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Los Misioneros en la Nueva España

La historia de los misioneros en la Nueva España, comenzó obviamente con la llegada de los europeos a la Nueva España. En el sentido estricto, el término de misión alude a la labor que debían de realizar como parte de un compromiso o tarea asignada.

En el vasto escenario mexicano, la misión de los frailes era bastante compleja: la conversión al cristianismo de miles de indígenas por vía de catequización, dentro de un gran programa que inicialmente permitió a las recién llegadas órdenes religiosas de cristianos repartiese en las regiones donde era más urgente efectuar la tarea de evangelización. Para los frailes el territorio era extenso, desconocido y en muchos casos agreste e inhóspito, amén de la resistencia de los grupos indígenas que se negaban a aceptarlos a ellos, a su doctrina y a los conquistadores por igual. A esto hay que agregar la enorme dificultad que tuvieron los sacerdotes para aprender la lengua de las diferentes regiones en las que debieron trabajar.

La magna obra de evangelización fue iniciada por los franciscanos, les siguieron los dominicos, agustinos y jesuitas. Los primeros llegaron a tierras mexicanos en 1524, y en pocos años lograron la fundación de templos y conventos, consecuencia lógica del establecimiento de las primeras misiones en casi toda la parte central y porciones del sureste de la República, aunque luego debieron compartir parte de su territorio con los dominicos, quienes llegaron a la Nueva España en 1526, iniciando su actividad religiosa en Oaxaca, Guerrero, Chiapas, Michoacán y Morelos.

Por su parte, los agustinos arribaron en 1533 y sus misiones abarcaron porciones de los actuales estados de México, Hidalgo, Guerrero y algunas zonas de la huasteca.

La Compañía de Jesús hizo su aparición hacia fines de 1572; aunque desde un principio sus tareas se dedicaron a la educación, sobre todo de la niñez, no descuidaron la labor apostólica en los lugares donde apenas se iniciaba y que no habían sido cubiertos por las otras órdenes religiosas. Así llegaron con relativa rapidez a Guanajuato, San Luis Potosí y Coahuila, para después extenderse al norte llegando hasta Baja California, Sonora, Sinaloa, Chihuahua y Durango.

Hacia fines del siglo XVII los franciscanos, con autorización de la Santa Sede, fundaron los colegios apostólicos de misioneros de Propaganda de Fide(o propagación de la fe), pretendiendo con ello dar un nuevo impulso a la evangelización y preparando misioneros para redoblar esfuerzos en todo el territorio de la Nueva España. Así se abrieron los colegios de Querétaro, Zacatecas, México, Orizaba y Pachuca, junto con otros dos más tardíos en Zapopan y Cholula.

Posteriormente, a la expulsión de los jesuitas del territorio nacional en 1767, permitió que los franciscanos se hicieran cargo de sus fundaciones establecidas en el norte, y ocuparon la Alta California, además de porciones de Coahuila, Nuevo León, Tamaulipas, Texas, Nuevo México y desde luego parte de la Sierra Gorda que, junto con la Baja California, compartían con los dominicos.

En algunos lugares persistió la costumbre de seguir llamando misiones a aquellas fundaciones levantadas por los frailes en su larga y penosa labor evangelizadora. Muchas de ellas desaparecieron para dar paso a templos y conventos bien establecidos, que se usaban además como punto de partida para alcanzar nuevos lugares donde propagar la religión católica. Otras más quedaron abandonadas como mudos testimonios de sangrientas insurrecciones indígenas o como fieles recuerdos de la indómita geografía que ni la fe pudo doblegar.

Lo que encontrará el lector en este hipertexto de méxico desconocido integral en las Rutas de las Misiones es un resabio de la historia, que a veces se entrelaza con lo legendario y aún lo heróico. Encontrará también los restos materiales de una titánica labor emprendida por un puñado de hombres, cuyo único objetivo fue el de enseñar su religión a otros tantos que no sabían cómo aprenderla; una tarea que críticos e historiadores han juzgado de muchas formas y desde muchos enfoques, aunque nadie podrá negar la enorme carga espiritual y artística que todos esos hombres dejaron a su paso por una tierra que aún recuerda sus nobles sentimientos.

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