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La guarnición milenaria de las Cuarenta Casas (Chihuahua)

Cargada de buenos augurios estaba la mañana en que salimos a explorar lo que bien puede ser la segunda zona arqueológica más interesante del norte fronterizo.

Hacía un sol esplendoroso en el claro cielo chihuahuense de comienzos del verano y se sentía una frescura reconfortante. Recorríamos, además, una de las carreteras más hermosas del país: cerro tras cerro cubierto de bosque —denso, si no virgen— apenas manchado por retazos de campos de trigo y pastizales para ganado. Lo mejor de todo era la soledad: en los 40 km de Madera a Las Cuarenta Casas apenas nos cruzamos con un par de “trocas”, un puñado de ardillas y cierto coyote desvelado. Cargada de buenos augurios estaba la mañana en que salimos a explorar lo que bien puede ser la segunda zona arqueológica más interesante del norte fronterizo. Hacía un sol esplendoroso en el claro cielo chihuahuense de comienzos del verano y se sentía una frescura reconfortante. Recorríamos, además, una de las carreteras más hermosas del país: cerro tras cerro cubierto de bosque —denso, si no virgen— apenas manchado por retazos de campos de trigo y pastizales para ganado. Lo mejor de todo era la soledad: en los 40 km de Madera a Las Cuarenta Casas apenas nos cruzamos con un par de “trocas”, un puñado de ardillas y cierto coyote desvelado.

Resulta complicado describir Las Cuarenta Casas. Ciertamente se trata de un sitio arqueológico, pero más que uno solo, es un conjunto de sitios pequeños, todos ellos ubicados en cuevas diseminadas a lo largo de una cañada. Tres cosas llamaron de inmediato nuestra atención: la primera de ellas era el entorno natural, que como en todo el estado de Chihuahua se muestra a lo grande: grandes desiertos y serranías, grandes bosques… Pero junto a ello, lo remoto del lugar: un barranco de 200 metros de profundidad en medio de una sierra alejada. La segunda cosa era la serie de cuevas con edificios rústicos de adobe a media altura en los acantilados del poniente. Y la tercera era el designio misterioso que había llevado hace casi mil años a un grupo de hombres a construir tales casas en un punto tan inverosímil.

El nombre del lugar tiene un eco involuntariamente bíblico: como en el libro sagrado, se habla de 40 casas para indicar simplemente que hay muchas. En realidad, los arqueólogos del Instituto Nacional de Antropología e Historia han descubierto en esa cañada diez sitios con restos de construcciones prehispánicas, la mayoría de ellos meros abrigos rocosos con fragmentos de paredes. Los dos con estructuras más sofisticadas son la Cueva de las Ventanas y la Cueva del Puente.

Tras la emoción inicial, nos lanzamos a la vereda que lleva a la Cueva de las Ventanas, el platillo principal de la excursión. Trazando una línea recta desde la entrada hasta ese punto debe haber cosa de 1 000 m, pero la orografía del lugar aumenta desmesuradamente esa distancia. La vereda baja en zigzag los 200 m de la cuesta hasta llegar al arroyo que horadó durante millones de años esa imponente barranca.

Hicimos un alto en el sitio que tiene el magnífico nombre de Arroyo del Garabato. El explorador noruego Karl Lumholtz, el primero en hacer un recuento de Las Cuarenta Casas como zona propiamente arqueológica, explicaba hace cien años que tal nombre respondía a los dibujos en las paredes de la Cueva de las Ventanas. En su obraEl México desconocido(de donde viene el nombre de nuestra revista) incluía algunas fotos sorprendentes la imagen de una especie de gran serpiente estilizada de color rojo en uno de los muros de adobe.

Animados con la esperanza de descubrir esa cueva, continuamos el camino: ahora tuvimos que trepar por una cuesta de 100 m de alto, tan empinada que en su extremo superior tiene una soga para que los visitantes se sujeten y no resbalen. Alcanzamos, al fin, una parte de terreno un tanto plana. Ésa era la famosa Cueva de las Ventanas: es una gran cavidad de 30 m de ancho, cuya profundidad y altura son algo variables (aunque en ciertos lados puede rebasar los 10 m) y que da el aspecto de un escenario teatral cóncavo. Su amplitud es tal que llegó a contener hasta tres pisos de construcciones de adobe, si bien hoy sólo se observan completos dos de ellos, pues aunque los arqueólogos han rescatado y reconstruido muchas partes, su estado es ruinoso. Siglos de vandalismo no pasan en vano: algunos recintos perdieron sus techos y muros laterales. Ciertamente quedan dibujos en las paredes, pero ya no de la serpiente fotografiada por Lumholtz, sino delgrafitide excursionistas que quisieron perpetuar su memoria en esas paredes milenarias y, desgraciadamente, en verdad lo lograron.

La Cueva de las Ventanas tiene cierto aire de baluarte militar, con sus escasas ventanas, sus gruesas paredes y su posición dominante en la cañada. Allí arriba podíamos aceptar más fácilmente las explicaciones científicas sobre su propósito: según el arqueólogo Arturo Guevara Sánchez, Las Cuarenta Casas fue una guarnición que “se utilizó como punto intermedio en las rutas que el grupo paquimé estableció para comunicarse con las costas del Océano Pacífico”. Efectivamente, la afinidad arquitectónica de la Cueva de las Ventanas con la ciudad fantasma de Paquimé, en Casas Grandes (Chihuahua), es notable. El material básico de construcción es el adobe bien aplanado y reforzado con vigas de madera y, ocasionalmente, piedras. Las dimensiones y disposición aglomerada de los recintos también recuerda a los de la zona arqueológica del norte del estado. Pero si algo no deja lugar a dudas sobre el parentesco de ambos sitios son las inconfundibles puertas en forma de T: alto bajas y lo bastante anchas como para que cómodamente pase por ellas una persona, excepto en la parte de abajo, donde apenas cabe un pie. Pero además existen algunas aberturas redondas por encima de las puertas. Se cree que este estilo tuvo un propósito práctico: en tiempo de frío la parte más amplia del hueco de la puerta se clausuraba de algún modo y sólo se dejaba descubierta su porción inferior. Con ello y la ventanita de arriba se creaba una corriente de aire ligera pero suficiente para alimentar las hogueras del interior de los recintos.

Quienes levantaron estas casas estaban realmente preocupados por calentarse. Además del testimonio de los restos centenarios de fogatas y de las cualidades técnicas del adobe, está el detalle de la orientación tanto de la cueva como del edificio mismo hacia el este-noreste para tener muchas horas diarias de calor solar durante todo el año. Indudablemente eran gente sensata: este lugar es el más frío de todo México. Los vecinos de Madera nos habían comentado antes, mitad orgullosos y mitad asustados, que no es extraordinario que las temperaturas en el municipio lleguen a bajar hasta 30° bajo cero.

La geografía determinó la arquitectura de Las Cuarenta Casas, pero también su ubicación en esas precisas coordenadas. O mejor dicho, la geografía económica de hace 800 años. Para nuestra cultura urbana, ese lugar parecía de pesadilla; resulta magnífico para organizar un día de campo con abuelos y nietos, pero no se explica cómo el sitio fue elegido por un grupo de seres humanos para vivir: el acceso a cuevas como la de las Ventanas es trabajoso incluso para un excursionista avezado. Y ¿cuánta sangre fría necesitaron los albañiles que levantaron graneros o torres de vigilancia al borde de un acantilado de cien metros? Para llegar a la Cueva del Arco, por ejemplo, hay que trepar tres metros verticales desde el fondo de la Cueva de las Ventanas y traspasar un arco natural para alcanzar otras estructuras de adobe muy sencillas. Un traspié en su piso tan inclinado puede traducirse en una caída fatal.

Una segunda razón en contra de habitar en la cañada del Arroyo del Garabato, es que la naturaleza ahí es muy avara. Esto es todavía Aridoamérica. El arqueólogo Guevara, quien en 1980 y 1981 realizó investigaciones allí, ha concluido que los pobladores de Las Cuarenta Casas cultivaban maíz y calabaza. Se sabe que en el recinto 5, en el lado norte de la Cueva de las Ventanas, tuvieron un granero ovoidal de dos metros de alto. Además cazaban especies menores, como conejos, y recolectaban bellotas, semillas de yuca y hojas de maguey. Pero ¿no hubiera sido mucho más sencillo cazar, sembrar y recolectar en una parte menos escabrosa de la sierra? Además hay que considerar el problema del agua: el Arroyo del Garabato no lleva agua la mitad del año y aun bajar a él en su búsqueda no es tarea sencilla. Hay terrenos más planos con arroyos abundantes y menos fríos cerca de ahí. En términos neoliberales, vivir en ese rincón no debió haber sido muy rentable.

Sin embargo, fue precisamente por motivos económicos que se hicieron esas casas. La gran metrópoli de Paquimé, 100 km al norte, tenía un comercio floreciente… y muchos enemigos de los cuales cuidarse. Entre sus rutas largas estaba la del Mar de Cortés, de donde se traían conchas marinas y productos del extremo noroeste de Mesoamérica (en Sinaloa). Probablemente los viajeros seguían los ríos de la sierra, que forman una especie de cadena para salir al mar: el Arroyo del Garabato, cercano a la planicie seca de Chihuahua, abre este cañón en plena Sierra Madre para unirse unos 10 km más abajo con el río Chico, afluente del Papigochi, éste del Aros, y este otro del Yaqui. No es la ruta más corta al océano, pero sí segura: a fin de cuentas, los ríos suelen desembocar en el mar.

Probablemente las vías a través de la sierra combinaban el transporte fluvial con caminos por la montaña. Tal vez por ello, a la entrada de la ruta los grupos paquimé establecieron la guarnición de Las Cuarenta Casas, hacia la época de esplendor de la metrópoli: entre 1205 y 1260 d.C., o tal vez en el siglo anterior.

El regreso fue algo accidentado, pero ello nos permitió confirmar la astucia de los constructores y el carácter defensivo de su obra. Resbalamos unos 20 m sobre el talud, aunque afortunadamente no sufrimos mayor percance. Todavía pudimos admirar otra cueva más: la del Puente. Ésta es un pequeño hemisferio abierto en el mismo acantilado.

En medio y sobre el borde inferior de su enorme entrada se ve una casita de adobe con una puerta T. A su izquierda se advierte una enorme grieta en la roca sobre la cual se encuentra un pequeño puente. Muy posiblemente los habitantes del lugar usaron escaleras como lo hacen todavía algunos indios del suroeste de Estados Unidos en sus casas. Es obvio que todas esas cuevas, al tiempo que dominaban la cañada, fueron inexpugnables, más por lo empinado de las cuestas que por cualquier otro artificio militar.

Este hecho —el de ser un punto tan difícil de ser ocupado— fue la causa no sólo de su fundación, sino también de su abandono. A la caída de Paquimé, hacia el año 1340 d.C., las rutas de comercio dejaron de funcionar y los grupos que las custodiaban abandonaron sus guarniciones. Los habitantes de las cuevas del área de Las Cuarenta Casas y de otras regiones serranas se retiraron a las cercanías en busca de sitios de acceso más fácil, clima más caliente y recursos abundantes. A partir de entonces, la Cueva de las Ventanas sólo fue ocupada eventualmente para la celebración de ritos religiosos o como refugio de grupos nómadas y excursionistas más modernos. Ahora, acondicionada el área como zona abierta al turismo, ha perdido un poco su carácter misterioso, pero no tanto como para que el visitante no quede boquiabierto ante su magnificencia.

SI USTED VA A LAS CUARENTA CASAS

De la ciudad de Chihuahua tome la carretera estatal núm. 16 que lo lleva a Cuauhtémoc y Madera, 300 km al noroeste. En Madera siga por la carretera pavimentada que lo conduce a La Mesa del Huracán, rumbo al norte. Aproximadamente a 40 km verá a mano izquierda la puerta del camino a Las Cuarenta Casas con la señalización correspondiente.

Si sale de Nuevo Casas Grandes, debe tomar dirección sur por la carretera estatal núm. 10 hasta Buenaventura y allí por la estatal núm. 28 hasta Gómez Farías. De ahí a la derecha hasta Nicolás Bravo, continúe por la carretera pavimentada que unos 20 km después lo conduce a Las Varas. Siga luego la terracería de 18 km en muy buenas condiciones y 3 km a la derecha, rumbo al norte, encontrará la entrada del camino que lo llevará a este sitio.

De allí al estacionamiento de la zona arqueológica todavía hay kilómetro y medio más de terracería. Le aconsejamos al visitante: 1) si encuentra la puerta de esta terracería cerrada, pídale a los vecinos del otro lado de la carretera que le guarden su automóvil y entre a pie; 2) tome precauciones, porque la excursión hasta la Cueva de las Ventanas puede ser muy pesada, difícil y tardada (sobre todo, el regreso por una cuesta de 200 m de altura); 3) llegue con suficiente tiempo (esta excursión no dura menos de hora y media y los guardias sólo autorizan el descenso por la cañada hasta las 3:30 p.m.); y 4) piénselo dos veces si va en invierno (es la zona más fría del país).

Encontrará buenos servicios de hospedaje, restaurantes y visitas guiadas en Madera, 40 km al sur de Las Cuarenta Casas.

Fuente: México desconocido No. 260 / octubre 1998

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