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Jorge Negrete y el mito del charro mexicano

Fueron los camarógrafos Vayre y Bernard, enviados a México por los hermanos Lumière, quienes captaron las primeras imágenes del charro mexicano en el cortometraje Alzamiento de un novillo (1896). Dos años más tarde, la misma imagen sería captada por el mexicano Carlos Mongrand en Los charros mexicanos.

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En los inicios del cine mexicano mudo de ficción apareció el primer Charro Negro (1917), personaje retomado por Raúl de Anda en la serie del mismo nombre de 1942. Como sentenciara el director Alejandro Galindo, “siempre son los de fuera los que vienen a descubrirnos”, el realizador Serguei Eisenstein fue quien en 1931 plasmó la auténtica imagen del charro con su conflictiva y su psicología en su filme ¡Qué viva México! Cinco años más tarde, el mexicano Fernando de Fuentes proyectó la figura de un charro que, a pesar de su estructura convencional, o precisamente por ella, fue aceptado de inmediato por el pueblo: el héroe de Allá en el Rancho Grande (1936).

Hay que suponer que por su intención nacionalista, la cinta recibió el respaldo oficial del general Lázaro Cárdenas, lo cual le significó ser programada en casi la totalidad de los cines de la República Mexicana. José Francisco, el personaje central del filme, le brindó a Tito Guízar la oportunidad de interpretar canciones románticas -“con la esperanza de un nuevo amor se abrió a tu vida mi corazón”- y de sentirse “muy logrado” en la secuencia de la cantina. Nada más que Lorenzo Barcelata también hay rancheros malosos, se encargó de recordarle en la misma película que no había nacido en Rancho Grande.

Si el charro cinematográfico se convirtió en un modelo nacionista que adquirió dimensión simbólica de mexicanidad fue, en gran parte, gracias al apoyo del marqués de Guadalupe y al de un personaje ampliamente reconocido en todos los ámbitos del país: don Juan Sánchez Navarro, miembro distinguido de la Asociación Nacional de Charros. Con absoluta firmeza, don Juan logró rescatar la imagen del charro no sólo en los actos oficiales, sino también en los festejos tradicionales.

En el renglón comercial, la figura del charro comenzó a ser explotada a través del Charrito de Pemex, representado por un hombre de baja estatura que se apostaba diariamente en la entrada del edificio de PEMEX, en las ininterrumpidas celebraciones de eventos que tenían lugar en el Lienzo del Charro, y en la venta de discos de 78 revoluciones en los que Tito Guízar repetía una y otra vez que era “charro de Rancho Grande y que hasta el amor bebía en jarro”.

No obstante su popularidad, la línea trazada por Allá en el Rancho Grande no siempre funcionó. Por ejemplo, a la película Las Cuatro Milpas (1937) no le bastó el título mexicanista para atraer al público, y pocos se enteraron que Ramón Pereda -con voz doblada- proclamaba a los cuatro vientos que “tenía una casita para la mujer bonita que lo quisiera acompañar”. Igual indiferencia le manifestaron los espectadores a la pareja de Jalisco nunca pierde (1937), que vivía su romance en un folclorismo de calendario.

La primera película en la que Jorge Negrete apareció como fanfarrón, pendenciero, pistolero y jinete fue Aquí llegó el valentón (1938), que por cierto pasó sin pena ni gloria. Su consagración, ubicación e identificación con el género, así como la influencia que ejercería en el sentir y el comportamiento del mexicano, se establecieron a raíz del estreno de Ay Jalisco, no te rajes (1941), basada en la novela de Aurelio Robles Castillo y en la que, con el falso nombre de Salvador Pérez , el autor revive al pistolero Rodolfo Álvarez del Castillo, quien en la vida real se hacía acompañar a todas partes por conjuntos de mariachis para que cantaran para él los corridos de la época. Si el personaje de Salvador Pérez le iba bien a Negrete era porque éste, en la vida real, era como el personaje que interpretaba: bravucón, altanero, autoritario, apuesto y retador -“me he de comer esa tuna aunque me espine la mano”-. Así, fue con y por Salvador Pérez que Jorge Negrete ingresó al mundo de la mitología.

Si el mexicano comenzó a admirar, a respetar y a identificarse con Negrete fue porque siempre quiso ser como él. Lo anterior se confirma en las encuestas realizadas entre las amas de casa de aquel entonces; muchas de ellas afirmaban que les hubiera gustado tener un hermano como Jorge, y que sus hijos llegaran a ser como él. Basta recordar que durante muchos años los niños iban a las fiestas de fin de curso disfrazados de charros y con un mechón de pelo absurdamente engomado del lado derecho de la frente. El propietario del restaurante El Taquito comentaba que a partir del éxito de Negrete se incrementó en forma notable la venta de tequila, ya que Jorge lo tomaba en todas sus películas; además, los turistas siempre incluían en sus menús los “frijoles charros”.

Para entonces la estación radiofónica La Rancherita del Cuadrante elevó su rating; los mariachis de Garibaldi empezaron a lucir un vestuario más sofisticado; y los actores extranjeros que se incorporaban al cine mexicano usaban el traje de charro por muy argentinos que fueran, como Luis Sandrini en la película Yo soy tu padre (1947) en la que, inclusive, imita a Negrete.

Por cierto, se dice que después de leer el libreto de La gauchita y el charro, Jorge protestó: “¿Una gauchita antes que un charro?, eso jamás”. La película, finalmente, llevó el título de Cuando quiere un mexicano (1944). En esa época se establece también que, cuando menos en el cine, No basta ser charro (1945). De acuerdo con la trama del filme eso no es suficiente: el charro debe ser Jorge Negrete.

En la década de los cincuentas surgió otro ídolo: Pedro Infante. Ismael Rodríguez lo reunió con Negrete en la cinta Dos tipos de cuidado (1952) aplicando una fórmula contraria a la que el público hubiera esperado: Jorge era el bueno y Pedro, el malo. El éxito taquillero que alcanzó la película confirmó cuántos seguidores tenían ambos.

Paralelamente al reconocimiento que le dispensaban a Jorge sus admiradores como figura cinematográfica, existía el que tenían al líder sindical, capaz de convencer a sus compañeros para que empuñaran las armas y se apostaran a la entrada de los estudios para evitar la presencia de elementos subversivos. Y esos mismos compañeros y los que llegaron después fueron los que en el Teatro Iris, -lleno a toda su capacidad y en la asamblea más prolongada que registra la historia, de las once de la mañana a las doce y media de la noche- le dieron el sólido espaldarazo a Negrete al votar unánimemente para que Leticia Palma fuera expulsada de la ANDA.

Que Jorge era un hombre al que ninguna mujer se le resistía, lo confirmaron sus seguidores cuando María Félix, la Doña, la devoradora, la mujer sin alma que había asegurado que lo odiaba por su actitud petulante durante el rodaje de El peñón de las ánimas (1942), había dejado vestido y alborotado al galán argentino Carlos Thompson para, ataviada de Adelita, firmar el acta matrimonial que la convertía en esposa de un Jorge Negrete que, a su vez, lucía un impresionante atuendo de charro. Fue sin duda la boda más comentada del año; se encargaron de fotografiarla camarógrafos de noticiarios de la televisión mexicana y extranjera. Este evento reunió a los políticos más importantes, a los actores y actrices más populares y a incontables personalidades del jet-set internacional. La promoción del enlace significó para Jorge y María muchas ofertas de trabajo.

En 1953 la pareja aceptó filmar El rapto. Como se sospechaba desde el principio, la película concluía con el dominio absoluto del personaje estelar masculino sobre la que, en principio, era una fierecilla indomable. En Reportaje, del mismo año que la anterior, el episodio en el que ellos aparecen fue escrito pensando en los esposos de la vida real: María era una mujer deslumbrante -actriz de cine- y Jorge un charro cantor de recio carácter y bella voz. Ambos discutían y peleaban a la menor provocación. El desenlace se podía predecir: ella caía rendida a los pies del charro. El tiempo pasaba y todo seguía igual. Nada ni nadie podía destruir el mito Jorge Negrete.

No obstante, mientras esto sucedía en la realidad y en las películas, en el panorama cinematográfico nacional se iban registrando los nombres de Miguel Aceves Mejía, Luis Aguilar, Antonio Aguilar, Julio Aldama, Manuel López Ochoa, Manuel Capetillo, Ángel Infante, Demetrio González, Felipe Arriaga y Vicente Fernández, entre otros. Pero las de ellos, como dicen en la televisión, “son otras historias”. La que hoy quisimos relatar es la historia de quien, como un presentimiento, le pidió a la vida que si moría lejos de México dijeran que estaba dormido y lo trajeran aquí. Y fue así, “dormido”, como lo trajeron.

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