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Remembranzas teotihuacanas de Tenochtitlán

Han pasado varios siglos desde que Teotihuacan fue incendiada y abandonada.

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Aunque se han encontrado evidencias de que el lugar continuaba siendo ocupado por otros pueblos, como lo demuestran algunas casas al norte y al oriente de la Pirámide del Sol. Es innegable que la ciudad decayó de una manera violenta y que el esplendor de otros tiempos vino a menos. Calles y edificios empiezan a ser cubiertos por el polvo de los siglos y poco a poco la fisonomía de la urbe se convierte en una serie de montículos absorbidos por la maleza. Sin embargo, aún es posible adivinar en aquellas formas la existencia de una gran ciudad. Esto no va a pasar inadvertido para nuevos pueblos que se adentran en el Valle de México y se asientan en los alrededores del lago de Texcoco y áreas circundantes.

Uno de estos pueblos, quizá el último en penetrar al centro de México, fueron los mexicas o aztecas. Provenientes de una región más al norte, después de no pocas peripecias se asientan en el lugar en donde se los permite Tezozómoc, señor de Azcapotzalco, quien ostenta el poder en buena parte del territorio. De esta manera fundan la ciudad de Tenochtitlan hacia el año 1325, según coinciden en señalar diversas fuentes históricas. Es interesante hacer ver que en ese año hubo un eclipse solar, lo que pudo haber influido para que los aztecas ligaran un hecho tan importante como la fundación de su ciudad con un acontecimiento pleno de simbolismos, como era la lucha entre la Luna y el Sol, que quedó plasmada en algunos de sus mitos.

La naciente ciudad de Tenochtitlan va a tener desde sus comienzos una traza urbana que nos recuerda la de la ciudad de los dioses. Se establece un centro fundamental que adquiere un carácter sagrado, pues en él se encuentran los principales edificios religiosos. El templo a su dios Huitzilopochtli va a ocupar el centro de la ciudad y de su cosmovisión. Una gran plataforma va a delimitar el espacio sagrado del profano. Las cuatro calzadas que unen a la ciudad con tierra firme se orientarán hacia los cuatro rumbos del universo. Es así como Tenochtitlan queda dividida, en un principio, en cuatro grandes barrios o cuadrantes que le dan una fisonomía similar a la que mil años atrás tuviera Teotihuacan.

Tan grande fue la influencia de Teotihuacan entre los grupos nahuas posteriores, incluidos los aztecas, que el mito del surgimiento del Quinto Sol tendrá lugar en la ciudad de los dioses. A esto hay que añadir que con la mitificación de Teotihuacan, surge el interés por conocer la obra de los dioses. No tenemos duda de que los aztecas fueron y excavaron en Teotihuacan, atraídos por lo que significaba la ciudad. De esto nos hablan numerosos objetos y rasgos teotihuacanos que han sido encontrados en las excavaciones del Templo Mayor azteca.

En efecto, son varios los objetos de indudable procedencia teotihuacana; entre ellos dos máscaras que aún guardan las incrustaciones de concha y obsidiana que formaban ojos y dientes; su tallado es de gran calidad y una de ellas presentaba a los lados grandes orejeras de piedra verde. Hay un interesante fragmento de una vasija en piedra verde en el que se ve en bajorrelieve un guerrero con escudo y un arma, que enfrenta a un animal con collar posado encima de un templo compuesto por varios cuerpos y en el que se observa un tablero. Destaca un cajete de piedra verde con pequeños soportes que contenía piedras sin labrar en su interior. A esto hay que añadir cuatro vasijas de cerámica café con pulimento a palillos, dos de las cuales tienen la típica representación de Tláloc, por lo que se les conoce como “ollas Tláloc”. También hay figuras antropomorfas de piedra o partes de esculturas típicas de Teotihuacan, algunas de las cuales aún conservan restos de pintura. Se cuenta, además, con varias máscaras teotihuacanoides procedentes del área de Guerrero, región de la que ya vimos su importancia en relación con Teotihuacan, importancia que perdurará en la época azteca.

Unido a esto, nos referiremos a otros elementos tomados de Teotihuacan, pero realizados dentro del estilo azteca. Se trata de una escultura sedente de Huehuetéotl, dios viejo y del fuego, que presenta las mismas características que las encontradas en Teotihuacan. Sin embargo, el gran brasero que lleva sobre la cabeza difiere de los encontrados en la Ciudad de los Dioses. En efecto, no tiene la concavidad en la parte superior para encender el fuego; la base es plana y muestra glifos. Por otra parte, las manos sí guardan la misma posición que las de los dioses viejos teotihuacanos. Esta escultura fue encontrada al norte del Templo Mayor y por su ubicación dentro del relleno de la sexta etapa constructiva y su cercanía al Templo Rojo, pensamos que probablemente estuvo colocada sobre el altar circular que se localiza en medio del vestíbulo de este templo.

Es precisamente en los llamados Templos Rojos que flanquean al Templo Mayor, en sus lados sur y norte, donde vemos otra reminiscencia teotihuacana. Están hechos con el típico orden de talud y tablero, si bien los templos aztecas se asientan sobre una pequeña plataforma, en tanto que en Teotihuacan los taludes de los edificios por lo general desplantan directamente desde el piso. Otro elemento importante es el decorado que cubre las alfardas y parte del talud de estos templos, pues nos recuerdan motivos teotihuacanos, como los medios ojos que aparecen en corrientes de agua.

Otro edificio con forma similar a los descritos, pero sin el vestíbulo, es el que se excavó en 1964 debajo de la Librería Porrúa. Se encontró al norte de la Casa de las Águilas y tiene talud y tablero, y al igual que los Templos Rojos se asienta sobre una pequeña plataforma que le sirve de base. El talud está ricamente decorado con pintura que representa el rostro de Tláloc.

Como puede verse, la presencia teotihuacana se hace evidente de varias maneras. Por un lado, en determinados mitos nahuas que ubican en Teotihuacan acontecimientos de suma importancia como el surgimiento del Quinto Sol por el sacrificio y muerte de los dioses. La traza de la ciudad es similar a la que prevaleció en Teotihuacan, en donde la orientación obedece a los movimientos solares. Lo mismo acontece con algunos edificios orientados hacia el poniente, como el caso de aquellos que en un momento juegan el papel de ser el centro del universo (Pirámide del Sol y La Ciudadela). Estos conjuntos están siempre rodeados de plataformas que los separan de un espacio exterior. En ellos se cruzan las calzadas orientadas hacia los cuatro rumbos universales. Estos edificios se relacionan con agua y sacrificio (vida y muerte).

En Tenochtitlan ocurre lo mismo. Vemos que el Templo Mayor, que tiene el carácter de centro del universo, se orienta hacia el poniente, conforme al movimiento del sol. Todo el recinto ceremonial está rodeado por una enorme plataforma que lo separa del resto de la ciudad y de este recinto salen las calzadas que se dirigen a los cuatro rumbos del universo. La dualidad vida-muerte se pone de manifiesto de muchas maneras. En fin, todos estos principios están presentes en Teotihuacan y perduran en el tiempo para aparecer, muchos siglos después, en ciudades tardías como Tenochtitlan y Tlatelolco.

Ahora surge una pregunta obligada: ¿a qué obedece la necesidad de tomar elementos de sociedades anteriores y hacerlas propias? Vemos que esto se repite en muchos pueblos. En el caso del centro de México, pensamos que es muy importante la legitimación. Todos los pueblos tratan de legitimar su presencia en la tierra, principalmente de dos maneras: por su relación con la divinidad y por su relación con otros pueblos que los antecedieron y que son parámetro de grandeza. Para el azteca, los toltecas de Tula eran el parámetro de la grandeza humana. Quizá antes de salir de Aztlán estaban sometidos a los toltecas y en ellos veían la grandeza guerrera. De ahí la necesidad de buscar por todos los medios la manera de decir que descendían del tolteca. Teotihuacan representa la presencia divina. Al no saber quién construyó aquella ciudad, la mitifican y va a ser obra de los dioses. Allí nacerá el Sol del hombre nahua. Así, por medio de los mitos, buscan la ansiada relación con la ciudad de los dioses. El traer piezas de Teotihuacan y colocarlas en su templo principal logra la alianza deseada. Lo mismo ocurre cuando reproduce edificios y esculturas que recuerdan a los de la vieja ciudad. Otro tanto acontece cuando, a su vez, reproduce edificios de Tula, como las procesiones de guerreros en el interior de la Casa de las Águilas y braseros con el rostro de Tláloc, o transporta desde la ciudad tolteca un chac-mool de piedra que fue encontrado en el recinto ceremonial azteca y llega a imitar esta figura colocándola en la entrada del santuario de Tláloc en la etapa II (circa 1390 d.C.) del Templo Mayor. Algo parecido podemos decir de la imitación de piezas como los atlantes, que aunque de menor tamaño guardan todas las características de aquellas enormes esculturas.

Así, las tres ciudades –Teotihuacan, Tula y Tenochtitlan– se entrelazan en el tiempo. El azteca va a ser quien incorpore mitos y realidades de las dos primeras en su propia ciudad, y es así como una tradición surgida a principios de nuestra era va a estar presente mil quinientos años más tarde en Tenochtitlan.

Es la forma en que el hombre azteca legitima su presencia en la tierra: proviene de los dioses y desciende de los grandes hombres…

Fuente: Pasajes de la Historia No. 4 El milenio teotihuacano / noviembre 2000

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