El mural inconcluso de Diego Rivera en el Estadio de CU: así era la obra monumental que nunca terminó
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El mural de Diego Rivera en el Estadio de CU rodearía todo el inmueble. Conoce el proyecto monumental que el artista nunca pudo terminar.
El mural de Diego Rivera en el Estadio de CU es una de las imágenes más reconocibles de Ciudad Universitaria. Sobre el costado oriental del Estadio Olímpico, frente a Avenida Insurgentes, una enorme composición de piedras de colores representa a la Universidad, la familia, la paz y el deporte. Sin embargo, aquello que vemos actualmente es apenas una pequeña parte de la obra que el muralista mexicano imaginó para este lugar.
Rivera tenía un proyecto mucho más ambicioso porque quería intervenir prácticamente todo el talud exterior del estadio y convertirlo en una enorme narración sobre la historia del deporte en México, desde el mundo prehispánico hasta el siglo XX. La falta de recursos y posiblemente los problemas de salud del artista impidieron completar el plan, que quedó definitivamente truncado con su muerte en 1957.
El fragmento terminado permite imaginar la escala que habría alcanzado aquella obra. No se trata solamente de una pintura colocada sobre un edificio, sino de un enorme altorrelieve realizado con piedras naturales que parece emerger de la propia arquitectura volcánica de Ciudad Universitaria.
¿Cómo se llama el mural de Diego Rivera en el Estadio de CU?
La obra es conocida como La Universidad, la familia y el deporte en México, título empleado por fuentes institucionales de la UNAM, aunque también existen registros donde aparece como La Universidad, la familia mexicana, la paz y la juventud deportista.
Rivera comenzó a trabajar en ella durante los primeros años de la década de 1950, cuando la nueva Ciudad Universitaria se encontraba en construcción al sur de la capital. El Estadio Olímpico Universitario había sido proyectado por los arquitectos Augusto Pérez Palacios, Raúl Salinas Moro y Jorge Bravo Jiménez, quienes aprovecharon una hondonada natural del Pedregal de San Ángel para levantar el inmueble.

La primera piedra se colocó en 1950 y el estadio fue inaugurado el 20 de noviembre de 1952. Una de sus características fundamentales era la relación con el paisaje, pues buena parte de la estructura fue construida utilizando y modificando el terreno volcánico, en lugar de levantar simplemente un edificio aislado sobre él.
Rivera tenía entonces 66 años y era ya uno de los protagonistas indiscutibles del muralismo mexicano. Su participación en el proyecto universitario respondió también a una de las ideas centrales detrás de la nueva CU, la de integrar arquitectura, pintura, escultura y paisaje dentro de un mismo conjunto.
Un mural de Diego Rivera hecho con piedras de colores
Aunque normalmente hablamos del mural del Estadio Olímpico, la técnica empleada por Rivera está lejos de la pintura mural convencional. La imagen fue construida como un altorrelieve con piedras naturales de distintos colores, fijadas directamente sobre la superficie inclinada del edificio.
Entre los materiales empleados aparecen tezontle, piedra de río, mármol y tecali. Las diferentes tonalidades naturales permitieron construir los personajes y símbolos sin depender exclusivamente de pigmentos aplicados sobre la superficie.
Rivera se refirió a este tipo de procedimiento como una forma de escultopintura, pues la obra combina características propias de la pintura y la escultura. Las figuras poseen color, pero también volumen y llegan a sobresalir considerablemente del muro.
La técnica tiene especial sentido cuando se observa el resto del estadio. La roca volcánica forma parte esencial de su apariencia y el mural parece continuar ese mismo material hasta transformarlo en figuras humanas, animales y símbolos mexicanos.
Esta relación responde al concepto de integración plástica, fundamental para comprender el proyecto original de Ciudad Universitaria. Los artistas no debían limitarse a decorar edificios ya terminados, sino crear obras capaces de dialogar directamente con su arquitectura.
¿Qué representa el mural del Estadio Olímpico Universitario?
En el centro de la composición aparecen un águila mexicana y un cóndor andino con las alas extendidas, figuras provenientes del escudo de la Universidad Nacional Autónoma de México y relacionadas con la idea de una identidad latinoamericana.
Debajo de ellas se encuentra una familia integrada por un hombre, una mujer y una niña. La composición ha sido interpretada como una representación del mestizaje: el hombre remite a la herencia europea mientras la mujer presenta rasgos indígenas. Entre ambos aparece la niña, quien sostiene una paloma asociada con la paz.
A los extremos de esta escena central encontramos dos atletas, un hombre y una mujer, relacionados con el encendido de la llama olímpica. El deporte aparece así no como un elemento aislado, sino integrado con la familia, la Universidad y una determinada concepción de México.

Rivera incorporó también símbolos procedentes del mundo mesoamericano. Debajo de las figuras centrales aparece Quetzalcóatl, la serpiente emplumada, acompañado por elementos vegetales como mazorcas de maíz y nopales.
La composición reúne así diferentes momentos históricos dentro de una misma imagen. El pasado prehispánico convive con el México mestizo, mientras los símbolos universitarios y los jóvenes deportistas apuntan hacia una sociedad moderna.
Lo que vemos debía cubrir prácticamente todo el estadio
La escala del proyecto original cambia por completo la manera de observar el mural actual. La Universidad, la familia y el deporte en México no había sido concebida como una intervención aislada sobre una sola parte del Estadio Olímpico Universitario.
Rivera quería cubrir el talud perimetral exterior del inmueble con una gran composición dedicada a la historia del deporte en México. La narración debía comenzar con las prácticas deportivas del mundo prehispánico y avanzar hasta las disciplinas practicadas en la época contemporánea.

De haberse completado, el exterior del estadio habría funcionado como una enorme superficie narrativa. Arquitectura y muralismo prácticamente habrían dejado de distinguirse, pues las imágenes recorrerían el edificio siguiendo su característica forma ovalada.
La UNAM conserva referencias y dibujos preparatorios relacionados con aquel proyecto. Estos materiales permiten entender que el fragmento actualmente visible no constituye una obra concebida originalmente como independiente, sino la parte realizada de un programa artístico considerablemente mayor.
Rivera incluso contemplaba utilizar diferentes soluciones técnicas en otras zonas del inmueble. Investigaciones del Instituto de Investigaciones Estéticas de la UNAM recuperan referencias del historiador del arte Justino Fernández según las cuales algunas partes habrían recurrido a procedimientos semejantes a los empleados por los antiguos constructores de Mitla, Oaxaca.
El pasado mesoamericano habría aparecido entonces no solamente en los personajes representados. También habría influido en la manera de construir físicamente algunas secciones de la obra.
¿Por qué Diego Rivera nunca terminó el mural?
Una explicación repetida con frecuencia señala simplemente que Rivera murió antes de concluir su trabajo. Sin embargo, las investigaciones universitarias permiten reconstruir una historia un poco más compleja.
El proyecto fue interrumpido principalmente por problemas presupuestales. Cubrir el enorme perímetro exterior del estadio con una intervención de estas características requería una cantidad considerable de materiales, trabajadores y recursos que finalmente no estuvieron disponibles.
A las dificultades económicas pudieron sumarse los problemas de salud que Rivera padecía durante sus últimos años. El propio Augusto Pérez Palacios, uno de los arquitectos responsables del estadio, mencionó posteriormente esta circunstancia al hablar sobre la interrupción de la obra.
Rivera murió el 24 de noviembre de 1957, cinco años después de la inauguración del Estadio Olímpico Universitario. Para entonces, el proyecto monumental que había imaginado ya no había podido continuar y el fragmento realizado terminó convirtiéndose en la versión definitiva que conocemos actualmente.
Por ello resulta más preciso decir que el mural quedó inconcluso por las condiciones que impidieron desarrollar el proyecto completo y que la muerte del artista terminó por cerrar cualquier posibilidad de que Rivera retomara personalmente aquella intervención.
Un trabajo en conjunto
La escala y la técnica del altorrelieve hicieron necesaria la participación de un equipo numeroso. La investigación histórica difundida por la UNAM documenta el trabajo de 70 obreros, albañiles y canteros, además de 12 pintores y arquitectos, quienes participaron en diferentes etapas de la realización.
Su trabajo era indispensable. Las piedras tenían que seleccionarse por sus colores, trasladarse, cortarse y colocarse sobre la estructura siguiendo la composición diseñada por Rivera.

Esta dimensión colectiva también resulta coherente con la propia tradición del muralismo mexicano. Aunque obras como ésta llevan el nombre de un artista, su ejecución podía involucrar asistentes, trabajadores especializados y numerosos oficios capaces de trasladar un diseño a una superficie monumental.
En el Estadio Olímpico esta participación adquiere todavía más importancia porque la obra se encuentra físicamente integrada al edificio. Los límites entre trabajo artístico, construcción y arquitectura se vuelven difíciles de separar.
La obra que Rivera consideró una de las más importantes de su vida
El proyecto tenía un significado especial para Diego Rivera. Fuentes históricas difundidas por la UNAM señalan que el artista llegó a referirse a su intervención en el Estadio Olímpico como la realización más importante de su vida.
La afirmación puede parecer sorprendente cuando se piensa en obras como los murales del Palacio Nacional, la Secretaría de Educación Pública o la Escuela Nacional de Agricultura de Chapingo. Sin embargo, adquiere otro sentido cuando conocemos las dimensiones del plan original para Ciudad Universitaria.
Rivera no estaba pensando únicamente en las figuras que actualmente vemos frente a Insurgentes. Imaginaba una intervención capaz de rodear un estadio completo y convertir su arquitectura en una narración monumental sobre México.
La técnica también le permitía experimentar con algo diferente a sus grandes frescos anteriores. En lugar de colocar pigmentos sobre un muro, utilizaba los propios materiales pétreos para construir imágenes que compartían materia con el edificio y con el paisaje volcánico que lo rodeaba.
El mural forma parte del patrimonio de Ciudad Universitaria
El Estadio Olímpico Universitario forma parte del Campus Central de Ciudad Universitaria, inscrito en 2007 en la Lista del Patrimonio Mundial de la UNESCO.
El reconocimiento contempla un conjunto donde urbanismo, arquitectura, ingeniería, paisaje y artes plásticas lograron integrarse en uno de los proyectos modernos más importantes realizados en México durante el siglo XX.
El mural de Rivera permite observar esa búsqueda con particular claridad. La piedra volcánica del Pedregal se transforma en arquitectura y posteriormente vuelve a adquirir nuevas formas mediante la intervención artística. Sobre ella aparecen símbolos prehispánicos, referencias al mestizaje, jóvenes deportistas y el emblema de una universidad que aspiraba a representar a toda América Latina.
Aunque la gran narración imaginada por Rivera nunca llegó a envolver el estadio, el fragmento conservado terminó convirtiéndose en uno de sus elementos más reconocibles.
Miles de personas pasan diariamente frente al Estadio Olímpico Universitario por Avenida Insurgentes. Otras tantas encuentran las figuras de Rivera cuando llegan a un partido, recorren Ciudad Universitaria o visitan uno de los conjuntos arquitectónicos más importantes de México.

Lo que resulta menos evidente es que esas imágenes constituyen el vestigio de algo mucho mayor. Donde actualmente vemos piedra volcánica desnuda, Rivera imaginó escenas capaces de recorrer la historia del deporte mexicano y envolver prácticamente todo el edificio.
El presupuesto impidió llevar aquella idea hasta sus últimas consecuencias y la muerte del artista terminó por volverla imposible. Paradójicamente, la parte inconclusa adquirió con los años su propia identidad y hoy resulta difícil imaginar el estadio sin las figuras de piedra que aparecen sobre su costado oriental.
Quizá por eso vale la pena detenerse la próxima vez que pasemos frente a ellas. El mural de Diego Rivera en el Estadio de CU no sólo cuenta mediante sus símbolos una historia sobre la Universidad, México y el deporte. También conserva la huella de otra obra, muchísimo más grande, que Rivera imaginó para Ciudad Universitaria y que nunca llegó a existir por completo.
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