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Recorriendo la Sierra Norte de Puebla

Salimos de la Ciudad de los Ángeles acompañados por Santa Ramírez, quien nos guiaría en nuestra aventura por la Sierra Norte de Puebla. Tomamos la carretera 150 hacia Cuetzalan y en la desviación a Oriental seguimos la carretera 129.

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Aún era temprano, pero el antojo que nunca duerme se alborotó con los colorados que vendían en la carretera al llegar a Acajete. Estos panes cubiertos de azúcar glaseada roja fueron el principio de una excitante aventura gastronómica.

DE PUEBLA A CUETZALAN

Entre pequeños cerros y los cascos de antiguas haciendas que se atraviesan constantemente en el panorama, y después de pasar por Grajales, donde se encuentra una empacadora de San Marcos, y por San José Chiapa, donde los duraznos son de un amarillo encendido, llegamos a Oriental.

Este antiguo sitio de acopio de productos de la sierra era un importante centro ferrocarrilero fundado en 1892, del que queda como mudo testimonio una imponente máquina a la orilla de la carretera, sobre unas vías en desuso. Después de refrescarnos con los tradicionales helados de coco, nescafé y mango que siempre se ofrecen en este punto, continuamos nuestro camino.

Entre Oyameles y Zaragoza es inevitable darse cuenta del inicio de la Sierra Norte de Puebla. La carretera serpentea en ascenso pronunciado por las montañas, habitadas por altísimos pinos que se difuminan al capricho de la neblina. En esta zona, nos advirtió Santa, el clima se torna impredecible la mayor parte del tiempo: de un momento a otro puede pasar de cálido-húmedo a frío y lluvioso, soleado o completamente nublado.

Con esta incertidumbre del clima, que más que disgustarnos nos sorprendía gratamente, iniciamos formalmente nuestra ruta por la Sierra, al llegar a Cuetzalan. Nunca habíamos estado aquí, y fue muy grato el impacto de esta armónica asimetría mexicana. Empedradas y sinuosas, las angostas calles que suben y bajan presumen el techumbre de barro de sus casas, cobijando románticos balconcitos.

LOS TELARES DE LA SIERRA

Casi sin detenernos continuamos nuestro camino hasta Chicueyaco, una pequeña comunidad de indígenas nahuas. Después de ascender a pie por una vereda entre la vegetación, llegamos hasta la cabaña de Tere Rodríguez, líder de un grupo de artesanas que por generaciones han mantenido la tradición de trabajar el telar de cintura.

Ataviadas todas con sus típicas blusas bordadas, faldas de algodón y huipiles, nos explicaban, en su melodioso náhuatl, cómo invertían gran parte de su tiempo en la creación de blusas, servilletas y camisas, con hilos de colores de acrílico, aunque lo ideal es de algodón, aclaran, para lo que buscan recursos con que cultivar esta planta.

Después de invitarnos un café, producto de los cultivos que de este amargo fruto abundan en la zona, saboreamos un delicioso pipián con tortillas recién hechas a mano, mientras la noche nos tomaba por sorpresa, al tiempo que las luciérnagas llenaban de destellos la oscuridad de la montaña.

PEQUEÑO PARAÍSO ECOLÓGICO

Nos instalamos en la comodidad del hotel Ensueño, en Cuetzalan. Además del placer a la vista que ofrece esta antigua casa con patio central, el desayuno, con un sazón casero muy especial, reavivó nuestras energías y decidimos visitar el Jardín Botánico Calatepec.

Aquí, adicionalmente al recorrido por tupidos senderos donde se observa una muestra de la vegetación de la zona, como el chamaki y la pesma, cuyas hojas pueden medir más de metro y medio de largo y con la que se hacen artesanías, se ofrece un taller temático del café que muestra todo su proceso, desde su cultivo, su cosecha, pasando por el tueste y el molido, hasta el placer de saborearlo en una humeante taza.

Además de la venta de plantas y de café recién tostado, nos explicó su propietaria, la señora Cristina García, en esta extensión de 5 hectáreas se proyecta instalar un restaurante, cabañas para hospedaje, aviario, mariposario, temazcal y otro taller temático de la caña de azúcar. No fue difícil soñar con el paradisiaco lugar desde un mirador donde se domina la inmensidad de la serranía.

Antes de irnos tuvimos la suerte de toparnos con doña Margarita Márquez, quien orgullosa nos invitó a probar sus vinos de frutas que prepara desde hace más de quince años. El de nuez de macadamia abrió la degustación, le siguió el de maracuyá, de un delicioso agridulce, y cerramos con un yolixpa, etílica artesanía de la región elaborada con trece hierbas digestivas.

XOCHITLÁN, “LUGAR FLORIDO”

Aunque deseosos por permanecer más tiempo, continuamos nuestro viaje por el eterno verde de la Sierra Mágica, como se le conoce a la zona, hasta Xochitlán. Este nostálgico pueblito coronado por los templos de San Bartolo y la capilla de la Virgen de Guadalupe, se enorgullece de ser la cuna de Vicente Suárez, de sus bordados de chaquira y de sus bellezas naturales, donde destacan misteriosas y gigantescas cuevas, algunas conocidas y otras en espera de ser descubiertas por aventurados espeleólogos.

Aquí, Héctor Méndez, nuestro joven y entusiasta guía, nos llevó a conocer la cueva de Santa Elena, en la comunidad de Tatempa, a la que se llega pasando por las ruinas de una antigua hacienda porfiriana productora de café. La entrada de la cueva, de 30 m de frente, conduce a una profunda caverna atravesada por un riachuelo que se pierde en la oscuridad del abismo, y donde penetra escasamente la luz del sol, lo suficiente para advertirnos de la presencia de decenas de murciélagos que habitan el lugar.

Además de conocer el interesante trabajo de una familia de artesanos de Tatempa que durante más de quince años se han especializado en la manufactura de juegos pirotécnicos, Filemón nos mostró paso a paso la elaboración de las tradicionales “ceras” que desde hace más de un siglo adornan con sus colores las fiestas, mejor conocidas como mayordomías, de cada año.

Con la inquietud de qué puede ser lo que le falta al bello pueblo de Xochitlán para ser incluido en la lista de los Pueblos Mágicos de México, y entre los acordes de un melancólico huapango, proseguimos nuestro camino.

LA LEYENDA DE UN MILAGRO

Nuevamente la neblina se había apoderado del atardecer en Jonotla, territorio en el que conviven totonacas y nahuas, así que aprovechamos para descansar y probar unos deliciosos tamales de “frijoles espinosos”, preparados por Jenny Melba en su restaurante Las Ranas.

Al día siguiente, y sin permitir que la ligera llovizna matutina nos intimidara, llegamos hasta el templo de la Virgen del Peñón. Aquí el maestro Agripino Juárez nos platicó la historia del joven indígena al que el 22 de octubre de 1922 se le apareció la Virgen en el peñón. A partir de ese suceso fue construida la iglesia, que parece salir de las entrañas de la piedra, y dentro de la cual se encuentra la legendaria Virgen tallada milagrosamente.

Más allá del templo y subiendo por 242 escalones hasta la cima del peñón se localiza una cruz, y desde ahí se observa una espectacular vista de la Sierra, destacando Jonotla entre muchos otros caseríos que sobresalen de los pliegues de las montañas.

Ya de vuelta al pueblo visitamos también la iglesia de San Juan Bautista, que data de 1546 aproximadamente, y cuya construcción semeja una fortaleza de gruesos muros de piedra con su “torre exenta”, o campanario independiente del cuerpo principal.

Aquí Santa nos invitó a volver algún día, ya que un grupo de empresarios de Puebla y México trabajan en un proyecto de rescate y restauración de ambos templos, y se planea impulsar a Jonotla como un importante destino ecoturístico de la Sierra.

TIERRAS DE PIMIENTA Y AGUA

Después de conocer a don Polencho y de probar sus jamoncillos de coco, su caramelo de naranja y leche y sus cocadas y polvorones, de los que guardamos la receta como el más valioso de sus tesoros, salimos hacia Tuzamapan, importante productor de pimienta de la zona, donde estos grandes árboles se dan naturalmente.

En este lugar, donde abunda el agua, visitamos uno de los manantiales más importantes, el de Muxuh, que en totonaco significa “mono”. Aquí se instalaron unos antiguos lavaderos que hoy se han convertido en un atractivo his-tórico, y ya que el agua proviene de la iglesia, es considerada como bendita por la gente que viene a bañarse en busca de un milagro.

Después de tanto caminar calmamos nuestro apetito y recargamos energías con unos deliciosos pollos, marinados en limón o adobo, y finalmente ahumados y cubiertos con hojas de plátano, ampliamente recomendados por la señora María de los Ángeles Godos. Ya completamente satisfechos, ella nos invitó a que nos aventuráramos por un accidentado camino de terracería, sólo apto para vehículos 4×4 como en el que íbamos, para llegar a la Rivera.

Después de media hora de camino nos encontramos en un puente muy alto, desde donde admiramos el ancho río que corría abajo y que divide en este punto los estados de Puebla y Veracruz. Aquí se acostumbra pescar trucha, acamayas, camarón y sardinitas, y por su cercanía con el mar, tanto en el clima como en la gastronomía y hasta en el ánimo de la gente, ya se siente la influencia de la costa.

EN TERRITORIO TOTONACA

Aún nos quedaba por visitar un punto de nuestro itinerario, y justo en medio de un día intensamente caluroso llegamos a Huehuetla. La pureza indígena de este ambiente nos cautivó: las mujeres con sus blusas bordadas y faldas largas, y los hombres con su camisa y calzón de manta, recorren las calles sin prisa. Sus ojos nos miraban tímidamente, con ese gesto curioso de quien no acostumbra desconocer un rostro en su rutina diaria, mientras merodeábamos entre los puestos del mercado, en las tiendas y en la iglesia, y mientras admirábamos el pintoresco quiosco de la placita.

Asomándonos por una puerta entreabierta descubrimos a unos jóvenes atareados entre plumas y telas de colores, quienes nos comentaron que trabajaban en el rescate de las danzas tradicionales de la región, mientras nos mostraban elementos del vestuario para la danza de los Voladores de Papantla y de Los Negritos.

Finalmente habíamos llegado al término de nuestro recorrido. Por falta de tiempo tuvimos que marcharnos, conformándonos con imaginar la alegría de las fiestas y las danzas que no nos tocó vivir, la belleza de las artesanías que nos platicaron y la música en náhuatl que no escuchamos; pero satisfechos por lo que nos ofreció este trozo de la Sierra Norte de Puebla y que siempre recordaremos.

TIPS PARA UN BUEN VIAJE

En la Sierra Norte de Puebla abundan las brechas de terracería que comunican a las comunidades con los principales municipios. Si cuenta con un vehículo 4×4 será la mejor opción para realizar sin limitaciones este recorrido.

Debido a la presencia de niebla en la zona, a las constantes lluvias y a las curvas tan pronunciadas de las carreteras, muchas de doble sentido, es recomendable no manejar de noche y hacerlo durante todo el viaje con mucha precaución.

Por la gran cantidad de atractivos naturales de la Sierra, se sugiere llevar pantalones de mezclilla, botas, gorra o sombrero y protector contra insectos (ecológico). El clima tan variado de la zona obliga a estar preparado para lluvia, calor o frío, con ropa y accesorios adecuados, como paraguas, impermeable, ropa fresca y algún suéter o chamarra ligera.

Una de las mejores oportunidades para disfrutar del folclor de esta región son sus fiestas. Le recomendamos que haga coincidir su viaje con alguna de estas celebraciones, en su mayoría religiosas, en la que verá artesanías, danzas, gastronomía y costumbres más tradicionales.

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