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Cultura y artesanías

Marcha otomí al cerro sagrado

La marcha otomí al cerro sagrado se lleva a cabo en San Pablo Tolimán, Querétaro y es uno de los rituales más tradicionales del estado.

01-11-2017, 9:54:22 AM
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Escritor y fotógrafo. “México es muchos Méxicos” y de cada uno de ellos trata de aprender.

Marcha otomí en San Pablo Tolimán

La marcha otomí es una procesión con la cruz del Divino Salvador al Cerro del Frontón. Aquí se acude para continuar con la tradición de pedir por la lluvia, pero también para recordar y venerar a los antepasados. Es el espacio de encuentro entre las familias y los pueblos vecinos donde la identidad como pueblo otomí, de pasado chichimeca, se hace presente.

Es la mañana del 1 de mayo y las personas poco a poco se van juntando en el atrio de la iglesia de San Pablo Tolimán, para dar comiezo a la marcha otomí. Algunos llegan desde pueblos retirados, otros solo han caminado unas calles, pero todos arriban para esperar el inicio de la procesión anual al Cerro del Frontón y honrar la santa cruz del Divino Salvador. A todos ellos se les recibe con café, atole, pan y tamales, es la “providencia” que ofrecen las mujeres del pueblo, una “promesa” que año con año procuran brindar.

Francisco Palma

Es temprano, pero el ambiente ya se siente cálido, también seco, hace meses que no llueve en esta parte del semidesierto de Querétaro, donde los cactus y los mezquites pueblan un paisaje sumergido en el repicar de las campanas, un llamado que poco a poco congrega a los peregrinos, quienes llegan con mochilas y tiendas de campaña. Sí, la marcha otomí será una travesía larga.

Mientras tanto, al interior del templo el ambiente se torna solemne, han llegado las imágenes que acompañarán la marcha otomí, las baña el aroma del incienso que humea desde el sahumerio de Don Andrés, el rezandero que estará a cargo de las plegarias durante este día. Llega la hora y el primer voluntario se cruza al hombro el grueso cincho de cuero con el cual se carga la pesada cruz de madera. Es un trabajo duro, pero lo hacen año con año los voluntarios. Ellos muestran paso ligero durante decenas de metros hasta que lo pasan a otro para seguir avanzando.

Muy pronto San Pablo Tolimán va quedando atrás. Comienzan los caminos de terracería donde el polvo, las piedras y el sol ponen a prueba la resistencia de todos los peregrinos, sobre todo de los músicos, quienes tocan todo el camino animando esta larga marcha otomí con sus trompetas, clarinete, tuba y tambora. En esta primer parte de la procesión se hacen algunas paradas, una de ellas es en el paraje conocido como El Encuentro, ya adentrado en las montañas, sitio donde se lleva a cabo una misa y se ofrece alimento y agua a los peregrinos, también a los danzantes que se han unido durante el andar.

Pero el verdadero reto está por comenzar, a partir de aquí todo será ascenso a pie, con un sol que no da tregua rodeados de una vegetación baja que concede poca sombra. “¡Abran paso, viene El Divino!”, gritan los que acompañan al Divino Salvador quienes han bajado el ritmo y caminan por delante. La imagen debe llegar y los cargadores no aflojan el paso, salvo para hacer cambio entre ellos.

Francisco Palma

El cansancio llega, las piernas protestan y los calambres comienzan. Afortunadamente llegamos a El Huizache, sitio que marca la mitad de la subida y donde hay un pequeño altar donde el Cristo Salvador es puesto para la última ceremonia antes de llegar a la cima. En cada una de las paradas de la marcha otomí se ha hecho algún rito breve, pero es en El Huizache donde la cosmovisión de los otomíes cobra fuerza con los plegarias hechas en otomí y español a por don Andrés, quien entre rezo y rezo sahuma hacia los cuatro puntos cardinales, pidiendo que haya buen temporal, recordando las ánimas de los antepasados y solicitando bienestar para los peregrinos.

Francisco Palma

Al final de la ceremonia se da paso a la comida, una convivencia donde se comparte el alimento entre todos los presentes y se toma aliento para el último esfuerzo. El santuario La llegada, poco antes del ocaso, es muy emotiva. Más de un centenar de personas se han adelantado a la cima y con aplausos reciben al Divino Salvador y a quienes lo acompañan. Desde aquí se observa todo el valle de Tolimán.

Francisco Palma

A lo lejos se ve San Pablo, y más allá, el cerro del Zamorano; hacia otro lado, la Peña de Bernal, las otras dos montañas sagradas a las cuales los otomíes también acuden desde otras poblaciones. Al contemplar este paisaje se dimensiona la geografía sagrada y el significado del largo recorrido hecho en estas horas. El punto final es la pequeña capilla en lo más alto del cerro El Frontón, el santuario del Divino Salvador. Narra don Francisco Chávez, encargado de la peregrinación de este año, que “…el rostro de piedra que se encuentra en la Cruz fue encontrado en este sitio por dos pastores a quienes el rostro les habló”. Entonces lo llevaron a San Pablo, tiempo después se le hizo su cruz y comenzaron las procesiones anuales hasta este sitio, el cual fue lugar de culto para los antiguos chichimecas, los “abuelos” a quienes también se les recuerda durante esta visita.

Francisco Palma

Si el interior de la capilla es sagrado, fuera de ella se crea un espacio simbólico para los peregrinos. Es una zona llena de grandes piedras, que algunos relacionan con “los antiguos”. Allí se prenden uno a uno los fogones y la comida se comparte. Es el sitio donde las familias lejanas se reencuentran, donde se comparte el suelo para dormir, donde se es solidario con quien no vino preparado. Como bien dice Luis García, voluntario que acude año con año: “Es el espacio de encuentro donde nos hacemos cultura, origen y también comunidad”.

Fue una noche larga; parecía que el fuerte viento volaría algunas de las lonas dispuestas para el descanso, pero resistieron los embates, al igual que la fe hizo dominar el sueño a quienes velaron al Divino Salvador. Ya es de día y los preparativos para la ceremonia religiosa están listos. Con luz diurna nuevamente todos se reconocen y tras la misa comienzan a levantar tiendas, cobijas, trastes. Es hora de apagar fogones. Algunos cargan sus mulas con todos los enseres, otros los llevarán a la espalda. Se ha cumplido con el compromiso de este año, la marcha otomí ha finalizado. Pero esta es apenas la primera de las procesiones; muchos continuarán con las visitas a otros pueblos durante los siguientes días. El calendario ritual de la Santa Cruz aún no termina.

 

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