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La mujer que repara los últimos organillos que quedan en México

Hace 30 años cerró la última casa alemana que fabricaba organillos y refacciones, los últimos instrumentos que sobreviven en México lo hacen gracias a esta mujer de Tepito.

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Editor web en México Desconocido

Hace pocos días en la esquina de República de Venezuela y Carmen del centro de la Ciudad de México una mujer descalabró con un jarrón al operador de un organillo para que dejar de tocar su instrumento, la cosa terminó en el hospital y el ministerio público.  

Décadas atrás, cuando había más respeto por estos personajes, el escritor Ricardo Cortés Tamayo decía que “todavía nadie le ha dicho a un organillero que se vaya con su música a otra parte”, pero, con la anécdota del párrafo de arriba, la frase queda oficialmente descontinuada.

Aunque parece que no todo está perdido. En el peligroso barrio de Tepito existe casi un templo para ellos, un lugar en donde organillos y organilleros son respetados, valorados como miembros de una tradición centenaria, cuidados. Se trata de la casa de Marcela Silvia Hernández Cortés, nuera del hombre que trajo por primera vez estas pesadas cajas de música a México, Gilberto Lázaro Gaona.

En esta vivienda, dentro de una vieja vecindad, la mujer desarma, limpia, repone piezas, corrige, reconstruye y vuelve a ensamblar los organillos que le quedan a la familia o bien otros que le son llevados. A la vez renta sus aparatos a hombres y mujeres que quieran recorrer las calles para ganar con ellos dinero a golpe de vueltas de manivelas.

Marcela Silvia, en medio de su ajetreada jornada se toma un momento para tocar una maquina que aún está en reparación, el aire sale de la caja, produce un pastoso sonido melancólico.   

Cuando su suegro y su esposo vivían y se dedicaban a la reparación y renta de organillos, cada vez que ella se acercaba al taller para ver cómo los componían los dos hombres le decían que se saliera, puesto que su lugar, como el de todas las mujeres, opinaban ellos, solo era la cocina.

Tras la muerte de su marido ella tuvo que aprender empíricamente a repararlos, porque no hay escuelas para eso y mucho menos piezas, pues la última fábrica de organillos era una casa alemana que cerró sus puertas hace 30 años.

Román Dichi Lara trabaja junto con ella en este taller, pero a diferencia de la señora, él sí sale a las calles para tocar el organillo, entre sus anécdotas está el de un día haber recibido un centenario como pago por su música así como algunos billetes de 500 pesos, aunque la realidad es que el promedio que obtiene en un día son máximo 70 pesos.

También recuerda a algunas personas que al escuchar las melancólicas canciones que salen del organillo se acercaron a él llorando porque le recordaron al abuelo, o al pasado de la ciudad.  

Gilberto Lázaro Gaona e hijo, los primeros en traer los organillos a México

Cuenta que los organilleros, algunos por su inexperiencia, pues la mayoría son personas que no pueden encontrar empleo, descomponen los organillos metiéndoles papel a las flautas, colocándoles alambres, desajustandolos a veces por caídas, por eso dice que el día que ya nadie sepa repararlos, será la fecha en que la tradición del organillo se termine.  

La llegada del organillo a México

A inicios del siglo XX Gilberto Lázaro Gaona, un músico originario de León, Guanajuato, primo del legendario torero Rodolfo Gaona, fue a Alemania y trajo consigo el primer organillo al país, uno al que se le conoce como gavión, por su sonido parecido al de una gaviota.

Uno de los mejores amigos de Lázaro Gaona era Benito Carlón, un empresario de juegos mecánicos para ferias los  cuales instalaba a las afueras de los circos, él le pidió que acompañara a la rueda de los caballitos con música del organillo, y así lo hizo. Con el tiempo las melodías se popularizaron por toda la ciudad, pasando a todos los estados de la República Mexicana, la historia del inicio de los organillos en México empieza aquí, y la daremos a conocer en una segunda entrega. 

 

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