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Los incunables y el nacimiento de una cultura

Desde la aparición del hombre diferentes hechos han marcado cada etapa en su haber, y cada uno de estos han dado nombre o distinguido a ciertos períodos históricos. Sin embargo, dos fueron los sucesos que se produjeron en lo que va de mediados del siglo XV hasta el siglo XVI caracterizados por descubrimientos, transformaciones y profundas reformas religiosas y políticas. Estos son la invención de la imprenta y el descubrimiento de América que representaron hitos apasionantes en la historia cultural y espiritual de Occidente.

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Cierto es que no fueron obras ni de un solo hombre ni se hicieron en un sólo día, pero la unión de ambos hechos dio origen a una nueva ilustración que influyó notablemente en el desarrollo de la cultura mexicana. Una vez realizada la conquista de Tenochtitlan los misioneros no descansaron hasta implantar la cultura occidental en la Nueva España.

Iniciaron su tarea con la evangelización: unos trataron de enseñar a través de recursos nemotécnicos, otros por medio del idioma, para lo cual asociaron palabras latinas a la representación jeroglífica del sonido náhuatl más cercano. Por ejemplo: pater por pantli, noster por nuchtli y así sucesivamente. De esta manera se introducía en el mundo indígena un nuevo lenguaje y un nuevo pensamiento.

Mas la continua ocupación de evangelizar a los infieles, de enseñar y administrar los sacramentos, así como instaurar una nueva sociedad, provocó que los frailes necesitaran nativos que los auxiliaran; la élite indígena fue escogida para que sirviera de intermediaria entre el conquistador y los indios, y empezó a ser instruida con ese fin. Estas razones propiciaron la creación de colegios donde los nobles comenzaron a ser educados en la cultura europea, lo que a su vez obligó el uso, la consulta de libros y la formación de bibliotecas que sin lugar a dudas poseían incunables, o sea libros impresos elaborados con caracteres móviles muy semejantes a los manuscritos medievales (incunable proviene de la palabra latina incunnabula, cuyo significado es cuna).

El primer colegio fundado en la Nueva España fue el de San José de los Naturales en 1527. Aquí se enseñaron a grupos selectos de nobles indígenas la doctrina cristiana, el canto, la escritura, diversos oficios y el latín, pero no el clásico sino el litúrgico, con el fin de que ayudaran en los oficios religiosos. y ésto último hizo posible encontrar en sus bibliotecas incunables relacionados con temas como sermonarios, libros para la doctrina, para la preparación de la misa e himanarios.

Los excelentes resultados obtenidos dieron pauta al surgimiento del Colegio de Santa Cruz de Tlatelolco que abrió sus puertas en 1536 y cuyo plan de estudios comprendía latín, retórica, filosofía, medicina y teología. En este plantel también se utilizaron los incunables, pues a través de su revisión y del minucioso análisis que de ellos hicieron los indios latinistas, como suele llamárseles, apoyaron a los frailes en la redacción de gramáticas, diccionarios y sermonarios en lenguas indígenas, siguiendo la misma estructura de los incunables. Tal semejanza se puede ver en las gramáticas o en el Libellus de medicinalius indiarum herbis, escrito en náhuatl por Martín de la Cruz y traducido al latín por Badiano, el cual sigue el mismo esquema de descripción de plantas que el de las Opera medicinalia de Messue (1479), con lo cual puede afirmarse que fueron los incunables el puente transitado por los novohispanos para tener acceso directo a la cultura del viejo mundo.

El progreso de los indígenas en las diferentes materias impartidas siguió siendo asombroso. Este hecho aceleró la apertura de la Real y Pontilicia Universidad de México (1533) como una verdadera necesidad; y al mismo tiempo simbolizó la implantación de la sociedad europea y la estabilización de su cultura, pues en la nueva casa de estudios funcionaban las facultades de Arte, Derecho, Medicina y Teología. A la Nueva España ya había llegado la imprenta (1539) y la circulación del libro empezaba a aumentar, pero los incunables se seguían consultando en las diferentes disciplinas, pues la tradición intelectual y las innovaciones renacentistas que en ellos se hallan los hacían fuentes imprescindibles de consulta. Para comprenderlo basta ver qué se estudiaba en cada facultad; por ejemplo, en .’ la de Artes en donde se enseñaba, entre otras cosas, gramática y retórica -las cuales se impartían con el fin de proporcionar los instrumentos necesarios para la predicación- tenía como base las Oraciones de Cicerón, las Instituciones de Quintiliano, los oradores cristianos y los preceptos de Donato. Estos textos se utilizaron tanto para la lengua latina como para la griega, así como recursos teológicos y de Sagradas Escrituras; de allí que se encuentren en ediciones incunables las Instituciones de gramática griega de Urbano (1497), El tratado de ortografía de valla (1497), La gramática griega (1497), Los comentarios gramaticales sobre la ortografía y dicciones griegas de Tortelio (1484), Los elementos gramaticales de Peroto (1480) y sobre las propiedades de las palabras de Mayo editada en 1485.

En cuanto a la retórica, además de las obras de Cicerón (1495) y Quintiliano (1498), se hallan, entre los oradores cristianos, las de San Agustín (1495), las de San Juan Crisóstomo (1495) y las de San Jerónimo (1483 y 1496), así como libros de ejercicios o práctica, entre los que se encuentran: La declamación ya sea para un filósofo o un médico de Beroaldo (149/), Las oraciones, cartas y poemas para un discurso laudatorio de Pedro de Cara (1495), las obras de Macinelo que contienen Poemas de flores, figuras y poesías, Comentarios a la retórica de Cicerón y Quintiliano y a la gramática de Donato (1498). También hay vocabularios y diccionarios como La peregrina de Bonifacio García (1498). Las etimologías de San Isidoro de Sevilla (1483) y El léxico griego de Suidas del año 1499.

OBRAS NOVOHISPANAS BAJO EL INFLUJO DE LOS INCUNABLES

Pero los incunables no sólo sirvieron de consulta sino que también permitieron la producción de obras novohispanas como los certámenes literarios que se encontraban plagados de los modelos latinos y cristiano; los discursos formales pronunciados en las festividades y funciones solemnes que se celebraban durante el año lectivo o El tratado de retórica cristiana de Diego de Valadés cuyo objetivo no era teórico sino práctico: formar oradores, “pero cristianos para que fueran voces de Dios, instrumentos de bondad y pregoneros de Cristo”, para lo cual se utilizaron las obras de San Agustín y San Juan Crisóstomo, entre otros. Así pues, la obra de Valadés formó parte de la oratoria cristiana en la Nueva España, lo que cambió en 1572 con la llegada de los jesuitas. Estos, con su nuevo método, la Ratio studiorum, su combinación de memorización y de ejercicios, lograban mediante el aprendizaje e imitación de los autores, alumnos peritos en retórica. El aprendizaje amparaba a la prosa y a la poesía, materias en las que se incluía una detallada teoría de géneros, apoyada en autores clásicos como Virgilio, Cátulo (1493), Séneca (1471, 1492, 1494), Sidonio de Apolinar (1498), Juvenal (1474) y Marcial (1495), quienes influyeron durante mucho tiempo en la prosa y poesía novohispana. Así se ve en sor Juana Inés de la Cruz, en sus célebres versos: Hombres necios que acusáis/ a la mujer sin razón,/ sin ver que sois la ocasión/ de lo mismo que culpáis.

A lo que Ovidio ya había escrito en este dístico: ¡Tú, iracundo, me decís adúltera/ olvidando que sois la causa de este crimen!

De igual manera se halla el epigrama VIII, 24 de Marcial: Quien construye estatuas sagradas de oro o mármol/ no hace dioses; (sino) aquel que (les) ruega.

A lo que sor Juana Inés dice en su soneto 1690 sobre las hermosas:…porque pensáis que, más que ser hermosas/ constituye deidad el ser rogadas.

Se podrían seleccionar otras citas de diferentes autores. Sin embargo, esto amerita un trabajo mayor, ya que la cultura novohispana no sólo utilizó el contenido de los incunables en la gramática, retórica o poesía sino también en otras áreas como la ciencia, filosofía e historia. Para demostrarlo sería suficiente citar a Carlos de Sigüenza y Góngora, poseedor de una de las bibliotecas más importantes de la Nueva España, en la que también se hallaban incunables que tienen su firma y múltiples comentarios marginales, los cuales, ayudaron e influyeron tajantemente en sus trabajos. Lecturas como la de Arquitectura de Vitruvio (1497) se notan cuando diseña y explica el arco triunfal erigido en 1680 para dar la bienvenida al nuevo virrey, el marqués de la Laguna, y que Brading describió “como una grandiosa estructura de madera de 30 metros de alto y 17 de ancho, por lo que cumplía con las reglas de arquitectura “. Asimismo, se sabe que dicho arco estaba sobrecargado de estatuas y de inscripciones, habitualmente llenas de simbolismos expresados con frases y emblemas. En éstos últimos era común utilizar la doctrina simbólica inspirada en las obras clásicas (griegas y romanas), en los monumentos y jeroglíficos egipcios, así como en la hermenéutica posiblemente aprendida del Corpus hermeticum (1493) y de las obras de Kircher, que también predominaron en su Teatro de virtudes políticas. Tales influencias afloraron al describir la afinidad de la idolatría mexicana con la egipcia y la notable similitud que hay entre sus templos, pirámides, ropajes y calendarios, con lo cual trataba de dar al pasado mexicano un fundamento egipcio muy de moda en su época.

Por otra parte, cabe señalar que Sigüenza como asesor del conde de Gálvez fue convocado a palacio para resolver las inundaciones de la ciudad, lo que seguramente le obligó a leer o revisar el libro Sobre los acueductos de Frontonio (1497). Sigüenza fue también un polígrafo interesado tanto en los movimientos de los cielos como en los hechos del pasado y plasmó sus conocimientos en su Libra astronomica et philosophica en donde demuestra su dominio sobre el tema, el cual conoció gracias al texto Antiguos escritores de astronomía de 1499 que cita en varias ocasiones.

Para finalizar hablaremos sobre una área o facultad en la que obviamente se tuvo que recurrir a los incunables para fundamentar. Esta es el Derecho, muy ligada con la filosofía y la teología.

Conocido es que en Derecho se estudiaba tanto el Corpus iuris civilis de Justiniano como el Corpus iuris canonici, pues en la Nueva España no existían leyes propias sino que se tuvieron que adoptar las que regían en España. Esta transposición jurídica trajo como consecuencia una serie de malas interpretaciones en su aplicación; para demostrarlo bastará con hablar someramente sobre la esclavitud, para algunos permisible pues antes de la llegada de los españoles ya existían esclavos en América. Tal era la comprensión de las leyes que a los indígenas también se les podía considerar como cautivos de guerra, con lo cual perdían sus derechos. y una cita del libro Corpus iuris civiles, al respecto así dice: “y por esto podrían llamárseles esclavos, porque los emperadores ordenan vender a los cautivos, por ello (los amos) acostumbran a conservarlos y no matarlos”. A semejante interpretación Juan de Zumárraga refutaba que era inadmisible, dado que “no existía ni ley ni razón- …por donde (estos) se pudieran hacer esclavos, ni (en la) cristianidad… (lo cual) eran tiránicos (iban) contra la ley natural y de Cristo que dice: “ por derecho natural todos los hombres nacen libres desde un principio”.

Todas estas dificultades obligaron a revisar las leyes españolas y crear unas propias para la Nueva España, de allí que surgieron De Indiarum iure de Solórzano y Pereira y el Cedulario de Puga o las Leyes de Indias. Los nuevos planteamientos de leyes tuvieron como base el Hábeas iuris civilis y el canonici , así como una multitud de comentarios utilizados por doctos y estudiantes como los Comentarios al Hábeas iuris canonici de Ubaldo (1495), Consejos de Juan y Gaspar Calderino (1491), Tratado sobre la dote y constitución de la dote y privilegios (1491) o Sobre la usura de Platea (1492).

De lo hasta aquí visto podemos concluir que los incunables fueron las fuentes literarias empleadas tanto para la evangelización como para el desarrollo intelectual y social de la Nueva España. Es posible afirmar, entonces, que su importancia no sólo radica en que son los primeros libros impresos en el mundo sino también por ser el origen de nuestra cultura occidental. Por ello debemos sentirnos orgullosos de ser el país que posee la mayor colección de esta material en toda América Latina, pues sin libros no puede haber historia, literatura ni ciencia alguna.

Fuente: México en el Tiempo No. 29 marzo-abril 1999

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