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Ruta ciclista de Cuetzalan hasta El Tajín

El propósito de nuestra aventura era descender en bicicleta por la Sierra Madre Oriental y viajar desde el Pueblo Mágico de Cuetzalan, hasta la zona arqueológica de El Tajín, en Veracruz.

Descubrimos que desde Cuetzalan, ubicado entre esta sierra y la planicie costera de Veracruz, a 980 m snm, parten algunas brechas que conducen a un bosque tropical de clima húmedo y semicálido -donde se produce café, cítricos y otras frutas-, y más adelante, pasando por varios ranchos ganaderos, desembocan a la carretera que conduce a la zona arqueológica de El Tajín.

Llegamos a Cuetzalan, pueblo de hermosa arquitectura, y conocimos a don Pepe, el dueño de la farmacia “San Francisco”, quien nos indicó los posibles caminos a seguir para llegar a la costa. Saliendo de la farmacia de don Pepe un campesino nos recomendó comer en el restaurante Bonanza, donde casi todos los clientes son indígenas y campesinos; por una pequeña sumase come sopa, pollo en salsa u otro tipo de carne, frijoles, tortillas y refresco. Todos los parroquianos salen de ahí satisfechos por el trato cortés y eficiente que brindan las señoras que atienden el comedor.Esa noche preparamos el equipo para el viaje, y más tarde, cuando todo estaba listo, fuimos a una cantina cuyo nombre no se distingue pues lo cubren las palmeras. Al acercarnos, un foco que iluminaba las típicas puertas nos permitió ver por abajo pies descalzos, huaraches y botas vaqueras que nos invitaban a pasar.

Cuando entramos se hizo un silencio general; obviamente llamábamos la atención, pero después de una incómoda pausa todo volvió a la normalidad. Nos sentamos en una banca pintada de azul rey, colocada enfrente de otra igual a tan poca distancia que nuestras piernas casi tocaban las de los de enfrente; pedimos un tequila y mientras nos lo servían estuvimos viendo la gran variedad de licores de frutas de la región que adornaban la barra y nos pusimos a leer los refranes que llenaban las paredes del lugar.Al día siguiente salimos del hotel, cruzamos callejones y calles adoquinadas y empezamos nuestro viaje hacia El Tajín.

Lo primero que vimos fueron dos barrancas no muy profundas a cada lado de la carretera. Avanzamos cerca de 10 km y apareció ante nosotros la zona arqueológica de Yohualiénchan (la casa de la noche), la cual tuvo su desarrollo y apogeo entre 600 y 900 d.C. El tipo arquitectónico de Yohualinchan es el denominado Tajín, ya que sus dos estructuras piramidales tienen nichos como los de esta ciudad; cuenta además con un juego de pelota lo cual indica que posiblemente fue un centro ceremonial.

Después de visitar el sitio, continuamos pedaleando hasta que terminó la carretera pavimentada, de 4 m de ancho y carente de vegetación; entramos a una brecha casi escondida por la maleza y comenzamos nuestra lucha contra los escalones, los charcos y los vados de los múltiples ríos que en esa región llevan el agua de las lluvias hacia el mar. El objetivo del viaje se estaba cumpliendo, pero al cabo de un rato comenzaron los problemas: con tantos saltos las maletas empezaron a caerse y las tuvimos que amarrar más fuerte; el asiento de la bicicleta se desatornilló y se hizo necesario apretar las tuercas; en fin, detalles pequeños. Después de un rato en el camino encontramos a un indígena vestido con pantalones y camisa de manta, sombrero de ala no muy ancha y huaraches, quien nos preguntó nuestro destino. Le respondimos “Veracruz” y nos contestó: “Pues nos vemos allá, pero seguramente yo llego primero, ha, ha, ha”. Cada quien siguió su rumbo y no lo volvimos a ver.

El camino tenía tantas piedras que parecía empedrado a propósito. De vez en cuando, una piedra grande nos hacía dar un salto, y como todo era bajada era difícil controlar la velocidad: la pobre gente que tranquilamente caminaba sobre la brecha a la sombra de los árboles, se asustaba a nuestro paso, y salía corriendo como gallina perseguida por un perro. Tuvimos que pedir disculpas y aunque tratamos de no repetirlo, nos volvimos a topar con otras personas que merecieron, también, un “perdón”. El paisaje, los árboles, la fauna, el tipo de piedra, el clima y el humor de la gente entre otras cosas, fueron cambiando rápidamente conforme avanzábamos hacia el este. Los helechos y el follaje iban quedando atrás dejándonos expuestos al sol tropical en los potreros de los ranchos ganaderos.Llegamos a un pueblo colonial (San Antonio Rayón) que entre sus atractivos tiene una “Central de Abasto” (así llamada por Echeverría) construida sobre una plataforma de cemento en la cual se levantan innumerables palos de madera que sostienen el techo de teja bajo el cual se refugiaba del sol una sola señora que vendía jitomate, nopales, ejotes, pollo y todas las cosas necesarias para cocinar una buena comida: Se veía muy poco movimiento (definitivamente Rayón es un lugar pacífico) y la poca gente que encontramos estaba reunida en una tienda ubicada en la contraesquina de la iglesia y frente a la ya mencionada Central de Abasto. Ahí una señora muy amable nos indicó el camino y no ofreció unas deliciosas empanadas de arroz; al morderlas, escapó un vaporcillo cuyo aroma nos obligó a pedir otra.

El camino, aún desconocido para nosotros, seguí, según la señora, “por donde los caballos están atados y rumbo hacia donde el señor del sombrero se dirige”.Después de comer, revisamos todas las tiercas que pudieron haberse aflojado y reanudamos el viaje. La brecha que tomamos comenzó a desaparecer poco a poco entre el pasto y una que otra planta bajo la que se escondían piedras y charcos que nos dificultaban el paso con la bicicleta. Un poco incómodos terminamos ese tramo cruzando una cerca que dividía un rancho ganadero del camino. Entre cebús que corrían al vernos y unos cuantos árboles que dan sombra a los animales, seguimos río arriba hasta encontrar un lugar que gracias a su poca profundidad se puede cruzar a pie. El río La Rivera, de agua tan clara que los diferentes insectos y acamayas que trataban de esconderse debajo de las piedras del fondo únicamente conseguían aumentar su tamaño, y el sol que mantenía la tierra caliente, nos incitaron a tomar un respiro. Mientras disfrutábamos del baño, los hombres atravesaban el vado del río arremangándose hasta la rodilla los pantalones de manta y las mujeres levantándose tímidamente la falda.

El tiempo nos obligó a continuar; cruzamos el río, que por cierto es la división entre los estados de Puebla y Veracruz, y tomamos una vereda que poco a poco empezó a cambiar de aspecto: había menos piedras, más gente, y se veían casitas de campesinos y arrieros que viven a lo largo de la vereda. Los campesinos, amablemente nos indicaron el buen camino para llegar al pueblo de Tecuantepec (cerro del tigre). Las casas son de adobe, pintadas de blanco en su mayoría y con techos de teja roja. Los aleros sombrean las banquetas muchas veces esparcidas con granos de café que se secan al sol. Por las calles empedradas transitan las mujeres con sus bebés en la espalda, los trabajadores que vienen del campo y los niños, siempre activos, que corren de un lugar a otro.

Nos paramos a tomar un refresco en una tienda, y aprovechamos para platicar con el dueño sobre la condición del camino y la distancia. El señor nos dio algunos tips y nos dijo que cuando viéramos los camiones rojos de pasajeros tuviéramos cuidado, ya que normalmente no respetan al peatón o en nuestro caso al ciclista. Después de apagar la sed continuamos pedaleando y en el camino sólo encontramos un camión recogiendo, por fortuna, a una persona. Lo pasamos y después de cruzar un río llegamos a Comalteco, un pueblo que, además de ser pintoresco, está habitado por gente muy amigable. Una señora que acompañada de su nieta observaba el tráfico sentada desde la terraza de su casa, nos ofreció agua, y nos recomendó que atravesáramos el río Necaxa en ganga, para evitar así el viaje de alrededor de una hora para encontrar el puente que lo cruza. Tomamos su consejo y la ganga y cuando llegamos al otro lado camina­mos hasta la carretera donde pedimos un aventón en camión de redilas que nos llevó a la zona arqueológica del Tajín, punto final de nuestro viaje.

 

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