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La muy noble y leal ciudad de Santa Fe, Real y Minas de Guanajuato

En una de las cañadas más estrechas de la Sierra de Santa Rosa, en el límite norte de las fértiles tierras del Bajío, surge, como por arte de algún encantamiento, la insólita ciudad de Guanajuato.

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En una de las cañadas más estrechas de la Sierra de Santa Rosa, en el límite norte de las fértiles tierras del Bajío, surge, como por arte de algún encantamiento, la insólita ciudad de Guanajuato. Sus construcciones parecen aferrarse a las laderas de los cerros y colgar de los altos alicantos de sus calles subterráneas. Apiñadas a lo largo de estrechos y retorcidos callejones, son mudos testigos de las grandes bonanzas plateras que hicieron de este asentamiento el primer productor mundial. Antaño sus cerros estuvieron cubiertos por un denso bosque de encinos y sus cañadas pobladas por sauces o pirules; en esta Sierra los antiguos pobladores-indígenas guamares y otomíes-cazaban venados y liebres, llamando a esta región con varios nombres: Motil, “Lugar de metales”; Quanaxhuato “Lugar montuoso de ranas”, y Paxtitlan, “Donde abunda el paxtle o heno”.

Como muchas de Ias tierras que conformaron el territorio de Ia Gran Chichimeca, Ia región de Guanajuato fue colonizada en el siglo XVI bajo Ia forma de estancias ganaderas, otorgadas a Rodrigo de Vázquez, a Andrés López de Céspedes y a Juanes de Garnica después de 1533, año en que se funda por primera vez San Miguel el Grande -hoy de Allende. Hacia Ia segunda mitad de ese siglo el estanciero Juan de Jasso descubre algunos minerales de plata que son denunciados en Yuririapúndaro; a partir de ese momento y de los subsecuentes hallazgos de Ias minas de Rayas y Mellado, así como de Ia famosa veta madre que es Ia que nutre a Ia mayoría de los yacimientos de Ia Sierra, Ia economía sufre una severa transformación al dejar Ia ganadería como actividad preponderante y convertirse sustancialmente en minera. Este giro radical propició Ia colonización por gambusinos y aventureros, quienes por Ia evidente necesidad del suministro de agua prefirieron para sus viviendas el lecho de Ias cañadas.

Uno de los primeros cronistas de Ia ciudad, Lucio Marmolejo, refiere que como consecuencia inmediata de este incipiente poblado y para Ia protección de Ias actividades mineras, debieron formarse cuatro fortines o Reales de Minas: el de Santiago, en Marfil; el de Santa Fe, en Ia falda del Cerro del Cuarto; el de Santa Ana, adentrado en Ia Sierra, y el de Tepetapa. En Ia planificación original, según Marmolejo, el Real de Santa Ana estaba destinado a ser Ia cabecera de dichos fortines; sin embargo, fue el Real de Santa Fe, el más próspero, el que marcó el origen de Ia actual ciudad. Es Ia fecha de 1554 Ia que se toma como punto de partida de este asentamiento Ilamado a ser el más rico de Ia Nueva España.

Guanajuato debió enfrentar desde ese entonces serias dificultades para su desarrollo, puesto que el territorio no ofrecía Ias condiciones topográficas necesarias para permitir el trazo reticular impuesto por Felipe II. De esta manera, Ia estrecha cañada obligó a que el caserío se dispusiera irregularmente según los desniveles utilizables deI terreno, formando Ias sinuosas callejuelas quebradas por los cerros que le confieren hasta nuestros días su aspecto pintoresco de traza de plato roto. De estas primeras construcciones deI siglo XVI sólo quedan Ias capillas de los hospitales de indios, muy modificadas en nuestros días.

El tiempo siguió su implacable carrera y vio desarrollar favorablemente Ias actividades deI establecimiento que en 1679 recibió de Carlos II el título de Villa. A raíz de esta distinción algunos de sus vecinos cedieron parte de sus predios para que se creara Ia Plaza Mayor de Ia Villa -hoy Plaza de Ia Paz-, dando de esa manera los primeros pasos para el desarrollo deI asentamiento. Sobre ese trazo primitivo se adaptó el solar para erigir Ia parroquia de Nuestra Señora de Guanajuato -en Ia actualidad Basílica Colegiata-, y unas varas río arriba, el del primer convento de Ia población: San Diego de Alcalá. A finales dei siglo XVII ya estaban delineadas Ias principales calles y perfectamente establecido el partido urbano según Ias actividades productivas: Ia extracción minera se concentraba en los puntos altos de Ia serranía, el beneficio del metal se hacía en Ias haciendas ubicadas en el lecho de Ia cañada, donde además se distribuían los lugares de atención médica y devocional, así como los sitios de residencia para los obreros. Del mismo modo, los insumos necesarios para Ia explotación y el mantenimiento de los mineros estaban asegurados por los inagotables bosques de Ia Sierra y por todo el aparato agrícola-ganadero dei Bajío impulsado por los mismos dueños de Ias minas. Sobre estas sólidas bases, el siglo XVIII -marcado para siempre por riquezas y contrastes- hubo de presenciar, sin duda alguna, el mayor esplendor que colocó a Guanajuato como el primer productor de plata del mundo conocido, superando con mucho a su hermana Zacatecas y al mítico Potosí en el Virreinato del Perú, como lo consigna repetidas veces el Barón de Humboldt en su “Ensayo político sobre el Reino de Ia Nueva España”.

La primera mitad de este trascendental siglo comenzó a mostrar Ia riqueza latente del lugar , expresada en una primera fiebre de construcciones. De entre ellas sobresale el importante conjunto hospitalario de Nuestra Señora de Belén y Ia Calzada y Santuario de Guadalupe. Este incipiente auge fue testigo en 1741 de Ia ascensión que tuvo Ia Villa al título de Ciudad por manos de Felipe V, debido a los abundantes rendimientos de sus minas. Así, Ia Muy Noble y Muy Leal Ciudad de Santa Fe, Real y Minas de Guanajuato despertó de manera muy tardía -en Ia última centuria del Virreinato- a cumplir apresuradamente con el gran destino que le había sido marcado.

En ese tiempo sólo restaba que surgiera Ia gran bonanza platera, tan esperada por los guanajuatenses. Si bien Ia Mina de Rayas, riquísima por su elevada ley, y su vecina de Mellado ya habían generado abundantes riquezas y los dos primeros títulos nobiliarios para Guanajuato -Ios Marquesados de San Juan de Rayas y de San Clemente-, fue Ia Mina de Valenciana Ia que Iogró poner a Ia ciudad en Ia cúspide de Ios centros argentíferos deI mundo. Redescubierta en 1760, fue suficientemente productiva para generar no sólo tres nuevos Condados -de Valenciana, de Casa RuI y de Pérez Gálvez-, sino Ia edificación de una pléyade de nuevos inmuebles, como el templo de Ia Compañía de Jesús, Ia Presa de Ia Olla, Ia iglesia de Belén, el templo y convento de San Cayetano de Valenciana y Ia dominante Casa Mercedaria de Mellado construidos en Ia segunda mitad deI siglo XVIII.

Sus calles subterráneas, uno de Ios rasgos más característicos de Guanajuato, datan de finales de ese siglo y son producto de una relación única en América entre Ios pobladores y el agua. Esta singularidad está basada en una dualidad cosmogónica de generación y destrucción, unitarias e indivisibles: Ia ciudad pactó su nacimiento con el rio de Ia cañada; éste Ia abastecía deI líquido necesario para sus actividades y supervivencia, pero también Ia amenazaba con Ia devastación y Ia muerte. Durante el siglo XVIII siete terribles inundaciones arrasaron Ia ciudad con Ia fuerza deI torrente, destruyendo casas, templos y avenidas, desastres debidos principalmente a que el asentamiento estaba desplantado desde el mismo nivel que el lecho deI río, y éste, demasiado azolvado por los desechos de Ias minas, no pudo contener el furioso volumen deI líquido en temporada de Iluvias. A raíz de Ia fatídica inundación de 1760 se despierta Ia conciencia ciudadana para remediar estos graves problemas. Una de las soluciones propuestas fue encajonar el cauce deI río con fuertes calicantos de una altura de poco menos de 10 m en todo el perímetro urbano deI torrente. La titánica labor suponía modificar el nivel original de Guanajuato y enterrar para ese efecto grandes porciones de Ia ciudad, renivelar el terreno y construir sobre Ias antiguas edificaciones, por lo cual surgió una oleada de rechazos y protestas por parte de Ios habitantes que temían por Ia desaparición de sus moradas y bienes. Finalmente, fue pospuesta por lo oneroso y complejo de su realización. Sin embargo, el destino implacable no permitiría dejar pasar mucho tiempo, pues una desgracia más, Ia gran inundación de 1780, dejó nuevamente a su paso desolación y muerte y obligó a Ia ejecución de esos trabajos, comenzando así con el primer cambio de nivel sufrido por Ia ciudad en el punto donde más estragos causaba Ia corriente: el convento de San Diego de Alcalá.

De esta manera, Ia población vio sepultar todo el convento con sus cuatro capillas y su iglesia mayor, el atrio y Ia plaza dieguinos, Ias casas y Ias caIles circundantes. Cuando la obra se concluyó en 1784, el nuevo templo ganó dimensiones a lo largo y en altura, además de una bellísima sacristía octagonal y su fachada rococó; el convento y sus capillas fueron reinaugurados y la plaza -que al correr de los años se transformaría en el solariego Jardín de la Unión- fue abierta para las actividades sociales de los habitantes.

Concluida la primera corrección de los niveles de la ciudad, los siguientes desastres ocurrieron en la última década de ese siglo y durante toda la centuria siguiente, lo que marcó al asentamiento para el resto de su existencia: fue sepultada la ciudad barroca del XVIII, conservando sólo unas pocas construcciones en los puntos elevados y urbanísticamente jerárquicos. Por esta razón el aspecto formal de Guanajuato es generalmente neoclásico. La abundante existencia de capital en Ias primeras décadas deI XIX se manifestó en Ia reconstrucción de los edificios y Ia renovación de sus fachadas. Esta imagen perdura hasta nuestros días debido a que, al contrario de lo que ocurrió con sus vecinos León, Celaya y Acámbaro, en el siglo XX no hubo riqueza suficiente en Ia ciudad para “modernizarla”, conservando, para fortuna de todos, su incorrectamente Ilamado aspecto colonial.

La historia deI siglo XIX es tan importante para Guanajuato como el espléndido periodo virreinal: Ia primera de sus décadas fue abundante en riqueza y opulencia, lo que el nacimiento deI neoclásico supo aprovechar para Ia creación de magníficos exponentes, como el Palacio Condal de Casa RuI y Ia trascendente Alhóndiga de Granaditas. Fue en este edificio donde el cura Miguel Hidalgo con una hueste de mineros y campesinos derrotó a los peninsulares, obteniendo así Ia revolución de independencia su primer gran triunfo. Resultó de vital relevancia Ia participación de un minero apodado “EI Pípila,” quien abrió paso a los insurgentes al interior de Ia Alhóndiga; si bien este personaje fue recientemente eliminado de los libros de historia, es un verdadero símbolo de Ia lucha por Ia libertad deI pueblo guanajuatense: convertido su coraje en mito de piedra, custodia el devenir de Ia ciudad desde el Cerro de San Miguel.

No obstante los indiscutibles beneficios que Ia Independencia trajo a Ia nación, los efectos inmediatos fueron desastrosos para Guanajuato. La opulenta ciudad y sus minas resultaron seriamente dañadas en su economía: casi ningún mineral producía, Ias haciendas de beneficio estaban abandonadas y destruidas, y los insumos escaseaban en Ia región. Sólo Lucas Alamán aporta una solución para reactivar los movimientos económicos al promover Ia creación de compañías mineras con capital inglés. Posteriormente, al triunfo de Porfirio Díaz, se impulsa nuevamente Ia fundación de corporaciones extranjeras que dieron a Ia ciudad otra bonanza más, reflejada en Ia construcción de los palacetes deI refinado Paseo de Ia Presa, al igual que en los suntuosos edificios deI Porfiriato que han dado a Guanajuato fama internacional: el ecléctico Teatro Juárez, uno de los más bellos de Ia República, asentado desafortunadamente sobre Ias minas deI convento dieguino; el Palacio deI Congreso y el Monumento a Ia Paz en Ia Plaza Mayor, así como el gran edificio metálico deI Mercado Hidalgo.

EI ciclo histórico vuelve a cerrarse en Guanajuato; habiéndose alcanzado otra bonanza platera, los movimientos armados disgregan Ia paz y Ia estabilidad social de Ia República. La Revolución de 1910 pasó por esta ciudad ahuyentando a los inversionistas extranjeros, situación que, aunada a Ia depresión económica y Ia caída en los precios de Ia plata, sumió en el abandono los Iaboríos de Ias minas y una gran parte deI asentamiento en general, corriendo eI peligro de desaparecer y convertirse en otra ciudad fantasma, como tantas otras en los rincones deI territorio nacional.

La recuperación se debió a Ia fuerza de voluntad de algunos hombres que pusieron todo su talento en bien de Ia reactivación deI lugar. Grandes obras impuIsan y defienden Ia sede de los Poderes Estatales; sendos periodos de Gobierno realizan el actual edificio de Ia Universidad Autónoma de Guanajuato -símbolo inequívoco de Ia población- y desazolvan el lecho deI río -embovedado por los cambios de nivel en los siglos XVIII y XIX- para Ia creación de una arteria vehicular que descongestiona el incipiente tráfico de automóviles: Ia calle subterránea Miguel Hidalgo.

En fecha reciente, como una merecida llamada de atención, Ia Declaratoria de Ia Ciudad de Guanajuato como Patrimonio de Ia Humanidad dirigió su mirada hacia los monumentos históricos, los cuales, incluyendo sus minas adyacentes, ascendieron al rango antes mencionado. A partir de 1988 Guanajuato quedó inscrito, con el número 482, en Ia Lista del Patrimonio Mundial de Ia UNESCO, en donde se incluyen Ias ciudades más ricas en materia cultural. Este hecho ha influido en los guanajuatenses para una mayor revaloración de su herencia monumental.

La conciencia ciudadana de Ia población se ha despertado con el conocimiento de que preservar el pasado para el futuro es una de Ias tareas que contarán con el agradecimiento de Ias generaciones siguientes. Una gran cantidad de edificios religiosos y civiles han sido restaurados y reacondicionados por sus propietarios, sacando nuevamente a Ia luz una parte considerable del esplendor obtenido por Ia ciudad.

Con Ia creación de grupos civiles que han tomado como propia esta urgente tarea, se ha impulsado el rescate de los bienes muebles propiedad de Ia nación, representados por Ias ricas colecciones pictóricas de los templos guanajuatenses, sus ornamentos y accesorios: todos los órganos tubulares del Virreinato emplazados en el asentamiento fueron restaurados y puestos en servicio, además de haberse rescatado aproximadamente 80 Iienzos deI templo de Ia Compañía de Jesús y 25 deI de San Diego, Ios cuales, ya restaurados, fueron colocados dentro de Ios mismos templos en un área específicamente diseñada para evitar su daño y deterioro. Estas acciones fueron posibles gracias a un esfuerzo conjunto de Ios miembros de Ia sociedad y Ios poderes públicos: organismos privados como Guanajuato Patrimonio de Ia Humanidad, A.C. y otros ciudadanos comprometidos, y el Gobierno deI Estado, Ia Secretaría de Desarrollo Social y Ia Universidad de Guanajuato.

La conservación de Ias manifestaciones culturales de Ia rica historia de Ia ciudad permitirá mostrar en el futuro Ias épocas de Ias grandes bonanzas deI distrito minero, sus espléndidos periodos de riqueza y sus transiciones económicas.

EI opulento desarrollo deI devenir histórico de Guanajuato permanece plasmado no sólo en Ios documentos, sino en Ia memoria y Ia conciencia de sus habitantes que se saben depositarios de un legado monumental y de Ia responsabiIidad deI rescate de estos edificios y bienes muebles, patrimonio ahora de toda Ia humanidad.

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