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Las islas del Mar de Cortés (Baja California Sur)

Los europeos que navegaron por primera vez en las aguas del Mar Bermejo se deslumbraron ante el escenario que encontraron a su paso; resulta comprensible que imaginaran como isla lo que en realidad era un península.

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Condujeron sus naves y observaron pequeños islotes que no eran sino las crestas de las cordilleras y montes marinos emergidos millones de años atrás en el golfo hasta superar el nivel del mar y encontrar la luz del sol. No es difícil imaginar, en aquellos días, el salto de los delfines festejando la llegada de los intrusos y las familias de sorprendidas ballenas mirando a los visitantes.

Los europeos que navegaron por primera vez en las aguas del Mar Bermejo se deslumbraron ante el escenario que encontraron a su paso; resulta comprensible que imaginaran como isla lo que en realidad era un península. Condujeron sus naves y observaron pequeños islotes que no eran sino las crestas de las cordilleras y montes marinos emergidos millones de años atrás en el golfo hasta superar el nivel del mar y encontrar la luz del sol. No es difícil imaginar, en aquellos días, el salto de los delfines festejando la llegada de los intrusos y las familias de sorprendidas ballenas mirando a los visitantes.

Esas islas, pobladas de habitantes aéreos, marinos y terrestres aparecieron, ante los ojos de los expedicionarios, majestuosas y solitarias a la costa sur del península coronada por la sierra de La Giganta.

Quizá fue una casualidad o un golpe de timón desviado lo que guió hacia la boca del golfo a los hombres de cortés que iban en busca de otra ruta; con el paso del tiempo los viajes continuaron, las expediciones se sucedieron una tras otra, el nuevo continente apareció en los mapas y en ellos la “isla” de California acompañadas por sus hermanas menores.

En 1539, una expedición apoyada por Hernán Cortés y bajo el mando de Francisco de Ulloa llegó perfectamente pertrechada hasta la desembocadura del río Colorado. Esto dio lugar, un siglo después, a un cambio en la cartografía mundial de la época: efectivamente se trataba de una península y no de la época: efectivamente se trataba de una península y no de una porción insular, como antes habían imaginado.

Los bancos de perlas descubiertos cerca del puerto de Santa Cruz, hoy la Paz, y tal vez la exageración –denominador común de muchas de las crónicas escritas durante la conquista- desataron la ambición de nuevos aventureros.

La colonización de Sonora y Sinaloa en la mitad del siglo XVII y la fundación de la misión de Loreto en 1697 en el sur de la península marcan el inicio de grandes centurias.

No sólo el medio natural sufrió el embate de los nuevos pobladores, también los pericúes y cochimíes, habitantes autóctonos, fueron diezmados por las enfermedades; en el contienen los yaquis y seris vieron reducidos al máximo aquellos territorios en los que se movían libremente.

Pero en la segunda mita del siglo XIX y la primera del XX la tecnología multiplica la fuerza del hombre: se desarrollaron la pesca, la agricultura en gran escala y la minería. Los caudales de ríos como el Colorado, Yaqui, Mayo y Fuerte, entre otros, dejaron de nutrir las aguas del golfo y entonces los animales y plantas, involucrados en una compleja cadena alimentaria en ocasiones imperceptible, resistieron los efectos.

¿Qué pasó con las islas en el sur del Mar de Cortés? También se vieron afectadas. El guano depositado por las aves durante miles de años fue llevado a otras tierras para servir como fertilizante; se explotaron las minas de oro y las salinas que con el tiempo resultaron poco rentables; muchas especies marinas como la vaquita se fueron entre las redes de arrastre; quedaron las ínsulas con algunos deterioros tal vez irreparables y con menos vecinos en el mar.

Como vigilantes desveladas de un hermoso paisaje, las islas vieron durante muchos años el paso de los buques de vapor, que durante el siglo pasado hacían el viaje desde San Francisco, California, e ingresaban en territorio estadounidense después de surcar las aguas del río Colorado; permanecieron inmutables frente a los barcos pesqueros y sus redes de arrastre; fueron testigos día tras día de la desaparición de muchas especies.

Pero siguieron ahí y con ellas sus viejos y obstinados inquilinos que resistieron no sólo el paso del tiempo sino también los cambios climáticos de la tierra y, sobre todo, la acción desmedida de quienes pudieron haber sido desde siempre sus amigos: los hombres.

¿Qué encontramos al hacer un viaje por mar desde Puerto Escondido, en el municipio de Loreto, hasta el puerto de La Paz, casi en el extremo de la península? Lo que aparece ante nosotros es un panorama extraordinario, una experiencia realmente subyugante. A la belleza natural de un mar recortado por los perfiles de la costa y las formas caprichosas de las islas se agregan las visitas de delfines, ballenas, aves de frágil estructura y delicado vuelo, además de pelícanos en busca de alimento. Resulta conmovedor el ruido emitido por los lobos marinos, que se aprietan unos contra otros relucientes bajo el sol y bañados por el agua que rompe sobre las rocas.

Los más observadores apreciarán la forma de las islas en el mapa y sus aristas en tierra; las playas y bahía transparentes, sólo igualadas por las del Caribe; las texturas sobre las rocas que delatan la edad de nuestro planeta.

Los especialistas en plantas y animales endémicos verán ahí un cactos, allá un reptil, una mamilaria, una liebre negra, en fin: biznagas, golondrinas, iguanas, lagartijas, serpientes, víboras de cascabel, ratones, garzas, gavilanes, pelícanos y más.

Los buzos disfrutarán los más bellos paisajes submarinos y especies singulares, que van desde los calamares gigantes hasta los fractales naturales de las estrellas de mar; los pescadores deportivos encontrarán el pez vela y el marlín; y los fotógrafos, la posibilidad de captar las mejores imágenes. El espacio es ideal para los que alguna vez han deseado estar inmensamente solos o para aquellos que desean compartir con los suyos la experiencia de conocer una franja de mar que, a pesar de los estragos, pareciera que nunca nadie la hubiera tocado.

Las islas Coronado, El Carmen, Danzante, Monserrat, Santa Catalina, Santa Cruz, San José, San Francisco, Partida, Espíritu Santo y Cerralvo son una constelación de tierra que debe conservarse para bien de la naturaleza y privilegio de la vista.

Cada una de ellas tiene atractivos peculiares: nadie podrá olvidar la playa en la isla de Monserrat; la presencia imponente de Danzante; la gran bahía en la de San Francisco; los esteros y manglares en la de San José; el espejo del sol sobre la isla de El Carmen, centro de reproducción del borrego cimarrón; la imagen inconfundible de Los Candeleros y el extraordinario espectáculo en las islas Partida o Espíritu Santo, ya sea que esté alta o baja la marea, además de los fabulosos atardeceres que sólo pueden verse en el Mar de Cortés.

Todo lo que se pueda decir y hacer para conservar esta porción de nuestro territorio es poco. Debemos tener la certeza de que el futuro de las islas en el sur de Mar de Cortés dependerá de concebir a este lugar como un gran observatorio de la naturaleza al que pueda asomarse cualquier visitante siempre que no afecte su hermoso entorno.

EL FARALLÓN DE ISLA PARTIDA: UN FASCINANTE REFUGIO MARINO

El farallón de isla Partida constituye un refugio silvestre excepcional: cuenta con una variada población de aves acuáticas.

En los huecos de los acantilados anidan los pájaros bobos, y se les ve empollando celosamente sus huevos, turnándose machos y hembras para ir en busca de alimento. Resulta simpático observarlos muy quietos, con sus patas azules, su plumaje café a manera de saco y su cabeza blanca con expresión de “yo no fui”. Abundan las gaviotas y suelen pararse al borde del abismo, mirando hacia el mar en busca de bancos de peces; otro de sus lugares favoritos es el vértice de los cactos que, de tanto excremento, parecen nevados. Las aves fragata vuelan en las alturas, con su típica silueta de largas alas puntiagudas, semejantes a murciélagos. Los pelícanos prefieren las rocas a la orilla del mar y se la pasan de chapuzón en chapuzón buscando alimento. También hay cormoranes y hasta un par de urracas, probablemente llegadas como polizontes en algún yate de turismo.

El mayor atractivo del farallón son las colonias de lobos marinos.

En otoño, biólogos de la Universidad de Baja California Sur realizan un censo para registrar el crecimiento de la población.

Muchos de los lobos sólo vienen aquí para aparearse y tener sus crías; la colonia se establece primordialmente en las loberas, aunque los ejemplares más jóvenes ocupan cualquier roca que puedan escalar, al pie de los acantilados. Provocan gran escándalo con sus cortejos y pleitos; el alboroto dura todo el día.

En la época de apareamiento los machos delimitan sus territorios, que defienden con gran celo; allí mantienen un harén de varias hembras.

Sólo se disputa la tierra firme, pues el mar se considera propiedad comunal. Son frecuentes las riñas entre machos dominantes, y no falta la hembra que, seducida por otro galán, huye del harén. Los machos más fuertes son impresionantes, sobre todo cuando están enfurecidos y lanzan sonoros gruñidos para intimidar al que ose entrar en sus dominios. A pesar de su apariencia fofa y perezosa, en sus embates para ahuyentar a algún adversario pueden desplazarse a velocidades de más de 15 km por hora.

Bajo el mar existe un mundo diferente, pero igual de fascinante.

Grandes cardúmenes de sardinas nadan a poca profundidad; sus pequeños cuerpos fusiformes lanzan destellos plateados. Hay también peces multicolores y alguna morena recelosa, de aspecto terrible. En ocasiones se ven mantarrayas que pasan “volando” silenciosamente hasta perderse en la profundidad del océano, dejándonos la sensación de estar viviendo un extraño sueño en cámara lenta.

Fuente: México desconocido No. 251 / enero 1998

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