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Conoce México Cultura y artesanías

La Casa del Dean, joya virreinal del siglo XVI en Puebla

Sin duda, muchas de las casonas construidas en la Nueva España fueron réplicas de algunas de la península ibérica. Se puede hacer una visita imaginaria a una de ellas reconstruyendo parte por parte sus diferentes secciones, pues la arquitectura de la época tenía pautas, si no estrictas, sí frecuentes para poder hablar de constantes.

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Las casas de los años inmediatos a la Conquista parecían fortalezas, con torreones y almenas; de esta costumbre no se salvaron ni los conventos; pasado un tiempo y merced a la pacificación, la confianza de los colonizadores motivó el cambio en las fachadas.

Por lo general, las residencias eran de dos pisos, resguardadas por una gran portón de madera adornado con clavazones de hierro y alrededor un marco de cantera con algunas ornamentaciones o leyendas; en la parte central de la portada lucía un escudo heráldico que indicaba si el propietario pertenecía a la aristocracia o a la jerarquía eclesiástica.

La planta residencial calcaba el modelo típico español de inspiración romana. Un patio central con corredores en bajo y alto, techados de viguería plana de cedro o ahuehuete; los pisos en patios y galerías eran losetas de cerámica de forma cuadrada llamadas soleras. Los muro, muy altos, se pintaban en dos colores, con la franja más estrecha cercana al techo; resaltaba el espesor de las paredes, que permitía colocar un asiento en el alféizar de las ventanas, desde donde se contemplaba cómodamente el exterior. En los muros también se hacían huecos para colocar candeleros o faroles.

Los aposentos variaban de acuerdo con el rango social del propietario, los más comunes eran los salones, el recibidor, la despensa, la bodega, la cocina, donde usualmente también se comía a la manera medieval, pues no había un comedor propiamente dicho. Al fondo de la casa se encontraban el corral, el pajar y la caballeriza, un pequeño jardín y tal vez una hortaliza.

LA CASA DEL DEÁN DON TOMÁS DE LA PLAZA

Su fachada tiene la sobria belleza de estilo renacentista: columnas dóricas en el primer cuerpo y jónicas en el segundo. El exterior luce el escudo de armas del prelado -el deán era cabeza de cabildo en una catedral- con una frase en latín que traducida al español significa Que la entrada y la salida sea en nombre de Jesús.

La escalera de acceso se reconstruyó durante los trabajos de restauración con partes originales y permitió llegar a la planta alta, donde se conservan las dos únicas habitaciones, también originales, pues el resto de la casona se transformó en comercios y anexos de un cine.

LOS MURALES

La primera sala conservada

es La Sibilina, llamada así por sus muros decorados con representaciones de las mujeres que recibieron del dios Apolo el don de la profecía y la adivinación, conocidas como Sibilas. Aquí observamos con deleite una cabalgata pletórica de color y belleza plástica; las Sibilas montan espléndidos corceles y lucen lujosos vestidos a la usanza del siglo XVI: desfilan ante nuestros ojos Eritrea, Samia, Pérsica, Europea, Cumea, Tiburtina, Cumana, Délfica, Helespóntica, Itálica y Egipcia, quienes según una tradición piadosa profetizaron sobre el advenimiento y la pasión de Jesucristo. Cabe recordar que estas mujeres fueron pintadas por Miguel Ángel en la Capilla Sixtina.

La cabalgata tiene como fondo paisajes presumiblemente europeos. Acompañan a las Sibilas multitud de personajes diminutos, así como una nutrida variedad de animales: conejos, monos, venados, tigres y aves. En las partes superior e inferior de las escenas descritas se pintaron, a manera de marcos, elaboradas cenefas que representan frutas, plantas, mujeres’ centauro, niños con alas, aves exóticas y jarrones con flores.

LA SALA DE LOS TRIUNFOS

Este espacio fue la recámara del deán don Tomás de la Plaza, y al contemplar en sus muros representaciones de Los Triunfos, obra en verso de Petrarca, nos percatamos de la refinada cultura que poseía el sacerdote.

Los Triunfos fueron escritos en tercetos endecasílabos y son una alegoría no sólo del amor de Petrarca por Laura, sino también de la condición humana. A grandes rasgos, el poema muestra el triunfo del Amor sobre los hombres, pero es vencido por la Muerte, sobre quien triunfa la Fama, derrotada a su vez por el Tiempo, el cual cede ante la Divinidad. En las cuatro paredes de la sala se recrean plásticamente estas ideas del poema como un hecho más para reflexionar que para simple diversión.

Al igual que en la sala de La Sibilina, en la de Los Triunfos encontramos todas las escenas enmarcadas con elegantes frisos colmados con animales, motivos vegetales, rostros de mujer, faunos infantiles y niños con alas. En ambas habitaciones los murales fueron pintados con la técnica al temple por diestros artistas anónimos.

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