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Xichú. Una utopía serrana en Guanajuato

No recuerdo el sonido de la Sierra Gorda. Recuerdo la velocidad del viento, la densa neblina que cubría y descubría las montañas, y un pequeño templo apenas distinguido entre la apretada multitud de árboles.

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La Sierra Gorda, en el noreste de Guanajuato, no se parece en nada al resto del estado, en cuyo territorio predominan los valles de amplios horizontes agrícolas. La Sierra Gorda sólo se parece a sí misma: planos de montañas que parecen interminables, niebla intensa que vuelve misteriosa la alta montaña, y mucho sol y mucho polvo en el fondo de sus gargantas, en una de las cuales se asienta Xichú, antiguo pueblo minero que hoy vive del comercio, la ganadería y el huapango.

LOS RECUERDOS DE CHARCO AZUL

Me detengo unos momentos en Charco Azul, una pequeña cascada que luego se extiende en un hermoso manto de agua rodeado de árboles y bruma, y pienso que a esta sierra llegué gracias a la invitación del poeta y trovador Guillermo Velázquez; años más tarde conocí algunas de sus más escondidas tierras gracias a la amistad de otro poeta serrano, Ángel González. Dos poetas serranos, dos trovadores huapangueros muy distintos entre sí, pero marcados por el destino de la palabra y el canto. Y el destino, para aquellos poetas y trovadores huapangueros que de verdad lo son, es algo más que un oficio, es un compromiso de por vida, un camino al que no se pueden sustraer. Hay un antiguo texto que define de manera inmejorable a estos modernos juglares serranos. Pienso en Guillermo, poeta, juglar, trovador incansable, que ha hecho de su vida un larguísimo viaje a las más recónditas rancherías de la sierra y del país, lo mismo que a Moscú, África o a La Realidad, del Chiapas zapatista. Y siempre acompañado por su quinta huapanguera, por sus décimas y por una especie de bandera que junto con su esposa Isabel y su hermano Eleazar carga a sus espaldas: la tradición. Pienso en Ángel, que igual ha viajado a Islas Canarias o Tijuana, pero anclado, poderosamente enraizado en la tierra que lo vio nacer: la comunidad de Palomas, allá adentro de Xichú, bien adentro de la Sierra Gorda de Guanajuato.

UNA LEYENDA Y UNA REFERENCIA ESPIRITUAL

Xichú es un nombre antiguo de origen muy vago. La leyenda más difundida cuenta que allá por los tiempos de la evangelización, un sacerdote oficiaba una misa cuando de pronto una flecha perdida se le clavó en un ojo. Los indios gritaron ¡Xichú, Xichú!, que significa ojo cegado. Pero Guillermo Velázquez, hijo entrañable de Xichú, apunta hacia una opinión más íntima y profunda: “Para mí el nombre, aunque no sepa qué quiere decir o cuál es su traducción en castellano, es una referencia anímica y espiritual. Es una referencia de identidad del lugar al que pertenezco porque la sierra también es eso, es el regazo nuestro, es la casa grande. Todos los poetas tenemos algún poema que hable del lugar donde nacimos y donde queremos morirnos también”.Así es que Xichú, el viejo mineral, es ante todo tierra de poetas y trovadores, tierra de baile y zapateado. La Sierra Gorda es cuna de no pocos poetas serranos que poseen un antiguo saber: “La poesía en la Sierra Gorda, explica Guillermo, es lo que llamamos la poesía decimal, cuya antigüedad se remonta, como forma estrófica, hasta el siglo XVI. Aquí en la Sierra Gorda ejercitamos un tipo de poesía pública que tiene ese vínculo con el pasado, pero pienso que tiene también un impulso hacia el futuro. La poesía en la Sierra Gorda es un hecho, una presencia, un poder.

LA CUESTA DEL MALTRATO

Dejo Xichú temprano y me adentro en el gran cañón que conduce a Guamúchil y Palomas. Las enormes montañas me parecen poderosas fortalezas de piedra que resguardan con celo el secreto de su antigüedad. Para llegar a Palomas hay que subir una gran montaña conocida como la Cuesta del Maltrato. Desde lejos se aprecia el dibujo que la mano del hombre provocó en ella: el caprichoso trazo del camino. “Son lágrimas”, dice Ángel González.En lo alto de la Cuesta, frente al admirable panorama que la cumbre ofrece, me encuentro con Ángel González. Nos saludamos con el afecto que los años nos han dado y nos dejamos envolver por el silencio casi religioso que impone el lugar. Luego afirma, como continuando un viejo diálogo interrumpido por el tiempo y la distancia: “Ser poeta es un grande compromiso, porque uno es como el portavoz de todo lo que te rodea.Esto es algo misterioso, porque uno no busca ser poeta, uno nace siendo poeta. Y uno busca entre la sierra y entre la conciencia las palabras que habrán de ser el poema, y a veces la búsqueda es larga. Pero una vez que llega, se desgrana como el maíz”.

LOS PRIVILEGIOS DEL VIAJERO

A unos 15 minutos de la cuesta está Palomas, situada y sitiada en un pequeño valle rodeado de montañas. Abunda el ganado cebú, que en opinión de algunos ha contribuido al proceso de desertificación evidente en la zona. Ahí nos recibe la familia de Ángel: su esposa Leonila y sus hijos Abraham, Isaac, Jacob, Sara y Ceci, toda una dinastía bíblica. Ante mi observación, Ángel sonríe y sólo dice: “Santa Cecilia es el patrono de los músicos, y nosotros, toda mi familia y yo, somos músicos”. Las paredes del comedor recientemente ampliado por sus propias manos son la confirmación de sus palabras; más que cuadros aquí cuelgan violines, guitarras y vihuelas que se descuelgan a la menor provocación. Porque Ángel y Leonila son ante todo grandes anfitriones, grandes celebradores de la amistad; no sólo abren sus puertas al viajero, sino que gozan de su presencia haciendo de su casa una fiesta de hospitalidad. Al poco tiempo de haber llegado, ya Leonila tiene listos los frijoles en la mesa, el arroz, los nopales y la infaltable salsa de chilcuague, una planta endémica de toda esta región. Mientras comemos Ángel me explica las bondades de esta planta: “Es una raíz prehispánica que la utilizaban nuestros antepasados como medicina. Aquí la usamos para las amibas, y como es antibacterial, para cicatrizar heridas, pero también como alimento.” Mastico un pequeñísimo trozo de raíz y el poderoso efecto del chilcuague se manifiesta de inmediato en una sensación de adormecimiento que se difunde por toda mi boca.

PRISCO Y AGAPITO

Hay varios caminos que conducen al Platanal. Me voy por El Roblar para llegar con los hermanos gemelos Prisco y Agapito Sáenz, buenos amigos que me guiarán hasta el río. Cuando arribo, ellos dos ya preparan las mulas para el viaje. Mientras cabalgamos sierra adentro, Agapito, gran platicador, me cuenta anécdotas de El Platanal. “Allá vive un hermano de nosotros, Olivo Sáenz González. Cuando se fue yo le decía, no te vayas porque te van a matar, pero él me decía, si yo no les he hecho nada por qué me van a matar.” Les escuché decir muchas cosas: que la gente era trabajosa, que había que andarse con cuidado, que el que entraba ahí no salía. “¿De dónde es ése? Del Platanal, hay que cuidarnos mucho de esa gente, gente muy peligrosa. Mira, entró este desconocido, ¿a qué vendrá? Dice el dicho que el que tiene ‘hechas’ tiene sospechas, quién sabe a qué vendrá éste, mejor dale matarile.” Viejas anécdotas de un lugar hoy pacífico. Entre cuento y cuento llegamos a la embocadura del río Santa María, un hermoso cauce que forma una herradura de aguas apacibles. Aquí descansamos para mañana ascender a nuestro objetivo final.

EL PLATANAL

Enedino, hijo de don Olivo Sáenz, llega temprano a nuestro encuentro para relevar a Prisco y Agapito. Con él cabalgo hasta El Platanal entre una lluvia menuda, persistente. Las nubes se deslizan lentamente en lo alto de las montañas. Enedino me resume en pocas palabras lo que para él es El Platanal: “Creo que este punto es un lugar de concentración, porque aquí puedes encontrar desde papayas, plátanos, caña de azúcar, aguacates, mangos… y agua por supuesto. Es un pedacito de paraíso porque convives con todo.” 45 minutos después comenzamos a ver las ricas parcelas que confirman sus palabras. Y entre la abundancia vegetal advertimos unas diez o 12 casas diseminadas en la ladera de la montaña. Esto es El Platanal. “Aquí más antes se llegó a ver que se mataba a la gente, era un lugar muy famoso de cosas que pasaban”, recuerda Don Olivo mientras desgrana maíz. Interrumpe un instante su quehacer y como revolviendo su memoria continúa: “Yo me hice amigo de un señor que vivía aquí, don Sixtos, y él quería irse de aquí. Y como éramos amigos me buscó para dejarme lo que tenía en su lugar. No, don Sixtos, no se vaya, aquí tiene su casa, aquí tiene todo. Pero él estaba en lo dicho. Yo le dije a mi familia, don Sixtos me deja sus tierras y una huerta con caña y árboles frutales. Y como allá en El Roblar sufríamos mucho por agua, mi familia y yo dijimos, aquí vamos a vivir. Nos venimos por unos ocho días a moler la caña y mire, aquí nos hemos quedado, ya tenemos 15 años en El Platanal”. Enedino me conduce a una pequeña ladera desde la que se domina todo el lugar. La lluvia, menuda y pertinaz, las casas apenas entrevistas entre la poblada comunidad de árboles, las montañas que forman una cañada en cuyo fondo fluye desde los viejos tiempos el río Santa María. Esta visión no exenta de nostalgia que me hizo recordar aquel poema: Dicen que este paisaje fue creado en la época de los dioses impetuosos, la divinidad de las montañas. / Ni pincel de pintor ni pluma de poeta pueden copiar las maravillas del demiurgo. Enedino me apresura. Es tiempo de regresar.

Fuente: México desconocido No. 336 / febrero 2005

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