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Paricutín, el volcán más joven del mundo

En 1943 el pueblo de San Juan quedó sepultado por la lava del Paricutín, el volcán más joven del mundo. ¿Lo conoces?

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Cuando era niño llegué a oír historias acerca del nacimiento de un volcán en medio de un campo de maíz; de la erupción que destruyó el pueblo de San Juan (ahora San Juan Quemado), y de cenizas que llegaron hasta la ciudad de México. Así fue como me interesé en el Paricutín, y aunque en aquellos años no tuve oportunidad de conocerlo, nunca salió de mi mente el ir alguna vez.

Muchos años después, por cuestiones de trabajo, tuve la oportunidad de llevar a dos grupos de turistas estadunidenses que deseaban caminar por el área del volcán y, si las condiciones lo permitían, ascenderlo.

La primera vez que fui, nos fue un poco difícil llegar al pueblo desde el cual se visita el Paricutín: Angahuan. Los caminos eran de terracería y en el pueblo apenas hablaban algo de español (aún ahora sus habitantes hablan más el purépecha, su lengua natal, que ningún otro idioma; de hecho, ellos nombran al famoso volcán respetando su nombre purépecha: Parikutini).

Una vez en Angahuan contratamos los servicios de un guía local y un par de caballos, y comenzamos la caminata. Nos tomó cerca de una hora llegar al sitio donde se encontraba el pueblo de San Juan, que fuera sepultado por la erupción en 1943. Se encuentra casi al borde del campo de lava y lo único que queda visible de este lugar es la parte frontal de la iglesia con una torre que permaneció intacta, parte de la segunda torre, también del frente, pero que se derrumbó, y la parte posterior de ésta, donde se encontraba el atrio, que también se salvó.

El guía local nos contó algunas historias de la erupción, de la iglesia y de toda la gente que murió en ella. Algunos de los estadounidenses se mostraban muy impresionados por la vista del volcán, el campo de lava y el tétrico espectáculo de los restos de esta iglesia que aún quedan.

Después, el guía nos habló de un lugar donde se supone que aún corre lava; nos preguntó si nos gustaría visitarlo y de inmediato dijimos que sí. Nos condujo por pequeñas veredas entre el bosque y luego por el pedregal hasta llegar al lugar. El espectáculo era impresionante: entre algunas fisuras en las rocas salía un calor fortísimo y seco, a tal grado que no podíamos pararnos muy cerca de ellas porque sentíamos abrasarnos, y aunque la lava no se veía, no quedaba duda de que por debajo de la tierra, ésta continuaba corriendo. Seguimos deambulando por el pedregal hasta que el guía nos condujo a la base del cono volcánico, a lo que sería su lado derecho visto desde Angahuan, y en un par de horas estábamos en la cima.

La segunda vez que ascendí al Paricutín, llevaba conmigo a un grupo de estadunidenses entre los que se encontraba una señora de 70 años.

Una vez más contratamos un guía local, al cual le insistí que necesitaba encontrar una ruta más fácil para ascender al volcán debido a la edad de la señora. Manejamos unas dos horas por unos caminos de terracería cubiertos con ceniza volcánica, lo que ocasionó que nos atascáramos un par de veces porque nuestro vehículo no tenía doble tracción. Al fin, llegamos por el lado de atrás (visto desde Angahuan), muy cerca del cono volcánico. Cruzamos el campo de lava petrificada por espacio de una hora y comenzamos a subir por un camino bastante bien marcado. En poco menos de una hora llegamos al cráter. La señora de 70 años resultó más fuerte de lo que pensábamos y no tuvo ningún problema, ni en el ascenso ni para regresar hasta donde habíamos dejado el auto.

Muchos años después, al hablar con la gente de México Desconocido acerca de escribir un artículo del ascenso al Paricutín, me cercioré de que mis antiguas fotos del lugar no estaban como para ser publicadas; así pues, llamé a mi compañero de aventuras, Enrique Salazar, y le propuse la ascensión al volcán Paricutín. Él siempre había tenido deseos de subirlo, también entusiasmado por la serie de historias que había oído acerca de él, así que partimos hacia Michoacán.

Me sorprendió la serie de cambios que ha habido en el área.

Entre otras cosas, el camino de 21 km hacia Angahuan ahora está pavimentado, así que fue muy fácil llegar. Los habitantes del lugar siguen ofreciendo sus servicios como guías y aunque nos hubiera gustado poder darle a alguien el trabajo, íbamos muy cortos de recursos económicos. Ahora ya hay un bonito hotel al final del pueblo de Angahuan, con cabañas y restaurante, que cuenta con información acerca de la erupción del Paricutín (muchas fotos, etc.). En una de las paredes de este lugar existe un colorido y bonito mural que representa el nacimiento del volcán.

Comenzamos la caminata y pronto llegamos a las ruinas de la iglesia. Decidimos continuar y tratar de llegar al cráter para pasar la noche en el borde. Llevábamos solamente dos litros de agua, un poco de leche y un par de conchas de pan. Para mi sorpresa, descubrí que Enrique no traía bolsa de dormir, pero él dijo que esto no representaba gran problema.

Decidimos tomar una ruta que después llamamos la “Vía de los Tarados”, que consistió en no ir por alguna vereda, sino cruzar el pedregal, que tiene como 10 km, hasta la base del cono y luego tratar de ascenderlo en forma directa. Cruzamos el único bosque que hay entre la iglesia y el cono y comenzamos a caminar sobre un mar de piedras filosas y sueltas. A veces teníamos que subir, casi escalar, algunos grandes bloques de piedra y del mismo modo teníamos que bajarlos del otro lado. Lo hicimos con toda precaución para evitar alguna lesión, porque salir de aquí con un pie torcido o cualquier otro accidente, por pequeño que fuera, hubiera sido muy doloroso y difícil. Nos caímos algunas veces; otras los bloques que pisábamos se movían y uno de ellos cayó sobre mi pierna y me hizo algunas cortadas en la espinilla.

Llegamos a las primeras emanaciones de vapor, que eran muchas e inodoras y, hasta cierto punto, fue agradable sentir el calorcito. De lejos veíamos algunas zonas donde las piedras, que normalmente son negras, estaban cubiertas de una capa blanca. A la distancia parecían sales, pero cuando llegamos a la primera sección de éstas, nos sorprendió que lo que las cubría era una especie de capa de azufre. También salía entre las grietas un calor fortísimo y las piedras estaban muy calientes.

Por fin, después de tres horas y media de lucha con las piedras, llegamos a la base del cono. El sol ya se había puesto, así que decidimos apretar el paso. Ascendimos la primera parte del cono de forma directa, lo que resultó muy fácil porque el terreno, aunque bastante empinado, es muy firme. Llegamos al lugar donde se juntan la caldera secundaria y el cono principal y encontramos un buen camino que lleva al borde del cráter. La caldera secundaria emite vapores y gran cantidad de calor seco. Arriba de ésta se encuentra el cono principal que está lleno de pequeñas plantitas que le dan un aspecto muy bonito. Aquí el camino hace tres zigzags hasta el cráter y está bastante empinado y lleno de piedras y arena sueltas, pero no es difícil. Llegamos al cráter prácticamente de noche; disfrutamos del paisaje, tomamos un poco de agua y nos preparamos para dormir.

Enrique se puso toda la ropa que traía y yo me metí muy cómodo a la bolsa de dormir. Nos despertamos muchas voces por la noche debido a la sed —habíamos agotado nuestra reserva de agua— y también a un viento fuerte que soplaba a ratos. Nos levantamos antes del amanecer y gozamos de una hermosa salida del sol. El cráter tiene muchas emanaciones de vapor y el suelo esta caliente, tal vez por eso Enrique no pasó gran frío.

Decidimos darle la vuelta al cráter, así que nos fuimos hacia la derecha (viendo el volcán de frente desde Angahuan), y en unos 10 minutos llegamos a la cruz que marca la cumbre más alta que tiene una altura de 2 810 m snm. Si hubiéramos llevado comida la habríamos podido cocinar sobre ésta, ya que estaba sumamente caliente.

Continuamos nuestro viaje alrededor del cráter y llegamos al lado más bajo de éste. Aquí también hay una cruz más pequeña, y una placa en memoria del pueblo desaparecido de San Juan Quemado.

Media hora más tarde llegamos al lugar de nuestro campamento, recogimos nuestras cosas y emprendimos el descenso. Seguimos los zigzags hasta el cono secundario y aquí, para nuestra suerte, encontramos un camino bastante marcado hasta la base del cono. De allí este camino se interna en el pedregal y se vuelve un poco difícil de seguir. Muchas veces tuvimos que buscarlo a los lados y regresarnos un poco para relocalizarlo porque no nos emocionaba mucho la idea de volver a cruzar el pedregal como tontos. Cuatro horas más tarde, llegamos al pueblo de Angahuan. Nos subimos al coche y regresamos a la ciudad de México.

Ciertamente el Paricutín es una de las ascensiones más bellas que tenemos en México. Desgraciadamente la gente que lo visita ha tirado unas cantidades impresionantes de basura. De hecho, nunca había visto un lugar más sucio; los lugareños venden papas y refrescos en la orilla del pedregal, muy cerca de la iglesia destruida, y la gente tira bolsas de papel, botellas y demás, por toda el área. Es una pena que no conservemos nuestras zonas naturales de una manera más adecuada. Visitar el volcán Paricutín es toda una experiencia, tanto por su belleza, como por lo que ha implicado para la geología de nuestro país. El Paricutín, por su reciente nacimiento, es decir, de cero a como lo conocemos ahora, está considerado una de las maravillas naturales del mundo. ¿Cuándo dejaremos de destruir nuestros tesoros?

SI USTED VAS AL PARICUTÍN

Toma la carretera número 14 de Morelia a Uruapan (110 km). Una vez allí tome la carretera 37 rumbo a Paracho y un poco antes de llegar a Capácuaro (18 km) desvíese a su derecha hacia Angahuan (19 km).

En Angahuan encontrará todos los servicios y podrá contactar a los guías que te llevarán al volcán.

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