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La Mision de Santa Gertrudis II

El inventario tomado de lo que dejaron los jesuitas y tan meticulosamente estudiado por Eligio Moisés Coronado.

13-07-2010, 4:25:52 PM
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Como lo hizo con todas las misiones de la Baja California, muestra la conmovedora riqueza de Santa Gertrudis, donde se incluye la bella efigie de la Santa, recién restaurada en nuestros días, el magnífico crucifijo y un estofado de Nuestra Señora del Rosario que se conserva en el pequeño museo. En el mencionado inventario se nos habla de la prosperidad de la misión: en la sacristía se guardaban 12 juegos de casullas de tela, de “persiana” y de raso, además de dalmáticas, albas de Bretaña y demás ornamentos para oficiar, todos ellos en suntuosas telas y linos.

Había cruces y ciriales de plata además de incensarios del mismo metal, no faltaban los atriles: uno de plata y otro de carey. Las indispensables vinajeras eran, tres pares de ellas de plata y otro en “loza de China” traído en el Galeón de Manila que fondeaba por primera vez, después de cruzar el Pacífico, en San José del Cabo. La hermosa imagen de Nuestra Señora del Rosario, con el Niño en brazos “está adornada de perlas, corona de plata, adornos de perlas, rosarios de perlas, cadenitas de oro, gargantillas de perlas…”. No olvidemos la inmensa cantidad de perlas que se extrajeron de los ostrales bajacalifornianos y de su estupenda calidad. Desafortunadamente, desaparecieron en los años treinta de este siglo debido a una plaga, más durante el virreinato y en la época de Porfirio Díaz, las señoras lucían collares de enormes perlas, algunas en tonos grises y negros.

Para su uso, los misioneros de Santa Gertrudis tenían “tres docenas de platos de China, seis tazas de China”, también “seis jarrones de Guadalajara viejos”. El esplendor de la porcelana de la China convivía con “tres equipales, cuatro mesas, la una forrada de vaqueta…dos comales” y demás enseres utilitarios. En la Misión también había tiempo para leer, pues en un estante de madera estaban “cientos y más libros, grandes y pequeños, nuevos y viejos”. El padre Amurrio no llegó a anotar los títulos, pero en otros inventarios de libros se constata la cultura universal de los misioneros que lo mismo leían vidas de santos que tratados de historia, consultaban diccionarios en varias lenguas y se entretenían con la lectura de la Historia de los Piratas, seguramente la obra de Schemeling primera en su género- quienes en sus temidas naves acechaban a los Galeones de Manila.

Nuestra Señora de Loreto, patrona de los jesuitas, no podía estar ausente en el inventario de Santa Gertrudis; sin embargo, la imagen ha desaparecido, lo que sí se conserva es un interesante y bello confesionario del siglo XVIII pintado en encarnado, también el molde de hierro para hacer hostias y el tornavoz que estaba sobre el púlpito.

La prosperidad de Santa Gertrudis la Magna hasta principios del siglo XIX no deja de ser una lección. ¿Permitiremos los admiradores del arte que encierra nuestro país, que por indiferencia o desconocimiento se pierda el esfuerzo ejemplar de aquellos que entendieron la importancia y la belleza de la península de California, una de las obras más grandiosas del Creador? El misionero italiano de la orden comboniana, Mario Menghini Pecci está decidido a que no sea así y ha emprendido la labor titánica de restaurar, tanto Santa Gertrudis la Magna como San Francisco de Borja. Con la ayuda de un grupo de apoyo, no únicamente de la Baja California, sino de la Ciudad de México, Estados Unidos e Italia, ha logrado la primera etapa de la restauración de Santa Gertrudis, en la que intervino un equipo que cuenta con amplia experiencia. No obstante, es mucho lo que debe hacerse, tanto en la misión mencionada, como en San Francisco de Borja que, perdidas en la inmensidad de la península, reciben la visita de los fieles devotos de ambos santos en sus fiestas y de numerosos turistas que saben encontrar la belleza escondida en este magnífico Jardín de Alá.

Fuente: México en el Tiempo # 18 mayo / junio 1997

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