujos se encuentran en la biblioteca de L’École des Beaux-Arts, de París. Elefante de África, Mono montado en un ñu, Tigre devorando un gavial, León aplastando una serpiente, Jaguar devorando una liebre, son algunas de las obras de Barye, tan nuevas en su concepto que llegarían a provocar tanto la admiración como el repudio hacia el artista. Por un lado lo convertirían en un refusé –un rechazado– de los salones, pero por el otro en un maestro para las futuras generaciones, que no dejarían de retomar su manera de crear.

DEL BRONCE Y DEL HIERRO
Barye prefería el metal al mármol, que le parecía frío y editó en bronce la mayor parte de sus obras. En bronce, material de predilección para los trabajos monumentales, se fundió en 1909 aquel par de leones que Émile Bénard le encomendó al estatuario francés Georges Gardet (1863-1939) para la escalinata magna del Palacio Legislativo Federal y que tiempo después se trasladarían a la entrada del parque de Chapultepec. Entre las recomendaciones que el arquitecto Bénard le hizo al escultor estaba la de apegarse al modelo de Barye. “El conjunto es perfecto, únicamente arreglar un poco el detalle de las melenas –interpretar este detalle, como ya lo he dicho varias veces, siguiendo el ejemplo del León en marcha, de Barye –las masas y el efecto general están bien–. Desde luego que los dos leones deben de tener la misma altura”, le escribió.

Todavía más inscrita en la iconografía vital del arte, que primero Bénard y más tarde Gardet adaptarían al entorno mexicano, está el Águila luchando con la serpiente sobre un nopal, pieza que originalmente debía adornar el domo del Congreso, pero que tras la catástrofe arquitectónica que afectó al edificio, fue trasladada al Monumento a la Raza. El grupo está hecho de cobre martillado.

SUCESORES Y CREACIONES
Georges Gardet fue alumno de otro animalista famoso, Emmanuel Frémiet (1824-1910), quien además de convertirse en el sucesor de Barye como profesor de dibujo zoológico en el Museo de Historia Natural de París, le daría a la Tercera República francesa su primer monumento heroico, la estatua ecuestre de Jeanne d’Arc –bronce dorado,1874, Place des Pirámides–. La especialidad felina de Gardet se confirmaría con su conjunto Leones y niños –piedra, entre 1897 y 1900– que realizó por encargo para el puente Alexandre III, construido con motivo de la exposición universal parisina de 1900. Anotamos los dos leones de bronce estrictamente baryanos realizados en 1894 por Jesús Contreras para la escalera exterior del Teatro Juárez, en Guanajuato.

En los inicios de la colonia Roma los promotores habían optado por un decor urbano mínimo: fieras en plena calle. En Yucatán esquina con Chiapas, una leona camina entre nopales –Lionne avec cáctus– sobre un alto zócalo, mientras que en el camellón de enfrente una misma fiera agrede a una liebre, dicho a veces puercoespín, cuyas imágenes aparecen en las primeras fotografías de la colonia. Los conjuntos son de hierro colado y los vació la fundidora artística francesa Le Val d’Osne en la segunda mitad del siglo XIX. En otras imágenes tempranas se observa una serie de leones que adornan el camellón de la calle Orizaba, que a pesar de su color blanco no son de mármol, como se pensaba, sino de hierro pintado de blanco, como solía hacerse en esa época en un intento de aproximación al noble material y de ocultar el plebeyo.

UN ARTE SINCERO Y SIN DIFRACES
Se trataba del “hacer creer” qué tanto denunciarían los artistas que militaban por un arte sincero y sin disfraz. La escultura de edición, arte de serie que manipulaba los originales con fines comerciales, es parte de “toda la belleza espantosa y mentirosa de la imitación”, como lo señala Émile Zola en La obra, y fue rechazado en su tiempo por los puristas. Debido a su baratura el hierro fundido constituyóel sustituto idóneo del bronce para replicar a bajo costo obras escultóricas del patrimonio clásico o moderno, aumentándolas o reduciéndolas por medio del pantógrafo, la nueva herramienta de reducción mecánica.

La banalidad del hierro se compensaba entonces con la reputación de modernidad que llevaba consigo el nuevo material. Los americanos no mostraban ningún desprecio hacia los objetos hechos en serie ni hacia el material indecoroso que Europa trataba de ocultar bajo pinturas o pátinas metálicas –galvanización–, dándole la apariencia del bronce. Los textos porfirianos hablan sin disimulo de obras metálicas, de metal, de hierro, nociones en las que los comentaristas encuentran una tinta selectiva. En cambio, los modernos tienden a no reconocer el hierro bajo el revestimiento y apuestan usualmente por el bronce provocando que toda una faceta del arte industrial del siglo XIX pase inadvertida.

La naturaleza del metal siempre fue una fuente de equivocaciones y lo sería aún más con la variedad de aleaciones desarrolladas después; a menudo resulta difícil concluir in situ y con toda precisión cuál fue el material empleado en determinada obra. En Francia, el Laboratorio de los monumentos históricos desarrolló un protocolo indicando cómo sacar muestras sin dañar las obras, con el fin de propiciar su conocimiento y restauración.

ODALISCAS, CRISTOS Y FIERAS: TEMAS PREDILECTOS DE LOS FUNDIDORES
Le Val d’Osne, fundidora que mandó decenas de obras a México, fue una de las firmas más dinámica de la siderurgia artística. Su éxito se debió a la eficiente alianza entre maestros siderúrgicos y escultores académicos.

Las fundidoras trabajaban con escultores que producían figuras originales de las que se sacaban moldes, lo cual inició la reproducción en serie. Le Val contrató a varios escultores académicos cotizados por el establishment burgués, como Mathurin Moreau (1822-1912) o Albert Ernest Carrier-Belleuse (1824-1887), especialista este último tanto en cuerpos femeninos lascivos como en figuras piadosas, Cristos o madonas. El arte sulpiciano y las “estatuas de carne” –según la expresión de Charles Baudelaire– constituían dos de los tres campos iconográficos predilectos de los fundidores. El tercero era el tema animalista.

Figura dominante de la iconografía animal y de su reino, el león a menudo es representado como vigilante del umbral; así estos dos en el jardín de la Casa de la Bola –Parque Lira, México, DF–, que forman parte de un conjunto mixto de obras de mármol y de hierro pintado. El pretil de la casa Escandón, hoy destruida, plaza Guardiola, en la ciudad de México, remataba con dos leones y dos perros metálicos de probable fabricación estadounidense. Similares estatuas caninas firmadas por la neoyorkina J L Mott Iron Works adornan hoy la Casa de los Perros, actual Museo del Periodismo, en Guadalajara.

Colaborador del Val d’Osne, el escultor animalista Pierre-Louis Rouillard (1820-1881) fungió como director artístico de la empresa supervisando la concepción y el moldeo de decenas de bestias que podían elegirse por catálogo. Rouillard trabajaba con escultores como Hippolyte Heizler (1828-1871), quien modeló las leonas de la Roma, o con Paul-Edouard Delabrière (1829-1912), a quien se debe el diseño baryano de dos leones con serpiente y con caimán.

Ejemplares del león con caimán y de la leona agrediendo a una liebre fueron adquiridos por el arquitecto Antonio Rivas Mercado a fines del siglo XIX para adornar en Chapingo la hacienda del entonces presidente de México, Manuel González. La historia o leyenda cuenta que en algún momento de la Revolución mexicana una banda armada se apoderó de las fieras metálicas que se encontraban en Chapingo con el fin de recuperar su material, y quizá su símbolo. Se dice también que poco después las abandonaron en tributo a la ciudad conventual de Amecameca, donde en el presente ornan el parque central.

URGENCIA DEL RESCATE
Recientemente fueron a Amecameca especialistas a tomar impresiones –llamado sobremoldeado– de los felinos con el objetivo de reproducirlos y colocar las copias en su lugar de origen, hoy Museo de la Universidad de Chapingo, donde se restauró el conjunto inicial.

Desde los años 70 del siglo XX la industria del hierro colado en México ha experimentado una fuerte y dinámica revitalización. Requeridos para producir mobiliario urbano como quioscos, bancas, faroles y barandales, entre otros, los fundidores suelen remitirse a los motivos del siglo XIX en lugar de desarrollar sus propios talleres de estilo en los que podrían impulsar formas contemporáneas. Una consecuencia desventurada de ello es que fabricantes poco escrupulosos no temen apoderarse de las obras con el propósito de formar su propia reserva de modelos. En el país son varios los casos de piezas decorativas públicas que han sido suplanadas por copias sacadas por sobremoldeado; lo que demuestra la urgencia de protegerlas de una manera más estricta. Por supuesto, el primer pasoa dar sería documentarlas y firmarlas como parte del valioso patrimonio del que forman parte indisoluble.

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