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Piedra Volada, la cascada más profunda de México (Chihuahua)

Por: Carlos Lazcano Sahag

Fue alrededor de 1979 o 1980 cuando Alfonso Paz, miembro del Grupo de Espeleología de Ciudad Cuauhtémoc, escuchó el rumor de que en la Sierra Tarahumara existía una cascada más alta que la de Basaseachi, considerada como la mayor de México con 246 m de caída.

Sin embargo, no fue sino hasta 1986 cuando el grupo localizó dicha cascada, a raíz de que fue explorada por vez primera la Barranca de Candameña, una de las más profundas de la sierra. Candameña nace justamente con la cascada de Basaseachi, y después de un día de caminar por la barranca se llega al cañón del arroyo de Cajurichi, donde está la gran pared vertical de Piedra Volada.

En marzo de 1994 recorrí la Barranca de Candameña en compañía del Grupo de Espeleología de Ciudad Cuauhtémoc y pude apreciar por primera vez la gran cascada, aunque en esa época llevaba poca agua y no intentamos llegar a su base. Posteriormente, en febrero de 1995, Fernando Domínguez, gran conocedor del Parque Nacional Basaseachi, me consiguió un excelente guía que sabía cómo llegar a la cascada por arriba. En aquella ocasión Cuitláhuac Rodríguez y yo, guiados por el señor Reyes Méndez, caminamos dos horas dentro del parque siguiendo durante un buen tramo del arroyo de Piedra Volada, hasta llegar a la parte superior del salto. Esa zona del parque se encontraba casi virgen, sin pereda, y Reyes nos comentó que después de Fernando Domínguez éramos los únicos que habíamos visitado el sitio, lo cual constatamos ampliamente cuando vimos una manada de jabalíes, un pájaro coa (una de las aves más bellas de la sierra considerada en peligro de extinción), un par de cholugos (especie de tejón), así como varios animales de la región.

Desde arriba de la cascada no es posible observar la caída de agua, a menos que uno se descuelgue algunos metros con un cable, y eso fue lo que hicimos. La observé largamente y calculé que tendría alrededor de 300 m. Desde esta cascada se tiene acceso a uno de los panoramas más imponentes de toda la Sierra Tarahumara. La vista del Cañón de Candameña es verdaderamente espectacular y supera con mucho a la del mirador de Basaseachi.

Quedamos tan impresionados que empezamos a hacer planes para venir en tiempo de lluvias (cuando la cascada lleva su máximo caudal), descenderla, medirla y conocer con exactitud su altura.

Al principio pensamos que la próxima vez "repelearíamos"* para salir por el río Candameña, pero había dos problemas: por un lado, Reyes, nuestro guía, nos dijo que nadie había podido llegar a la base de la cascada porque había un salto de cuando menos 20 m y una pared rocosa vertical de mayor tamaño que impedía llegar. O sea que en el fondo de la cascada y el pequeño cañón donde ésta cae era territorio no tocado por seres humanos hasta entonces. Por otro lado, dar la vuelta por Candameña implicaría, en el mejor de los casos, todo un día del recorrido, y eso sin contar que el río iría crecido. Así pues, optamos por "rapelear" y salir con ascensores sobre el mismo cable, pensando que la salida nos llevaría cuando mucho un par de horas; bueno, eso creíamos.

EL MIRADOR DE HUAJUMAR


Al mes siguiente, Fernando Domínguez, varios amigos y yo fuimos a un mirador desde el cual se aprecia íntegra la cascada de Piedra Volada. Este mirador se encuentra en la parte de enfrente del cañón de Candameña y se llega a él por la pequeña comunidad de Huajumar. Desde él se aprecia completa la cascada y puede estimarse el recorrido del arroyo de Piedra Volada a partir del punto en que ésta cae.

Después de estas dos visitas pude evaluar la problemática de un descenso a esta cascada, y les propuse a mis amigos del Grupo de Espeleología de Ciudad Cuauhtémoc que realizáramos la expedición. Ellos aceptaron con entusiasmo y empezamos a prepararnos, tanto física como técnicamente. Programamos la fecha del descenso para mediados de septiembre, que es cuando los ríos y arroyos de la sierra suelen llevar sus máximos caudales.

LA EXPEDICIÓN


Un mes antes del descenso, el doctor Víctor Rodríguez Guajardo, miembro del grupo, sobrevoló la cascada, que ya traía gran cantidad de agua, y tomó una serie de magníficas fotos que utilizamos para ultimar detalles sobre la logística. Planeamos la expedición del 14 al 17 de septiembre. Seríamos ocho personas: Óscar Cuán, José Luis Chávez, Alfonso Paz, Cuitláhuac, Salvador y Víctor Rodríguez, Raúl Zárate y un servidor.

El día 14 Chava Rodríguez y yo llegamos a Basaseachi, con más de 700 m de cable y gran cantidad de equipo. Fernando Domínguez ya nos había conseguido un caballo para trasladar el material, y de nuevo Reyes y su hijo serían nuestros guías. Establecimos el campamento base en una cueva cercana, a unos 45 minutos a pie de la cascada. De hecho, hasta ahí se podía llegar con el caballo, ya que lo demás era intransitable para las bestias. Por la tarde trasladamos todos los cables y el equipo hasta la orilla de la cascada. Para llegar a ella había que cruzar el arroyo y caminar casi todo el trayecto sobre su margen, metidos en el agua. Como 100 m ante de la cascada, un salto de 8 m de caída nos obligó a dar un pequeño rodeo que implicó una desescalada aproximadamente de 30 m, ya que era imposible "rapelear" el santo porque está totalmente encañonado y hay una gran poza que impide el acceso, a menos de que hubiéramos nadado algunos metros, pero eso hubiera sido lo más complicado, sobre todo cargando equipo. Todo el día cayó la lluvia; hacía dos días con sus noches que no había cesado en la sierra, y esa noche también llovió.

El día 16 amaneció soleado y el caudal del agua del arroyo había bajado lo suficiente como para que pudiéramos cruzar. Este día nos alcanzaron nuestros amigos e instalamos para el descenso de la gran cascada un cable de 320 m de longitud. Colocamos la línea lo más lejos posible de la cascada para evitar que el cable penetrara en el torrente de agua, pero debido a la topografía del terreno no lo pudimos lograr, y en la última parte de la cascada la cuerda cruzaba una zona de fuerte brisa. Por ello, de momento no supimos si el cable llegaba o no al fondo del cañón.

El primero en bajar sería yo, y enseguida el doctor Víctor Rodríguez Guajardo. Descendí algunos metros con una cuerda auxiliar y me instalé en la línea principal; habría bajado unos 15 m cuando me di cuenta de que el cable no llegaba al fondo. Víctor llegó hasta donde yo estaba con la línea auxiliar y confirmó mi apreciación. Regresamos y sacamos el cable entre todos, mientras víctor y Chava iban al campamento por un cable de 170 m que habíamos dejado ahí. Al cable grande le agregamos esta línea y de nuevo instalamos la cuerda. Sorprendidos, corroboramos que la cascada de Piedra Volada es bastante más grande que Basaseachi.

EL DESCENSO


A las 7 a.m. del día 17 salimos del campamento base rumbo a la cascada. A las 9 a.m. inicié mi descenso. Me encontraba solo ante el abismo; al principio la bajada es pesada porque la tensión del cable sobre el descensor es muy grande; de hecho tiene uno que ir jalando el cable para bajar. La vista de la enorme cascada que caía a mi lado y al fondo el cañón de Candameña que resplandecía con el río y sus paredes verticales, era verdaderamente fantástica. Como a la mitad del descenso empezó a caerme el agua de la cascada. Al principio era a ratos, pues las fuentes corrientes de aire que se generan en el cañón llegan a desviar el chorro de agua, pero pronto la mojada fue constante. Así bajé la mitad del tramo, y cuando llegué al nudo que unía a los dos cables estaba absolutamente empapado.

No tuve problemas para brincar el nudo, aunque lo hice bajo una lluvia continua y muy fuerte. La última parte del descenso fue crítica, debido a que el cable penetraba de lleno y el agua me hacía sentir como si estuviera bajo una regadera de presión. Por esta razón, los últimos 50 m los bajé a gran velocidad, pero no por eso el espectáculo de estar dentro de esta inmensa cascada dejó de impresionarme. La fuerte brisa pegaba en las paredes rocosas, formándose inmediatamente enormes escurrideros y nuevas cascadas que llegaban al fondo. Una hora me llevó bajar.

UN SITIO NUNCA PISADO


Llegué al fondo, empapado, a escasos metros de largo donde termina la cascada. Había una corriente de aire muy fuerte que me obligó a moverme rápido para salir de ahí y buscar un abrigo. En el fondo no había un solo lugar seco, y eran muy escasos los sitios donde uno podía protegerse del agua y del viento. Informé por radio de mi llegada a Víctor empezó a bajar. Me sorprendí al constatar que de las dos líneas que habíamos unido, sólo sobraban escasamente 3 m, es decir el cable apenas si alcanzó.

Una sencilla suma me indicaba que la cascada tenía más de 400 m, pero se me hizo demasiado y pensé que habíamos medido mal los cables. En ese momento evalué que la cascada de Piedra Volada tendría de 340 a 350 m de caída, es decir unos 100 m más que Basaseachi.

Desde abajo se ve mejor cómo la cascada encañona dentro de una gigantesca grieta en forma de "U". Por vez primera pude verla desde su orilla hasta el fondo. De hecho, me encontraba en un sitio jamás pisado por el ser humano. En su última parte, el agua llegaba más como una violenta bruma que como un chorro; parecía una gran aurora boreal en forma de gigantesca espiral. La cascada llega a un pequeño lago y de ahí resurge el arroyo de Piedra Volada, y brincando entre unas pequeñas cascadas se encañona hasta perderse. Yo sabía que no llegaba muy lejos y que por medio de un salto se unía al arroyo Cajurichi; sin embargo, para continuar desde donde yo estaba se necesitaban varias cuerdas más y por lo menos un par de nadadas.

Desde abajo estuve observando el descenso de Víctor. Cuando llegó al nudo se detuvo un rato; pensé que tenía problemas para pasarlo, y al parecer así fue porque empezó a subir de regreso.

En dos horas alcanzó de nuevo la orilla. Una vez que Víctor salió, empecé a subir. Los primeros 50 m. me costaron gran trabajo debido a la fuerza con que cae el agua; me sentía como si fuera subiendo en medio de una tormenta tropical o de un huracán. Terminé este tramo agotado, pero después fue más sencillo, aunque todavía subí 150 m más con el agua encima. Como a la mitad del ascenso el cielo se despejó y el sol iluminó la cascada, que resplandeció maravillosamente, y partir de ese momento me acompañaron dos arcos iris totalmente circulares, aproximadamente de unos 50 m de diámetro, uno dentro del otro. Salí ya tarde, después de tres horas de ascenso.

EPÍLOGO


A los pocos días, Víctor midió en Ciudad Cuauhtémoc la longitud de los cables a partir de las marcas que habíamos dejado, y resultó la increíble cota de 453 m, algo que rebasaba con mucho todas nuestras expectativas. Fue tal mi sorpresa, al igual que todos, que fui a Cuauhtémoc especialmente para verificar la medición, y a mí me dio 459 m. Decidimos tomar la medida más corta, es decir 453 m. Fue una gratísima sorpresa para nosotros, ya que colocará a Piedra Volada entre la primeras cascadas del mundo (aunque falta ver cómo se le considerará por ser intermitente). Casi dobló a Basaseachi en profundidad (la número 26 en el mundo). Para mí, éste ha sido elrappely el ascenso más grande que he efectuado: casi medio kilómetro. Anteriormente lo máximo que había hecho era el tiro del Sótano del Barro, con 410 m de caída. Me pregunto: ¿qué encontraré más adelante en este México desconocido?

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