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Cerámica de Petatillo. Tejido al capricho del pincel

Por: Claudia Sáenz

El trabajo de la cerámica, que en muchas ocasiones se pierde en las lejanas épocas prehispánicas, en Jalisco ha evolucionado dando vida, entre otras técnicas, a la del petatillo. ¡Descúbrela!

Esta labor se caracteriza por la minuciosidad con que se rellenan los espacios libres dejados por el dibujo principal en cada pieza, pintándolos con milimétricas líneas entrelazadas que dan un aspecto de tejido de petate, objeto de donde proviene su nombre. Con siete hijos, tres hijas y tantos nietos que ya perdió la cuenta, don José Bernabé mantiene viva una tradición familiar, sustento por más de tres generaciones: la elaboración de piezas en barro petatillo. Este artesano, cabeza de una familia pionera en este arte, define como "una gran fiesta" su labor diaria, en la que se reúnen su esposa y descendientes en el patio de la casa. 

Con un retrato de sus abuelos en sus manos y como inspirado por su imagen, don José deja escapar sus memorias. "Mi abuela se dedicaba a hacer cazuelas, ollas, tinitas para los pajaritos y loza de servicio en general, todo en barro, sin pintura, ni nada... Así era la costumbre en Tonalá, Jalisco donde casi todas las familias realizaban trabajos de alfarería. El barro se conseguía en diferentes pueblitos, como El Rosario o Coyula, y en Tetlán para obtener un barro muy especial, el blanco." 

Más tarde, los abuelos de don José empezaron a decorar sus piezas con colores: negro y blanco, con los que inicialmente les pintaban nombres a la loza. Después, su creatividad se extendió a diseños que incluían motivos inspirados por la naturaleza, por lo que ya añadían la vida del verde, que extraían del cobre.  Posteriormente, recuerda don José, "unos señores llamados Magdaleno Goldívar y José Cervantes empezaron a pintar unas piezas con unas líneas muy finitas, entrelazadas, formando una cuadrícula que semejaba al tejido de un petate...". En ese entonces, más que ahora, la gente de Tonalá convivía mucho y compartía sus conocimientos "Cuando los centavos, las casas de puertas abiertas y todos eran conocidos de todos..." y los abuelos empezaron también a experimentar con esta técnica, alrededor de 1840, y así se instaló en la familia hasta el día de hoy. 

Don José conserva algunas creadas por su padre, de quien aprendió el oficio. En éstas se puede observar el trabajo de petatillo que antaño se realizaba, un poco más grueso y menos preciso en comparación con el actual. También, comenta que siempre ha sido una labor ardua, desde que acompañaba a su papá a San Juan de Dios, conocido como el Mercado Libertad, llevando su loza en burro. "Cada lunes la gente iba a venderla en la calle Dionisio Rodríguez, por eso se conoció en un principio como Loza de Guadalajara. Por este comercio se hizo famoso un mesón, sumamente concurrido, pues era casi el único lugar donde la gente podía llegar a dormir, comer y tener a sus burritos, el Mesón de la Trinidad...". 

Con este tejido pictórico, lleno de minuciosidad y paciencia, se rellena el espacio vacío entre árboles, flores y animales de todo tipo, personas, paisajes campiranos y profundamente mexicanos. Es el maravilloso milagro de la vida el que se expresa en casi todas las piezas, con parejas de todo tipo de animales: pavorreales, venados, pájaros “que ya no se ven”, caballos, mariposas, hombres y mujeres rodeadas de niños, con la ilusión óptica de que se reproduzcan en sus piezas y se dé siempre más vida. El gallo y la gallina, el conejo y la coneja, Adán y Eva, incluso música, fiestas populares y motivos que hablan de la muerte, “porque donde hay vida, hay muerte”.  Para la elaboración de estas piezas se utiliza un barro muy especial, que debe ser fino y libre de impurezas, lo que da como resultado un trabajo de muchísima calidad, lo que no se obtiene con otro tipo de barros.    

El arte de hacer el barro

Este barro pulverizado se tamiza hasta quedar como una finísima arena y se le agrega agua hasta formar una pasta muy suave, tersa e infinitamente moldeable, que al tacto resulta fresca y agradable. Con esta masa de barro se empiezan a moldear las piezas, usando un torno, de donde salen jarros, floreros y otro tipo de recipientes.  La utilización del torno no resulta sencilla, así que debe manejarlo una persona bastante especializada. Afortunadamente, don José cuenta con la habilidad de su hijo Alejandro, quien desde niño se sintió atraído por su vertiginoso funcionamiento. Algunas piezas son modeladas con sus propias manos, y para otras más se utilizan moldes, pues brindan uniformidad y ahorro de tiempo.  Cuando la pieza está formada se deja secar a la intemperie durante dos o tres días, exponiéndolas, al final del proceso, directamente a los rayos del sol, para que acabe de evaporarse toda la humedad. Después ya está seca y firme, pero aún está cruda, por lo que si se mojara se desbarataría. Para evitarlo se mete al horno. A eso se llama “pasarla por el primer fuego”, como a 900° C durante cinco o seis horas.  Al salir del horno las piezas se enfrían y en este momento comienza la más laboriosa y artística parte de todo el proceso, el decorado con fantásticos diseños.

¡A pintar se ha dicho!

El palmeado es la base o principio de todos los dibujos, las áreas grandes y sombreadas, enseguida se delinean todas las figuras para resaltarlas y finalmente se llenan los espacios con las pequeñas y minuciosas líneas que entrecruzadas forman el petatillo.  El esgrafiado es una parte importante en la decoración de muchas piezas: es una franja ubicada en la base, orilla o parte superior, como una banda que con un diseño característico complementa el diseño final, y en determinado momento uniforma la pieza con otras pertenecientes a una misma vajilla. Todas se pintan con pinceles que ellos mismos hacen con pelo de perro, "y debe ser perro callejero, ese es el que nos sirve", enfatiza don José.  Ya completamente pintadas, cubriendo cada espacio disponible, las piezas se sumergen en esmalte para vidriarlo, un líquido espeso como atole que las cubre con una capa blanca, en tanto desaparece poco a poco la pintura. De aquí se vuelven a meter al horno, como a 100° C, por ocho horas. Este horno, diseñado con tecnología japonesa, está construido con ladrillo refractario y forrado con una pasta cerámica que da la impresión de ser hule espuma. Resiste hasta 3000° C de temperatura. 

Durante este proceso, como por arte de magia los colores brotan, sobreponiéndose al blanco inicial del esmalte, el que mediante el calor se va haciendo transparente. Al final, los diseños pintados relucen cubiertos por un brillo especial, además de que las piezas han sido liberadas de cualquier contenido de plomo, a diferencia de aquellas que anteriormente quemaban a 600° C en un horno de leña.  Aquí la pieza está prácticamente terminada. Tener un control preciso de la temperatura es muy importante, ya que de no recibir el calor adecuado, la pintura puede derretirse deformando el diseño y mezclándose entre sí, además de oscurecer o cuartear el barro, como se puede ver en las piezas que forman parte de “ la mesa de las lágrimas”, un espacio que don José tiene reservado para todos aquellos trabajos que no corrieron con suerte durante su proceso.    

El tiempo total que se invierte en la elaboración de estas artesanías varía mucho, de acuerdo con el tamaño de la pieza. Desde el horno de leña de los abuelos, pasando por el de petróleo de su padre, hasta el de gas utilizado en la actualidad por don José, este trabajo es cada vez más artístico. El petatillo mucho más fino es una muestra visible del perfeccionamiento y evolución de esta técnica artesanal, además de la incorporación de nuevos colores, como distintas tonalidades de azul o amarillo (siempre mezcladas con barro, para que se adhiera al barro de la pieza), tanto en los dibujos grandes como en el petatillo. Otros diseños que incluyen figuras geométricas y nuevas percepciones del mundo actual, son parte de una propuesta artística que jóvenes artesanos, como los hermanos Bernabé, están plasmando en sus últimas piezas, y las que, afortunadamente, comienzan a captar la atención de los más pequeños, como los nietos de don José, invitándolos a ser partícipes para continuar esta tradición artística.  Licoreras, vajillas completas, platos, floreros, jarros y monumentales jarrones, hasta curiosas miniaturas, algunas utilitarias y otras de ornato, forman esta gran colección de piezas que no abundan, y dada la laboriosidad de su manufactura, son muy valiosas. 

Estas piezas han sido reconocidas por personalidades del medio cultural en México, así como en el extranjero. Por otra parte, don José Bernabé ganó el premio Jalisco en 1964, entre otros reconocimientos otorgados por la originalidad y el valor artístico de sus piezas.

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