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El barro verde de Oaxaca.

Por: Fabiola González Ramírez

Tan cerca de la creciente civilización de la ciudad de Oaxaca, capital del estado del mismo nombre, pero tan alejado de sus logros y de su misma condición.

Sobrevive un pueblo alfarero conformado por 5 781 habitantes que, no obstante su extrema pobreza, aún lucha por subsistir desarrollando una actividad heredada de siglos atrás: la alfarería del barro verde. A escasos 9 km hacia el noroeste de la urbe oaxaqueña, situado entre planicie y monte, descansa el colorido pueblo de Santa María Atzompa con su rústica iglesia de dos torres, la plazuela y el kiosco, la escuela, el palacio municipal a medio construir, sus humildes casitas de adobe y lámina, y su nuevo mercado de artesanías, orgullo de la comunidad. 

LOS DÍAS DE UN PUEBLO ALFARERO    

Andando por sus veredas de tierra destaca, siempre en viernes, el negro y abundante humo salido de los hornos. En éstos se cuecen jarritos, ollas, comales, platos, tazas y cazuelas, que serán vendidos, en su mayoría, en el mercado de abastos de la capital oaxaqueña, al siguiente día.    

Entre los habitantes de Atzompa es ya una tradición, casi un rito que no puede romperse -como dice Juana Vázquez, artesana-, “no trabajar el domingo, nadie hace un jarro ni prende sus hornos. Ese día no se trabaja el barro... nomás porque no”. Sin embargo, el sábado le echan ganas a la venta, y se les ve muy afanados, ya sea de ambulantes, ocupando algún lugarcito en la periferia del inmenso mercado citadino, o bien en el improvisado espacio con el que cuentan, desde hace tres años, en la zona sur del mismo. Allí ofrecen su artesanía a todo aquel que se acerque para comprar o sólo curiosear y admirar de cerca lo más original de sus piezas; su verde vidriado. 

Los puestecillos, improvisados con láminas de cartón, asbesto y remiendos de plástico, sobre piso de tierra, desentonan con lo bello de la alfarería que en ellos se expone. Doscientos alfareros, aproximadamente, ocupan un sitio en esta plaza oaxaqueña e intentan obtener las ganancias de toda una semana de labores, aunque apenas ajusten para medio alimentar a su familia. Afortunadamente, ahora cuentan también con un mercado de artesanías dentro de su localidad. Éste recibe de lunes a domingo un número cada vez mayor de turistas nacionales y extranjeros quienes, admirados con el especial arte alfarero, adquieren algunas piezas (ya sean de decoración o utilitarias) beneficiando así la economía del pueblo. 

 El mercado fue concebido de una idea original y, sobre todo, muy funcional para sus miembros: su modo de operar se basa en un peculiar sistema que consiste en obtener ingresos y, a la vez, disponer del tiempo suficiente para elaborar sus artesanías. La organización de este feria alfarera permite que sólo dos de los artesanos estén encargados de las ventas, tanto de sus locales como las de los demás locatarios, un solo día a la semana. La ventaja es que disponen del resto del tiempo libre para dedicarse a sus labores artesanales, pues en los días restantes serán otras parejas las que se ocupen de cuidar las ventas, en forma rotativa, de todo el mercado. El control sobre las ventas de cada local se mantiene a través de un colorido sistema de cartoncillos con el precio, pegados en las piezas. Los mismos cartones, dependiendo del color, identifican también a su dueño, y guiándose por éstos los miembros encargados del mercado registran en la lista correspondiente las ventas logradas por cada artesano.  Al final de la jornada, con la noche encima, los alfareros asociados en esta plaza se reúnen con la esperanza de recibir las ganancias de la venta de sus creaciones.

Quizá representan el alimento del siguiente día, o algo más si la suerte les ha sido propicia. Pero no todas las épocas para este pueblo de artesanos han sido difíciles. Hace unos 40 años Atzompa era el centro productor de cerámica más importante de la región, cuyos productos se distribuían en toda la república y aún se exportaban a los Estados Unidos, como se puede apreciar en la revista Acta Antropológica de 1957. Hoy el intermediarismo los ha alcanzado y los frutos reales de su valioso trabajo, desgraciadamente, los aprovechan más los revendedores que ellos mismos. Estos artesanos, que han pasado horas y horas bajo un sol penetrante, amasando, creando paso a paso objetos útiles y bellos y avivando el fuego del horno, sobreviven con la irrisoria venta de sus artesanías y el escaso maíz sembrado en una tierra no muy apta para su cultivo. Es precisamente esa imperiosa necesidad de subsistencia la que los conmina, sin otra alternativa, a ceder al regateo y malbaratar lo que tanto trabajo significó para ellos. Pero esto no es todo, la tentación es aún mayor si se trata del mayorista que les propone jugosas ventas, y ellos, acostumbrados a vender tres o cuatro piezas, cuando es un buen día, terminan aceptando la oferta, según nos dijo la artesana Sara Juárez con una leve sonrisa en los labios. 

MANOS ALFARERAS ENTRE BARRO Y GREDA    

 “Las manos trabajan mientras los pies giran el torno”. Así de sencillo describe Sara Juárez su labor como artesana, pero es más complicado que eso: la elaboración de piezas de barro verde implica todo un proceso que comienza, en ocasiones, antes de que el sol se asome.    

La primera labor es la de traer la loza desde las minas de San Lorenzo Cacautepec, ubicadas a 4 km de la localidad de Atzompa. Ayudados de un burro que carga cinco o seis cubetas retacadas de ese material, los artesanos andan el caminito hecho poco a poco por las pisadas de sus abuelos, las suyas propias y por el que andarán también sus nietos. Una vez en casa, el trabajo de los hombres es romper con un palo las losetas de barro hasta convertirlas en una masa uniforme, y luego le agregan agua para que toda la familia, aun sus miembros más pequeños, comiencen la labor de moldeado. Para entonces, algunas de las mujeres habrán preparado ya el desayuno, generalmente a base de tortillas caseras, chile, frijoles y café, lo que tal vez signifique el alimento más fuerte del día. 

Tras levantar parte por parte las piezas en el torno -instrumento tan antiguo como su precolombina tradición alfarera-, se les deja a la intemperie alrededor de ocho días con el fin de que resistan la cocción en el horno; este tiempo lo aprovechan para continuar con las piezas que han reposado. El característico color verde de su arte se logra a través de la greda: polvo que vuelven sustancia líquida al combinarlo con agua, para luego impregnarlo a sus piezas una a una. Esta técnica se las enseñó (hacia el siglo XVI) el clérigo Alonso Figueroa, y ha sido transmitida de generación en generación con el mismo amor con el que fue recibida por los antiguos pobladores.  Es cierto que, para su utilización, el barro de Atzompa no requiere de ese verde baño que los artesanos le dan.

Luego de su primera cocción -la cual es anterior a la aplicación de la greda- las ollas, los jarros y las tazas tienen el color natural de un barro blanquecino, y podrían perfectamente aguantar el trajín cotidiano de cualquier cocina. Por ello, un pequeño porcentaje de las piezas se vende conservando su color natural, aunque a un precio muy bajo. Sin embargo, en la mayoría de los casos ese metálico verde vidriado es, además de una tradición, una necesidad para la aceptación de los compradores. “La greda está bien cara, pero si no se la echamos al barro, no lo compra la gente, les gusta verde”: dijo inocentemente Sara Juárez, sin percatarse de que es precisamente ese acabado lo que convierte su artesanía en una obra muy singular. Tal como ha sido desde hace casi 500 años, los artistas siguen trabajando hoy con el barro y con la greda para colorear sus creaciones de barro: arte que pertenece orgullosamente a nuestro México. 

POLICROMÍA EN LA CERÁMICA       

Doña Dolores Porras nace el 30 de marzo de 1937 en Santa María Atzompa, Oaxaca, en el hogar de sus padres Pedro Porras Juárez y Natividad Enríquez Monteleón, ambos originarios de Atzompa y de oficio alfareros.  Doña Dolores creció en un ambiente de pobreza, por lo que no pudo ir a la escuela. Su padre y su abuela materna fueron quienes la cuidaron, y a los 13 años se inició en la alfarería. A los 17 años Dolores se casa con Alfredo Regino Ramírez, quien hasta entonces se inicia en el mismo oficio. Por un periodo de 4 años, aproximadamente, trabajan por su cuenta, pero por necesidades económicas, Dolores se ve forzada a prestar sus servicios en distintos talleres.

De esta forma llega a trabajar a los talleres de Teodora Blanco Núñez -de quien aprendió mucho-, considerada la primera alfarera oaxaqueña, creadora de las típicas “monas” o “muñecas”. Dolores, después de la muerte de doña Teodora, regresa a trabajar a su casa. Hacia 1984, y luego de considerar algunas sugerencias, Dolores decide poner en práctica una técnica que le dio nueva vida y color a la cerámica de la región, convirtiéndose así en la creadora de la cerámica en color natural vidriado y decorada con motivos policromos.

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