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Mar de Cortés. Huellas del pasado (Baja California)

La idea del documental nació de las pláticas entre amigos y de las experiencias grabadas en sus ojos, que siempre regresaban maravillados de la majestuosidad de las vistas de esa región de nuestro país.

16-07-2010, 4:39:17 PM
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Después de varios viajes, Joaquín Berruecos, el director, nos contó que parte del encanto era provocado por los altos contrastes entre el azul profundo del mar, el rojo de sus montañas, y el dorado y verde de sus desiertos; pero sobre todo por lo erótica que la península se ofrecía, mostrándose desnuda en toda su longitud, lista para ser escudriñada desde cualquier ángulo. De ahí surgieron las ganas de redescubrirla, retomándola desde sus orígenes hasta su apariencia de hoy en día. Así partimos, con la ambición de los buscadores de imágenes, dispuestos a encontrarlas, desnudarlas y tratar de explicarlas.

Con la enriquecedora compañía de un brillante y buen amigo, el geólogo José Celestino Guerrero, iniciamos nuestro viaje por una región de México que queda lejos de todo, ya través de este norte nuestro que tanto tiene. El grupo lo conformamos cinco personas del equipo de realización, un geólogo experto y tres personas de mar encargadas de guiarnos entre las islas del Mar de Cortés. Las buenas aventuras, o por lo menos las que uno recuerda, siempre presentan alguna dificultad; la nuestra inició cuando arribamos al aeropuerto de Baja California y no encontramos el esperado letrero de bienvenida, ni el hombre encargado de llevarnos al muelle en donde iniciaríamos nuestra travesía.

Este mar delimitado por el continente y la península de Baja California, tan poco conocido, tiene su historia, y resulta un juego para la imaginación recrear aquella situación en la que un grupo de españoles navegaban por sus aguas, junto a sus caballos y enfundados en sus armaduras bajo el incesante calor y el sola cuestas, asombrados con este mismo fascinante paisaje de colores y formas que nosotros ahora contemplamos.

Llegaron nuestras primeras tomas y las primeras explicaciones de José, las cuales fluían una tras otra a medida que se sucedían todo tipo de formaciones geológicas frente a nosotros. Este día lo terminamos en una vieja salina abandonada. A la luz del atardecer, los paisajes de desolación y abandono nos recordaron con nostalgia lo que alguna vez fue una fuente importante de sobrevivencia, reflexión que se vio interrumpida por las prisas nerviosas de nuestro director por atrapar los últimos rayos de sol. Entendimos que esta situación se repetiría todos los amaneceres y atardeceres que restaran.

Punta Colorada fue nuestro siguiente destino; lugar único para contemplar cómo un hermoso paisaje de colores verdes y ocres ha sido tallado por la implacable fuerza erosiva del viento, que a su antojo va moldeando bahías, cuevas y playas. El tiempo en el barco se acababa, razón por la cual emprendimos el trayecto de regreso haciendo una parada en la Isla Espíritu Santo. Esa tarde nos divertimos observando a los lobos marinos en su isla privada, que algunos llaman “El Castillo”, tan sólo compartida con las aves que se encargan de coronar de nieve sus almenas. Elegimos para ese atardecer una tranquila bahía donde bajamos a grabar cómo el sol extendía sus últimos rayos sobre unas piedras rojizas; su color resultó tan intenso que pareció que habíamos colocado un filtro rojo en el lente de la cámara, demasiado encendido para ser creíble.

Una vez en medio terrestre abordamos una camioneta e iniciamos el camino rumbo a Loreto, para ir en busca de otros fenómenos que complementarían nuestro entendimiento geológico de la península. Muy cerca de nuestro destino atravesamos una gran meseta desértica llena de cactos, en donde a pesar de la poco agua de la que disponen alcanzan grandes alturas, que se ven rematadas por un conjunto de jugosas pitahayas; éstas, al abrir, tientas con su rojo intenso a las aves, permitiéndoles dispersar sus semillas.

Loreto fungió como sitio base para el resto de nuestras expediciones. La primera hacia el pueblo de San Javier, varios km tierra adentro. Este día, José se dio vuelo en sus explicaciones, a dónde volteáramos había fenómenos dignos de contarse. Como aperitivo nos topamos con una enorme higuera adherida a grandes bloques de roca; resultaba un espectáculo sorprendente observar cómo las raíces, en su crecimiento a través de las rocas, acababan por fracturar enormes y sólidos bloques.

En nuestro ascenso encontramos desde diques hasta cuellos volcánicos, pasando por impresionantes cascadas de rocas. Optamos por detenernos a grabar una cueva con pinturas rupestres que aunque artísticamente distaba mucho de las famosas pinturas de San Francisco, permitía recrear este tipo de asentamientos humanos, este auténtico oasis donde abunda el agua, crecen los dátiles y el terreno es tan fértil que hasta donde la vista alcanza se observan todo tipo de árboles frutales. Una escenografía idéntica a aquellos paisajes cinematográficos en Arabia.

Ya en San Javier reconocimos la enorme labor de los jesuitas en su paso por la península. Nos quedaba por visitar Bahía Concepción, así que, muy temprano, a la mañana siguiente emprendimos el recorrido. Una vez más quedamos asombrados por las contrastantes vistas del mar junto a los desérticos paisajes. La bahía lucía una hermosa redundancia, una península dentro de otra; en resumen, resultaba un resguardo de gran belleza y tranquilidad plagado de diminutas e inigualables playas que sorprendentemente aún permanecen libres de asentamientos humanos.

Poco después llegamos a Mulejé, pueblo que además de una importante misión cuenta con una prisión que permitía a los presos circular por las calles, y que ahora se ofrece como museo.

El viaje estaba a punto de concluir, pero no podíamos olvidarnos de una última perspectiva: la aérea. La última mañana abordamos un avión que personalmente nos facilitó el gobernador del estado. Pudimos comprobar la inspirada descripción de Joaquín al recorrer la desinhibida península, que nos mostró sin recato sus formas más íntimas. El sabor de boca final fue delicioso, nuestro director había captado, con el gran talento que lo caracteriza, la esencia completa del viaje; las imágenes ilustran con acierto nuestra reflexión final: sólo somos testigos efímeros de una majestuosidad que ante nosotros permanece inmóvil, pero que en miles de años ha sido víctima de innumerables empeños geológicos que acabaron por modelar una península y un mar joven y caprichoso.

Fuente: México desconocido No. 319 / septiembre 2003

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